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miércoles, 7 de mayo de 2014

COLONIALISMO Y POST-COLONIALISMO EN TORNO A LA NOVELA JANE EYRE

Jane Eyre es una obra literaria fascinante, a la vez genial y extraña. Pero no convocamos aquí a esta célebre novela decimonónica para discutir sus méritos artísticos sino como testigo del contexto colonial en el cual fue escrita: Jamaica, Madeira y la India son, además de Inglaterra, las localizaciones a las que se refiere el relato, en cuyo desarrollo tienen una trascendental influencia. No solo son fuentes de riqueza o de poder para sus personajes sino que Charlotte Brontë diseñó la biografía de Jane Eyre, en gran medida, en contraste con la de Bertha Mason, la loca y degenerada criolla encerrada en el desván de Thornfield Hall. Podemos plantearnos si esa relación guarda algún paralelismo con la forma de actuación del imperio colonial británico, que explotó y arrinconó socialmente a los nativos de los territorios de ultramar, justificando tal dominio por sus costumbres degradadas y su inferioridad racial. Vamos a explorar aquí las posibilidades de ese extraordinario relato desde la perspectiva menos habitual para su estudio, la del colonialismo y postcolonialismo.
 1. Jane Eyre, heroína burguesa
La parte principal de la narración se desarrolla al norte de Inglaterra, en el segundo cuarto del siglo XIX, un período de fuertes convulsiones sociales: la revolución industrial, el ascenso de la burguesía al poder, el cambio en las colonias de un sistema esclavista al de mano de obra libre…Charlotte Brontë (1816-1855) vivía con sus geniales hermanas Anne y Emily- autora de Cumbres borrascosas-, leyendo vorazmente y construyendo reinos de ficción en la pequeña rectoría que tenía encomendada su padre, en el condado de Yorkshire. 

Cuatro obras clave de la literatura inglesa del siglo XIX
A pesar de su aislamiento, Charlotte parecía tener las antenas bien alerta para captar todas aquellas tensiones sociales y económicas que, después del fin del Antiguo Régimen, estaban dando lugar a un modo de vida inédito. Con solo 31 años, consiguió plasmarlas en el argumento de su obra maestra, una autobiografía imaginaria pero con múltiples similitudes con su propia vida, que publicó con gran éxito y no menor escándalo en 1847. Lo que más irritó al conservador público victoriano fue la rebeldía de la protagonista, que no se dejó doblegar por el estricto sistema educativo de Lowood, un típico internado británico para huérfanas. Aquella joven insignificante, sin riquezas ni prosapia social, se atrevía a medirse en pie de igualdad con los hombres, a oponerles sus condiciones y a decidir por sí misma su camino en la vida.
La primera generación de feministas leyó el texto, precisamente, como una defensa de los derechos de la mujer contra la opresión de la sociedad patriarcal. “Si usted me considerase como el equivalente de una de esas hermosas de los harenes (…) Me prepararía para ser misionera o iría a predicar la abolición de la esclavitud, incluida la de las esclavas de su harén. Me introduciría en él y las amotinaría”. La novela está llena de soflamas de este tipo, que recuerdan la Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de Mary Wollstonecraft.
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