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sábado, 29 de diciembre de 2018

MONSTRUOS OCULTOS





A S.M.A.


        Este año que acaba ha estado marcado por dos monstruos que me resultan muy cercanos: el monstruo de Frankenstein, que ha cumplido doscientos años gozando de una inmejorable salud, vista la cantidad de estudios, publicaciones, charlas...que ha generado a raíz de este aniversario; y toda la teoría del "monstruo cotidiano" desarrollada a partir de la excelente novela de Miguel Ángel Hernández El Dolor de los Demás (Anagrama, 2018). 

          En esta entrada quiero, sin embargo, demostrar que los verdaderos monstruos que presentan tanto Mary Shelley como Miguel Ángel no son estos que hemos etiquetado como tales, aquellos que nos han inspirado horror en su hybris y en nuestra incapacidad de someterlos a la racionalidad, sino otros que han pasado desapercibidos bajo su disfraz de benefactores de la humanidad. Estos "monstruos ocultos" no son otros que el doctor Víctor Frankenstein y el artista de renombre Jacobo Montes, personaje angular en la primera novela de Hernández, Intento de Escapada (Anagrama, 2010)

      Los monstruos nos acompañan desde nuestra infancia, pueblan nuestros sueños y los espacios oscuros de la casa, y son nuestras primeras excursiones al mundo de lo desconocido. Posteriormente seguiremos sintiendo su fascinación, mezcla de pavor y curiosidad, ya que siempre supone una fractura de la cotidianidad, un mundo de emociones .

        En Los Anormales explora Michael Foucault el mundo de los "anormales" en el siglo XIX, unos individuos que son categorizados como peligrosos, y que, por tanto, necesitan el adecuado tratamiento por parte de la sociedad y el poder. Según Foucault estos "peligros" pueden clasificarse en tres clases:

1.- Los monstruos, aquellos que se salen de las normas de la naturaleza y/o de la sociedad,un ser que nos plantea el problema de cómo regularlo. En él se combina lo imposible y lo prohibido.

2.- Los incorregibles, de los que se encargan los nuevos dispositivos de domesticar el cuerpo.

3.- Los onanistas, quienes desde el siglo XVIII son presentados como un peligro para la familia moderna.

      Nicolás, el desencadenante de los hechos que narra Miguel Ángel Hernández en El Dolor de los Demás es un chico de la huerta con el que el escritor vivió sus primeros dieciocho años de vida y con quien creció en un mundo regulado por las estaciones del año, las tradiciones y una vida tranquila. Su etiqueta de monstruo viene cuando quiebra ese mundo plácido cometiendo un asesinato atroz - que hoy calificaríamos como "violencia de género" - y luego arrojándose a un barranco: transgrede todas las leyes, humanas y divinas. No entendemos sus motivos, y el verdadero escalofrío llega cuando comprendemos que eso nos puede suceder a todos, que alguien cercano de repente estalle de esta forma. O nosotros mismos. Porque la monstruosidad de Nicolás es la monstruosidad de una razón desbordada, una razón rota que estalla y no funciona.

         Este es un monstruo que, como en el caso de Miguel Ángel, puede llegar a hacernos sentir cierta compasión, puesto que él no es el artífice de su propia monstruosidad. El resultado es realmente  terrible, doloroso, pero él no ha cincelado su personalidad para convertirse en monstruo. Esta monstruosidad es sobrevenida.




          Siendo capaces de sentir cierta compasión por el personaje de Hernández, no podemos por menos que sentirla en un grado mayor por el monstruo creado por Víctor Frankenstein en la novela de Mary Shelley, una criatura hecha de trozos de otros cadáveres  - una transgresión de la ley natural que nos enseña que la materia muerta no puede volver a ser materia viva con la misma configuración que ya tuvo - con un nacimiento monstruoso y desolador: un único personaje le da vida, ayudado por adelantos técnicos en "una lúgubre noche de noviembre"; no hay nadie más para recibirlo - y mucho menos una madre - y el único ser que lo hacer, lo desprecia y abandona, después de llamarlo con los más terribles adjetivos que se le ocurren. Este monstruo, perfecta combinación de lo imposible y lo prohibido cometerá actos execrables, pero nunca dejamos de verlo como un ser totalmente carente de cariño y calor humano; es monstruoso en su forma desmesurada, y nos provoca rechazo, pero podemos entender las razones de su conducta. Su monstruosidad es, por tanto, una monstruosidad provocada, llevada a cabo desde fuera, y él es su primera víctima.

          Cambiemos la perspectiva a partir de este monstruo. Él no es responsable de su forma de ser, ya que ha nacido adulto - otra transgresión -y no ha podido adquirir unos hábitos por si mismo, pero su creador sí lo es por haberlo creado, y la única razón para hacerlo es creerse un "benefactor de la humanidad" que será capaz de volver a la vida a los muertos, y así sobrellevar el dolor de la muerte.
Su finalidad es comprensible, y los medios técnicos entendemos que están ahí para poder ser utilizados, pero su uso sin una ética que los regule trae resultados monstruosos. Pero no son los medios técnicos tampoco los verdaderos monstruos, sino quien diseña el plan y busca los medios para  llevarlo a cabo: el verdadero monstruo es Victor Frankenstein, y no por su condición de científico, sino por la hybris y la desmesura de una personalidad narcisista que lo lleva a realizar actos para ser recordados por la humanidad.

             En la primera novela de Hernández, Intento de Escapada, Marcos, un joven estudiante de Arte conoce a Jacobo Montes, un artista conceptual conocido dentro del panorama cultural por sus obras transgresoras y provocativas; el protagonista vive de primera mano la preparación de la nueva obra del autor, pero se encontrará con lo monstruoso en él: no hay reglas éticas más allá de la propia y autopercibida genialidad del autor; todo vale para conseguir plasmar lo que en un principio es solo fantasía. Es otro tipo de "benefactor de la humanidad" como Víctor Frankenstein, y otro personaje que se puede inscribir dentro de la personalidad narcisista.

            En la mitología griega Narciso es un joven orgulloso e insensible que es castigado por la diosa  Némesis a quererse de una manera autodestructiva. Este es el origen del trastorno narcisista de la personalidad que establece la psicología, y que se considera que está formado por un conjunto de conductas tales como:

1.- Conducta egocéntrica.

2.- Exagerada autoestima.

3.- Escasa empatía en sus relaciones personales. Existe en ellos una desvinculación afectiva con los demás, y solo admiten a aquellos en entran en su órbita y planteamientos.

4.- Necesidad de ser admirado.

5.- Son muy competitivos, arrogantes y envidiosos, pues piensan que nadie puede estar a su altura.

6.- Rencorosos y vengativos cuando alguien se opone a sus propósitos , no se dejan dominar por ellos o se muestran críticos con sus acciones.

          Con este puñado de rasgos, podemos apreciar que tanto el artista como el científico podrían entrar dentro de este espectro.

      Víctor Frankenstein es un joven de familia acomodada que se interesa por la ciencia y va a estudiar a Ingolstadt, donde cambia sus primeros intereses por la alquimia por la "moderna" ciencia química que se desarrollaba a finales del siglo XVIII y a principios del siglo XIX. Con los adelantos técnicos a su alcance, ideó un proyecto que no era otro que el de emular a Dios o a la Naturaleza: dar vida. Y pensaba con ello que la Humanidad entera no podría hacer otra cosa que admirarlo. Pero en sus planteamientos no cabe la consideración de las otras personas, ni aquellos de los que iba a crear vida , ni la criatura misma a la que iba a dar vida; tampoco lo que pudieran pensar o decirle su propia familia y sus escasos amigos; su proyecto se gesta únicamente en él, y con la esperanza de tener un puesto en la Historia, de que se reconociera lo que él percibía como su grandeza. En su sueño, se encierra en si mismo, se aísla totalmente del resto de personas hasta que no consigue realizar su proyecto; piensa que nadie puede estar a su altura. Y cuando logra dar vida a la criatura, ve que no ha salido como él preveía, sino que es un ser feo, poco armónico, y piensa que no es un resultado a la altura de su grandeza; se siente frustrado y nunca será capaz de intuir la absoluta soledad y abandono que sufrirá la criatura, su creación. Pero es incapaz de admitir su error, y se mete en una espiral de negación y huída hacia adelante que acaba en la tragedia. Y tampoco muestra arrepentimiento en su confesión al Capitán Walton: el error es técnico, nunca un error de sus propias decisiones, ni hay una verdadera empatía por las personas que ha ido perdiendo. Su sufrimiento es no haber alcanzado el lugar privilegiado en la historia que él piensa que le corresponde.



            En Intento de Escapada , el artista Jacobo Montes  manipula a la gente que tiene alrededor, como a Marcos, con quien fluye la relación mientras no encuentra su propia voz y está fascinado por el gran artista social: el narcisista necesita respirar admiración e incondicionalidad, pero esta fluidez se convertirá en enfrentamiento cuando el joven presenta sus reparos, nacidos de la empatía; el joven es una persona que vive en un mundo de personas, no en un ego como el del artista, y además, es sensible ante los problemas de la inmigración y la desigualdad. Sin embargo, para Jacobo Montes las personas no son sino material para sus obras, por las que piensa que la humanidad le debería estar agradecida.

           En ambos personajes podemos ver que esta personalidad narcisista es la que realmente los hace ser unos seres desmesurados , que saltan las leyes de la ética y , por lo tanto, los verdaderos  monstruos, ya que ellos tienen plena conciencia de lo que hacen y una responsabilidad ante ello, aunque piensen que es el resto de la humanidad la que se equivoca a la hora de juzgarlos.

FUENTES:

-Hernández, Miguel Ángel: Intento de Escapada. 

                                           - El dolor de los demás.

- Shelley, Mary G.W.: Frankenstein o el moderno Prometeo.






           
     
          

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