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miércoles, 29 de enero de 2014

Realismo pero utopía

Antropología y vida política

En ese andar a tientas de los humanos por la historia como amigos y enemigos a un tiempo, socialmente insociables o insolidariamente solidarios, nuestras ideas políticas y las soluciones que ensayamos para resolver problemas y conflictos sociales dependen de las circunstancias materiales (naturales y tecnológicas) pero también, y muy principalmente, del concepto que tenemos de nosotros mismos.

Lo que pensamos que somos, aun en sueños, determina lo que llegamos a ser, y por debajo de cualquier ideología política o ambición mundana están esas ideas de lo que somos, esas imágenes de nosotros mismos.

Podríamos imaginar el asunto al que me refiero mediante el "emblema" del uróboros, esa serpiente alquímica que engulle su propia cola y que a veces es interpretado como símbolo del esfuerzo eterno, pero también del esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a empezar, igual que la utopía se convierte en límite opresivo cada vez que se realiza. O podríamos pensarlo más abstractamente como una especie de círculo vicioso o paradoja, porque lo que nos proponemos y lo que intentamos y conseguimos hacer de nosotros mismos, nuestros principales planes y proyectos, dependen en gran medida de lo que creemos que somos y de lo que sentimos que debemos llegar a ser. También serviría la alegoría del barón de Munnchausen, cuando se sacó a sí mismo del lodo, con caballo y todo, tirandose hacia arriba de su propia coleta. En realidad, no llegamos a ser mejores si no nos creemos ya mejores de lo que somos. He ahí el fundamento imaginativo, sentimental y sensible de la ética. Si esto no sirve como justificación de la vanidad, al menos sí de cierto orgullo como sentido de la dignidad. Es ese sentido de la dignidad lo que nos impide ejecutar a un violador y asesino de niñas porque damos por supuesto que podría ser de otro modo. Cierto optimismo antropológico es éticamente exigible. Igual que cierto realismo resulta políticamente imprescindible.

Optimismo y pesimismo antropológicos

La sensatez política bien podría medirse justamente en la tensión dinámica y dialéctica entre estos dos polos:

1) Por una parte, estarían aquellos que confían en la bondad natural del individuo y, por consiguiente, tienden a creer que son la sociedad o el Estado, los políticos, el gobierno, la mano negra de "la clase dominante", de las multinacionales o de los banqueros, los que corrompen a los individuos, o les dejan inermes y desvalidos por falta de educación y medios.

2) Enfrente está el punto de vista de aquellos que suponen al ser humano como un bicho de ferocidad manifiesta con una notable facilidad para enmascarar sus móviles naturales, naturalmente egoístas, y engañarse a sí mismo haciéndoselos pasar por "nobles" ambiciones, en fin, los del darwinismo social o los del "sálvase quien pueda".

Entre el optimismo antropológico de los primeros y el pesimismo de los que se adhieren al segundo modo de pensar podemos hallar distintos grados e infinidad de matices. Grosso modo, podríamos decir que optimistas fueron Sócrates, Platón y Rousseau (este último a pesar de que era un neurótico paranoide). Pesimistas, o realistas (según se entienda), fueron Aristóteles, Hobbes y Hume (que sin embargo era una excelente persona).

Utopía versus realpolitik

En el origen mismo del Estado moderno encontramos los dos polos. Nicolás Maquiavelo nos describe a los humanos en general como mezquinos, vengativos, volubles... El Príncipe, o sea el Gobierno de facto, debe evitar hacerse odiar, pero si no puede lograr que se le quiera, al menos ha de conseguir que se le tema, si es que quiere mantener la estabilidad y el orden sin el cual es imposible la convivencia en paz y progreso. Por eso, el Príncipe será más clemente imponiendo algunos castigos ejemplares que si, para huir de la fama de cruel, deja que se prolongue el desorden, causa de muertes, rapiña y desmanes que acaban por perjudicar a todos...

Al contrario que Platón o Tomás Moro, Maquiavelo no nos dice cómo deberíamos vivir y gobernarnos si fuéramos perfectos, sino de qué manera es preciso controlar a seres que son como centauros: mitad bestias, mitad inteligentes. Así, escribe:

"Hay, en efecto tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir que aquél que abandona lo real centrándose en lo 'ideal' camina más hacia su ruina que hacia su preservación, pues el hombre que pretenda hacer en todos los sentidos profesión de bondad fracasará necesariamente entre tanto bellaco". 

Desde luego, hay en el maquiavelismo excesos éticamente inaceptables, pero su lección es técnicamente irreprochable: si la política pretende dar forma a la naturaleza de los hombres, hay que partir del ser que realmente arrastran por el mundo y no hacerse demasiadas ilusiones sobre la bondad de sus espíritus. Su contemporáneo Cervantes lo dice más breve: "el que busca lo imposible, es justo que lo posible se le niegue". Y en este sentido se ha definido sagazmente a la Política como un arte de lo posible. Desde luego es una ingenuidad creer que la política pueda ser una ciencia (las ciencias no se ocupan más que de hechos y de sus explicaciones, no de derechos y sus correspondientes obligaciones); y una insufrible pedantería, autoproclamarse "politólogo", como si uno estuviera con ello más allá del bien y del mal, y por encima de la fe y de la persuasión, como si la política no fuera con uno y no lo comprometiese íntegramente.

Sin embargo, el maquiavelismo es éticamente tan grosero como lo vio el elegantísimo Descartes en la crítica que le remite a Su Alteza Elisabeth (Septiembre de 1646), y -como argumenta el filósofo francés- si no contrarrestamos el cínico veneno del realismo político con una cierta dosis de antídoto idealista, El Príncipe acaba convertido en un manual de instrucciones para abuso de tiranos tan brutos y feroces como zorras y leones. La realpolitik ha de medirse con la utopía y el pesimismo antropológico que la sustenta con el optimismo que impulsa nuestros sueños de mejora.
Tomás Moro

El idealismo político fue representado en su forma renacentista por la Utopía (1516) de Tomás Moro, mártir del catolicismo, y por la Ciudad del Sol (1602) del dominico Campanella. Ambos construyeron razonados sueños comunitarios, ciudades en las que funciones y servicios se distribuyen igualitariamente y donde, dicho con palabras de Campanella:

"ninguno tiene que trabajar más de cuatro horas al día, pudiendo dedicar el resto del tiempo al estudio grato, a la discusión, a la lectura, a la escritura, al paseo y a alegres ejercicios mentales y físicos... La comunidad hace a todos los hombres ricos y pobres a un tiempo: ricos, porque todo lo tienen; pobres, porque nada poseen y al tiempo no sirven a las cosas, sino que las cosas les obedecen a ellos". 

La Utopía de Moro, expresión de la generosidad esencialmente moral del humanismo cristiano, influyó a prelados españoles -como Vasco de Quiroga- que si no intentaron realizarla en Méjico, al menos se inspiraron en ella para su misión organizadora. En realidad, el pensamiento político moderno, racional y progresivo, ha basculado entre el criterio de experiencia y el poder creador de la imaginación, como buscando entre los dos polos un equilibrio imposible.

Es conveniente mantener el realismo que favorece la estabilidad, pero en tensión con las ilusiones racionales del utopismo. El realismo es imprescindible, pero el utopismo no es ninguna "enfermedad infantil", sino una expresión primordial de la capacidad transformadora del espíritu humano. Urge formular nuevas utopías, pequeñas utopías, diría yo, concretas, ilusionantes y viables. Sin ese tónico del ideal, pronto nos quedamos sin ideas y, lo que es peor, sin motivos para la acción creadora.

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ANTES DE QUE DESAPAREZCAN. LA FOTOGRAFÍA ETNOGRÁFICA DE JIMMY NELSON (III): OCEANÍA

La rapidez con la que desaparece la diversidad cultural bajo el empuje de la civilización occidental ha dado lugar a continuos trabajos de salvamento antropológico. Desde el apasionado proyecto The Vanishing Race del genial fotógrafo norteamericano Edward S. Curtis (1868-1952) para rescatar las imágenes de las tribus indias, pasando por José Ortiz Echagüe y sus fotografías de los pueblos más típicos de España y del norte de África, Sebastiao Salgado y su  Génesis  (http://anthropotopia.blogspot.com.es/2014/02/sebastiao-salgado-genesis.html) ,     hasta el fotógrafo inglés Jimmy Nelson, nacido en 1967, de quien he tenido noticias gracias a nuestro colaborador José Biedma.
Lévi-Strauss público en 1955 un título esencial, Tristes Tropiques, que Susan Sontag calificó como una de las grandes grandes obras del siglo XX. No en balde la obra se llamó en inglés A World on the Vane, “un mundo en desaparición”. Con su lúcida mirada Lévi- Strauss lanza un lamento elegíaco por el Nuevo Mundo perdido a causa del impacto del desarrollismo sobre el medio ambiente. Los viajes y el turismo han hecho al mundo encogerse hasta dar lugar a una “monocultura”, según el estructuralista francés. Aunque la tesis pueda ser discutible, lo cierto es que la nostalgia por esos reductos de culturas supuestamente prístinas ha motivado excelentes trabajos de recuperación de la memoria de la humanidad.

El último ejemplo es el brillante programa Before they Pass Away. Como ya hiciera Edward S. Curtis con la edición de lujo de sus fotografías en sepia en The North American Indian (podéis consultar este enlace: http://anthropotopia.blogspot.com.es/2013/09/edward-s-curtis-fotografia-y-etnografia.html ), Jimmy Nelson ha publicado un precioso libro de 464 páginas que cubre 29 tribus de todo el mundo en trance de desaparecer, cuyo contenido me he propuesto compartir aquí,  dividendo el trabajo en tres partes. Comenzamos el viaje alrededor del mundo con Eurasia y América (http://anthropotopia.blogspot.com.es/2013/12/antes-de-que-desaparezcan-la-fotografia.html ), seguimos después con África y pasamos ahora a  la fascinante Oceanía, verdadero laboratorio de la diversidad humana. Los textos que acompañan las fotos son traducción y resumen de los que aparecen en el libro y que podéis leer en inglés en el siguiente link: http://www.beforethey.com/. No os perdáis el vídeo musical al final.
  1. LOS MAORÍES DE NUEVA ZELANDA
Después de muchos años de misterio, las tradiciones orales, el registro arqueológico y los análisis genéticos demuestran que los maoríes llegaron a Nueva Zelanda en el siglo XIII d. C. procedentes de su mítico hogar en Hawaiki aquí en el este de Polinesia, en sucesivos viajes épicos a bordo de canoas. A pesar de largo tiempo transcurrido, no han perdido los vínculos genealógicos con sus ancestros sino que la mayoría recuerda la tribu originaria de la que descienden. Esa odisea hizo de los maoríes unos aventureros atrevidos y resueltos y uno de los pueblos navegantes más audaces de todos los tiempos. Debido a siglos de aislamiento del resto del mundo, desarrollaron una sociedad sui generis, con un arte característico, su propia lengua y una mitología única. Los maoríes mantienen activos los lazos de parentesco tradicional y la whanan o familia extendida. Su cultura es politeísta: adoran a múltiples dioses, diosas y espíritus. Creen que sus ancestros y otros seres sobrenaturales son omnipresentes y pueden ayudar a la tribu en caso de necesidad. Sus mitos se remontan a un pasado remoto, relatando la creación del universo y los orígenes genealógicos de dioses y hombres. Se refieren a los fenómenos de la naturaleza, el clima, la luna y las estrellas, los seres marinos y los pájaros en los bosques. 
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viernes, 24 de enero de 2014

ONODA Y LA DISONANCIA COGNITIVA

Hace unos días leí la noticia del fallecimiento de Hiroo Onoda, un oficial japonés que siguió luchando en la selva de Filipinas durante 30 años como si la Segunda Guerra Mundial no hubiese terminado. El incansable soldado se negó a aceptar la orden de rendición impartida por el emperador Hirohito, porque era incapaz de aceptar la derrota del Imperio del Sol. Es un caso extremo de disonancia cognitiva, una teoría procedente de la Psicología social que resulta de gran utilidad para la Antropología. De hecho, dicha teoría  fue elaborada en 1956 por Leon Festinger para explicar la actitud de una determinada secta ante el fracaso de sus profecías apocalípticas. Se trataba de la Asociación de Sananda, cuya líder, bajo el seudónimo de Marian Keech, había pronosticado un cataclismo que acabaría con la Tierra el 21 de diciembre de 1954. El grupo pretendía escapar de la catástrofe a bordo de una nave espacial, que vendría a recogerlos la noche del día 20 de diciembre para llevarlos al planeta Clarión. Como era de esperar, el taxi galáctico faltó a su cita.

Leon Festinger
Festinger, que se había infiltrado en el grupo de creyentes, esperaba expectante la reacción de los seguidores ante el fracaso de la situación anunciada. Lo que al día siguiente hizo la líder espiritual fue manifestar que había recibido un mensaje del Dios de la Tierra, en el cual la informaba de que, en el último momento, había decidido salvar a nuestro planeta de la destrucción gracias a sus oraciones. Aquí el reajuste de datos permitió a la secta mantener  incólumes sus ideales, y dio a Festinger la pauta para elaborar su famoso libro Cuando la profecía fracasa (1956). La conclusión que se impone es que los humanos necesitamos desesperadamente una coherencia sustancial entre nuestras ideas, valores, percepciones y comportamientos. Si detectamos un conflicto serio entre lo que pensamos y cómo actuamos, inmediatamente surge en nosotros un malestar psicológico, una perturbación que nos obliga a modificar algunos de los términos contradictorios concurrentes. Cuanto más fuerte resulta la disonancia entre las cogniciones en conflicto, más rápida e intensa será la respuesta adaptativa para superarla. Igual que el hambre nos obliga a buscar comida, la incongruencia mental nos fuerza a adoptar medidas para alcanzar una situación más confortable.


Un ejemplo clásico acerca de cómo recuperamos el equilibrio, cuando nuestros deseos se enfrentan sin éxito a la realidad, es la fábula de Esopo La zorra y las uvas. Lo que nos demuestra es cómo nos  motivamos para dejar de ver algo como apetecible cuando se nos impone la imposibilidad de obtenerlo. Otro ejemplo muy característico es el fumador consciente de que el tabaco es nocivo para su salud. Para eludir la antinomia, o bien se decide finalmente a dejar de fumar, o bien modifica su valoración del carácter tóxico del tabaco, convenciéndose de que, en realidad, no es tan perjudicial como las alarmistas cajetillas advierten e, incluso, de que las consecuencias de dejarlo (obesidad, comportamientos ansiosos…) le resultarían todavía peores.
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miércoles, 15 de enero de 2014

PENSAMIENTO Y REDES DEL LENGUAJE EN GEORGE STEINER


En 2007 Siruela publicó un opúsculo de George Steiner, Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. La idea de partida de esas reflexiones es el pesimismo romántico de  Schelling (1809), para quien la tristeza  amenaza toda vida mortal, como un velo de pesar que se extiende sobre la naturaleza entera. De ahí su afirmación de una profunda e indestructible melancolía que contamina con su oscuridad cualquier proceso mental. Una metáfora de ese malestar sería el  persistente ruido de fondo como eco del Big bang cosmológico: ya desde la creación del universo aparecieron la pesadumbre y la materia oscura. 
Desde estas premisas, Steiner elabora unas tesis provisionales acerca de las limitaciones que lastran la grandeza del pensamiento, y que pueden servirnos como antídoto útil contra los sueños dogmáticos de la razón. A riesgo de simplificar la riqueza de ideas del autor, intentaré resumirlas:

PRIMERA TESIS
 El pensamiento es ilimitado, infinito, el signo  más destacado de la eminencia humana. La poderosa imagen de Pascal nos dibuja como “cañas pensantes”. Nada escapa a las posibilidades de la imaginación. La ciencia ficción es capaz de crear universos alternativos. El modo subjuntivo nos permite enunciar toda posibilidad contrafactual. Gracias  al pensamiento conseguimos dominar la naturaleza. Pero la infinitud  de nuestras ideas es, lamentablemente, incompleta: no sabemos cuál es su concreta relación con la realidad, esto es, el grado en que el pensamiento coincide con su objeto, ni si nuestro análisis  racional no es más que una ficción. Somos capaces de formular las preguntas esenciales acerca del origen y sentido de la vida, y de ese impulso interrogador surgen la cultura, la ciencia y la religión, pero no logramos alcanzar respuestas concluyentes para las mismas. En el tumulto del pensamiento resuenan la duda y la frustración.
El corredor. López Villaseñor
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sábado, 4 de enero de 2014

VIDEOJUEGOS:PODER Y GLOBALIZACIÓN


                        
                               
   Tener en casa a dos hijos adolescentes te hace descubrir nuevas realidades que, de otra forma, difícilmente se podrían haber cruzado en tu vida. Tal es mi caso con los videojuegos de ordenador y consolas portátiles, con los que Pablo y Marta pasan más tiempo del que a mi me gusta admitir. Tal afición me hizo suponer que esa actividad debía ser algo apasionante, y así, bolígrafo y bloc en mano me dispuse a interrogarlos sistemáticamente acerca del universo en el que se hallaban inmersos buena parte de su tiempo libre. Debo, por tanto, a Marta y sus respuestas, y sobre todo a Pablo, que no solo respondió durante más de dos horas a mis preguntas, sino que después ha revisado y corregido la información sobre los videojuegos que aquí incluyo, y ha estado contestando a dudas puntuales que me surgían en los momentos más intempestivos, haber hecho posible lo que ahora estáis leyendo. Esta entrada va por y para ellos.

   1.- HISTORIA DE CUATRO VIDEOJUEGOS.-

   El juego Call of Duty se define en Wikipedia como un “juego en primera persona de estilo bélico”, que se lanzó por primera vez en octubre de 2003, y cuya última versión es de noviembre de 2013.

   El escenario en el que transcurre la acción es la Segunda Guerra Mundial, con ambientes y situaciones de la misma, aunque posteriormente cambió de escenarios y personajes, y se dividió en dos sagas diferentes:

a)     Modern Warfare, que relata la lucha entre Estados Unidos y Rusia tras una Tercera Guerra Mundial librada entre la OTAN y una Rusia ultra – nacionalista nacida de un partido radical, que busca recrear los últimos días de la URSS.

                  
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