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miércoles, 1 de mayo de 2019

LA ARQUITECTURA ANTROPOMÓRFICA DE LOS DOGÓN DE MALI

Los acantilados de Bandiagara, en la región de Mopti, forman parte del Patrimonio de la Humanidad desde 1989. Ocupan un territorio en la frontera entre Mali y Burkina Faso que tiene una extensión de 350.000 a 400.000 ha. La falla, con una longitud de 150 km, es el límite de la franja meridional del Sahel. Se trata de una árida región de colinas rocosas situada donde el río Níger atraviesa Mali. Ese terreno abrupto ha protegido en alguna medida la pureza de las costumbres animistas de los dogón, que han resistido las presiones exteriores gracias a ese aislamiento geográfico. Hasta 1931 no reciberon la visita de la primera expedición etnográfica, dirigida por el legendario antropólogo francés Marcel Griaule, a cuyo nombre estarán los dogón asociados para siempre.

Su territorio se divide en un triple espacio: abajo, la sabana ancha y arenosa, con baobabs y acacias, se equipara simbólicamente al seno. Más arriba, una meseta de piedra llana, es el torso; y la barrera entre ambos mundos es una vertiginosa caída vertical que llega a alcanzar hasta los 300 metros de altura: el koko. Este es el verdadero núcleo de la cultura dogón, su escudo protector contra las amenazas externas. En esos tres espacios se encuentran repartidos unos 250 poblados dogón, aunque la mayor concentración se localiza a lo largo del acantilado. Se calcula que los miembros de este pueblo son entre 400.000 y 800.000.
Los dogón son una etnia muy antigua que pertenece a la rama mandinga y que llegó a Bandiagara entre los siglos X y XIII, no se sabe bien si procedente del Alto Valle del Nilo, del país del Mande o de Ghana. Lo cierto es que se resistieron a la conversión al Islam en el siglo XI, cuando los almorávides conquistaron el antiguo imperio de Ghana. Como entonces quedaban fuera del canon musulmán, su huida evitó que los mercaderes árabes los capturaran y vendieran como esclavos. Hoy sólo una minoría de este pueblo, que se autodenomina habe ( “no creyentes”) ha aceptado la religión islámica, si bien adaptándola a sus tradiciones animistas. Los cristianos son así mismo minoritarios entre ellos.

En la orografía imposible de Bandiagara encontraron el lugar perfecto para protegerse de sus amenazantes enemigos, pero ello produjo un efecto colateral. Los dogón, que practicaban la agricultura sedentaria, desplazaron a los habitantes autóctonos de la falla, un pueblo cazador nómada al que llamaban los “hombrecillos rojos” y que probablemente eran pigmeos. Por el contrario, los “tellem”, otro pueblo que también vivía en la región de Bandiagara antes de la llegada de los dogón, permanecieron en el lugar y acabaron fusionándose con los invasores. “Tellem” en la lengua dogón quiere decir “los encontramos aquí”. No existe mucha información sobre este pueblo cazador recolector. Sus casas de barro se situaban en las abruptas paredes del acantilado, y solo escalando podía accederse a ellas. Los dogón creyeron que los tellem poseían el mágico poder de volar, pues sólo así entendían que hubieran podido habitar en aquellas casas situadas sobre alturas superiores a 200 m. Los antiguos pobladores abandonaron lentamente estos poblados aéreos, que fueron reaprovechados por los dogón como lugar de enterramiento, lo que hace que las ceremonias fúnebres sean también arriesgadas pruebas de valor físico para los jóvenes, que se encaraman a esos “nidos de águila” sólo con la ayuda de cuerdas fabricadas con fibra de baobab. Trepan por ellas para subir los restos del difunto y las ofrendas que lo acompañarán en su última residencia. En los funerales beben cerveza de mijo y bailan con las máscaras sagradas.

Los dogón tienen un sistema patrilineal. Se organizan en familias extensas de hasta 100 miembros, la ginna, al frente de la cual se encuentra un solo varón adulto. La poliginia les permite un máximo de cuatro esposas, aunque lo más frecuente es que solo tengan una. Las mujeres pasan a formar parte de la familia del marido cuando nace el primer hijo.
Practican la circuncisión en grupos de edad que marcan el fin de la niñez, entre los 9 y los 12 años, y también la mutilación genital femenina alrededor de los 7-8 años mediante la extirpación del clítoris y los labios menores.

Casa con tótem de cocodrilo, (Senani P.)
Los dogón se organizan en diversas castas o clases sociales por oficios. Cada aldea alberga dos o tres clanes. Al frente de los mismos esta el hogon, un líder espiritual que se elige entre los más ancianos. Debe observar un periodo previo de iniciación de 6 meses durante los cuales no puede afeitarse ni lavarse y viste ropas blancas que nadie puede tocar. Los dogón creen que la serpiente sagrada Lébé le transmite su sabiduría. El hogon se encarga del culto a los antepasados en unos festejos que, lejos de nuestras luctuosas costumbres funerarias, son verdaderamente alegres. El hogón cuida igualmente del santuario ubicado en las paredes de la falla, en cuyas cavidades se guardan las máscaras sagradas. Los dogón tienen hasta 80 tipos diferentes. Sólo las utilizan los hombres en las ceremonias de iniciación, al término de los diferentes ciclos agrícolas (siembra, labranza y cosecha), en los funerales… Junto con el herrero, el hogon preside también los ritos agrarios.

Hogon sentado en la Toguna, (Senani P)
La armonía es el valor central en su cultura y se refleja en su actitud de agradecimiento y respeto entre esposos, lo mismo que entre jóvenes y ancianos, y en los elaborados rituales de saludo, a los que invariablemente responden sewa, “todo está bien”.
Bandiagara significa “gran plato de comida”, y con ese nombre se hace referencia a la disposición del terreno, una llanura irregular antes de llegar a la falla que constituye una sucesión de rocas peladas estériles. Sin embargo, los dogón, hábiles cultivadores, aprovechan todos esos huecos para rellenarlos con tierra y cultivar oasis muy fértiles, que son esos grandes platos de comida a los que se refiere el nombre de Bandiagara.
Los dogón siguen dedicándose hoy en día a la agricultura. Cultivan mijo, cebollas, arroz y maíz. Truecan sus cosechas con pueblos nómadas a cambio de carne, pescado y por la apreciada sal. También crían ovejas, cabras y gallinas. Las mujeres se encargan de moler el arroz y el mijo para producir harina,y comercian con sus productos artesanos.

Pinturas rupestres dogón, (Pascal Languillon)
La cosmogonía de los dogón tiene como dios supremo a Amma, que creó el cielo y la tierra. Amma dispuso un universo integrado por 14 esferas, cada una con su sol y su luna. La tierra se situaría en medio de estos discos, rodeada por grandes masas de agua que mantiene en su lugar una gran serpiente que se muerde la cola. De la unión de Amma con la tierra nació el zorro pálido, símbolo del mal, y después dos gemelos, los Nommo, espíritus buenos del agua y la lluvia que representan el principio vital. A su vez, de estos nacieron los 8 antepasados primordiales, 4 parejas de hombres y mujeres inmortales que, a una determinada edad, se transformaban en serpientes y pasaban a un mundo distinto. La muerte hizo su aparición cuando uno de estos ancianos, Atanu, insultó a los curiosos humanos cuando le sorprendieron en plena metamorfosis. Enfurecido, Atanu les habló en la lengua sigi, que los mortales no podían conocer. Su revelación acarreó a los ancestros el castigo la muerte, una especie de pecado original que han arrastrado los dogón desde entonces. Para prevenir esos peligrosos encuentros, los humanos comenzaron a fabricar máscaras en forma de serpiente, un elemento central y sagrado en esta cultura.. Tras su falta primordial los ancestros descendieron de nuevo en forma de arco iris trayendo consigo las semillas y los animales con los cuales poblaron la tierra. La mitología de los dogón se basa en los ciclos de sesenta años del sistema estelar de Sirio, así como de otra pequeña estrella, a la que los dogón llaman Po tolo, que se corresponde con Sirio B. Ya que esta estrella no fue descubierta hasta 1862, ello ha desatado, como suele suceder, un gran número de especulaciones ufológicas sobre el origen de su secreto conocimiento por los dogón.

(Marco Cavallini)


En esta entrada nos vamos a fijar especialmente en la arquitectura dogón, tal como la describió Marcel Griaule en Dios de agua. De acuerdo con la narración que se contiene en esta obra, el riquísimo universo cultural de los dogón se plasma en todos los niveles arquitectónicos y sigue un diseño sexualizado y numerológico. El territorio, sus aldeas y sus casas son una reverberación incesante de la cosmogonía dogón, un recordatorio de su mitos creadores.

Aldea dogón, (Dario Menasce)
Las aldeas se construyen junto a las rocas de las mesetas, encaramadas en acantilados prácticamente verticales con un acceso muy dificultoso. Los materiales de construcción siempre son madera, barro y, menos a menudo, piedra, con cubiertas cónicas de paja. Toda aldea dogón debe extenderse de norte a sur, como el cuerpo de un hombre tendido sobre su espalda. Vista del desde el aire, la aldea es la imagen de la casa del antepasado, con 80 nichos. Las casas, rectangulares y hechas de barro, tienen marquetería que evoca la  mitología de los dogón, con puertas y nichos con esculturas que representan a los antepasados y sus sucesores. 

Aldea dogón de Banani
Los altares, las casas y las propias aldeas dogón siguen reglas antropomórficas muy marcadas: son una réplica simbólica de los miembros del cuerpo humano, los del antepasado ancestral de la tribu. La cabeza está representada por la toguna o Casa de la palabra en la gran plaza, símbolo del primer campo. Se trata de una construcción muy diferente de las viviendas. Al norte de la plaza se levanta la fragua, tal como se ubicaba la de herrero civilizador. El pecho y vientre del antepasado es la ginna o gran casa familiar de dos plantas. Las manos son las casas circulares de las mujeres, situadas al este y al oeste, donde se recluyen unos días durante el ciclo menstrual. Los altares comunes, construidos al sur, son los pies. En el centro se ubican las piedras donde se trituran los frutos, que tienen forma de sexo de mujer. A su lado debería situarse el altar de la fundación, imagen del sexo masculino, pero por respeto a las mujeres se construye fuera del recinto.

Ginna, la vivienda dogón de dos plantas
Dentro de la ginna, las viviendas son de una sola planta, a veces con puertas y ventanas talladas con la temática mitológica de los dogón y orientadas al norte. Estas casas, habitualmente de forma rectangular, son de barro muy prensado y resistente a las lluvias. Su fachada carece de ventanas y, en cambio, tienen dos puertas y nichos con esculturas. Esos nichos que ocupan las representaciones de los ocho antepasados y su descendencia son como las cavidades del acantilado. El suelo de la planta baja es símbolo de la tierra. La terraza, cuadrada, es la imagen del cielo. A su alrededor, las cuatro pequeñas terrazas rectangulares señalan los cuatro puntos cardinales. Las ocho pequeñas columnas que coronan el muro sur son los altares de los antepasados.
Las viviendas también repiten en su interior la forma y contenido del cuerpo humano, de manera que cada una de sus estancias se refiere a sus distintas partes: la entrada, que da acceso al recinto rectangular donde duermen los dogón, representa las piernas; el patio que sigue a continuación simboliza el vientre y el tronco; los dos graneros que se abren a cada lado equivalen a los brazos; y la cocina circular que cierra la casa es un correlato de la cabeza. El hogar está alimentado por el fuego celeste, el fuego robado por el herrero civilizador para ayudar a los humanos. En el interior de la casa, las diversas estancias tienen también una significación sexual. El vestíbulo, la pieza destinada al dueño, representa al varón y su sexo es la puerta exterior. La gran pieza central es el dominio y símbolo de la mujer . Los cuartos laterales son sus brazos, y la puerta de comunicación su órgano sexual. En ese diseño antropomórfico, las estancias y los trasteros muestran a la mujer acostada sobre la espalda, con los brazos extendidos y la puerta abierta, lista para la unión. La pieza del fondo, que alberga el hogar y recibe la luz por la terraza, representa la respiración de la mujer y está cubierta por el techo, símbolo del hombre, cuyo esqueleto son las vigas de la casa. Su aliento sale por la aventura superior. Los cuatro postes son los brazos de la pareja, los de la mujer sosteniendo al hombre que se apoya en el suelo. Para dar a luz, la parturienta se coloca en medio de la habitación con la espalda hacia el norte.

Las casas se encuentran rodeadas de graneros cuadrados o circulares en los que se plasma una rígida división sexual: los graneros más grandes son de los hombres, y de dimensiones más reducidas los de las mujeres. Estos silos son de planta cuadrangular, igualmente de barro, altos y estrechos, con un techo cónico de paja y una pequeña abertura cuadrada cerca del techo más otras dos en la parte inferior. Su tamaño es indicativo de la riqueza de cada aldea. Están formados por ocho postes de madera a veces tallados que sostienen una gruesa techumbre horizontal de paja de mijo. Las puertas de los graneros tienen preciosas cerraduras de madera tallada y se sitúan en la parte alta, cerca del tejado. Los dogón pintan los paneles de las puertas con motivos mitológicos, como el del Nommo que robó un trozo del sol para traer el fuego a los humanos. El granero y todo lo que encierra es la imagen del sistema ordenado de los dogón, y reflejo del movimiento de los órganos internos del cuerpo humano. Éste absorbe y distribuye los alimentos mediante la digestión y la circulación sanguínea, y el granero replica simbólicamente ese modelo en el almacén para las cosechas.
Graneros dogón


Cerradura dogón, Huib Blom
Cuando los graneros tienen tres pares de palos cruzados significa que se trata de un granero “masculino”, mientras que si la construcción es más pequeña y sólo tiene dos palos cruzados, es un granero “femenino”. Se habla de granero en este segundo caso de manera impropia, porque el recinto no sirve como almacén para las cosechas sino para guardar los efectos personales de la mujer. Presenta también el característico tejado en punta aunque está menos protegido contra los ratones. En él las mujeres dogón guardan sus objetos personales, ropa, alhajas, dinero y algo de grano. Es importante destacar que las mujeres son económicamente independientes de los hombres y conservan en el granero también los objetos que fabrican y con los que comercian, como tejidos o cerámica.

Toguna, (Dario Menasce)
También tiene un sentido religioso particular la toguna o Casa de la Palabra, la “cabeza“ de la aldea. Es el lugar en el que se reúne el Consejo de ancianos para discutir los asuntos colectivos. Es un edificio sólo para los hombres, que pasan ahí las horas de mayor calor durante la estación seca. Dentro de la Casa de la Palabra los hombres sólo pueden estar sentados porque la techumbre es muy baja. Tienen una curiosa explicación para ello: obligados a permanecer sentados, es más fácil conservar la calma y evitar las discusiones. Bajo una construcción similar deliberaban los ocho antepasados cuando tenían forma humana, antes de su metamorfosis en genios de agua. El recinto tiene una planta rectangular con unos soportes que evocan a las cuatro parejas de los antepasados primordiales. El techo del toguna está compuesto por un máximo de ocho capas de tallos de mijo. Se añade una cada año hasta alcanzar el número mágico, a partir de cuyo momento se retiran y comienza un nuevo ciclo de 8 años.

La Casa de la menstruación se construye en las afueras de la aldea por las mujeres y es de calidad inferior a las restantes estructuras. La ocupan durante los cinco días en que las mujeres deben dejar su casa familiar cada mes, y traen con ellas a sus hijos pequeños. Allí utilizan herramientas de cocina que sólo es posible encontrar en ese lugar.

Marcel Griaule (1898-1956) es el antropólogo francés que inició los estudios sobre los dogón del África occidental. Durante la Primera Guerra Mundial fue piloto de las fuerzas aéreas francesas. Más tarde se convirtió en discípulo del gran Marcel Mauss. Entre 1928 y 1933 participó en dos grandes expediciones etnográficas: una a Etiopía y otra a Dakar y Djibouti, en el curso de las cuales cruzó a África y tuvo ocasión de visitar por primera vez a los dogón. Durante esas expediciones puso en práctica técnicas pioneras de investigación etnográfica, como la fotografía aérea, estudios topográficos, el trabajo en equipo, el enfoque interdisciplinar… En 1938 realizó su tesis doctoral fundamentada en su investigación sobre los dogón. Desempeñó la primera cátedra de Antropología en la Sorbona entre 1942 y 1956. Dios de agua, una obra publicada en 1948, cuenta de manera accesible al gran público las historias que le transmitió el anciano cazador Ogotemmeli acerca de la mitología y el universo simbólico dogón, presente en todos los aspectos de la vida de este pueblo. Griaule la presenta como una cosmogonía tan rica como la de Hesíodo y, además, todavía viva. Es un libro de divulgación que va más allá de la seca erudición sólo pensada para especialistas. Sin embargo, veremos en una próxima entrada hasta qué punto esta narración puede considerarse científica.
Podéis acceder al texto en este enlace:http://anthropotopia.blogspot.com.es/2015/11/marcel-griaule-y-la-revision-posmoderna.html
Falla de Bandiagara

Fuentes consultadas:
-Cortés López, José Luis: Pueblos y culturas de África. Editorial Mundo Negro, 2006
-Salvador, Leo: Los pueblos de África. Editorial Mundo Negro, 2015
-Griaule, Marcel: Dios de agua. Ed. Altafulla, 2009
-Patrimonio Mundial de la Humanidad. Vol. 9. Ed. Ebrisa, 1995
-Van Beek, Walter E.A.: Dogon restudied. 1991. Web
- País Dogón. Revista Planeta desconocido. Número 1, 2013
-Los Dogon.Wikipedia. Web.
-Marcel Griaule. Wikipedia. Web.

miércoles, 17 de abril de 2019

PSICOPOMPOS. LOS QUE GUÍAN LAS ALMAS

Por José Losada

Joahim Patinir: El paso de la laguna Estigia. Museo del Prado

Recuerdo mi primer día de colegio. Mi madre me acompañó hasta un monumento del siglo XVII, entregó unas fotografías tamaño carnet a un profesor que estaba en la puerta y me despidió. También me acuerdo del último, casi una década después. Ayudé a un compañero a llevar el equipaje hasta la parada del coche de línea de Lugo y nos despedimos; nunca lo he vuelto a ver. Para entonces me movía por aquel gran edificio lleno de historia y de obras de arte como si de mi casa se tratase. Sin embargo, en aquel primer día ya lejano era un mundo lleno de misterios. 

Supongo que a la imaginación le es grato pensar en que alguien conocido y amable nos acompañe en el tránsito hacia lo desconocido. Por ejemplo, en nuestro paso hacia el otro mundo, a lo que nos espera después de la muerte. Solo así se explica que personajes con esa función aparezcan en muchas culturas a lo largo de los siglos, con nombres distintos y adoptando formas muy variadas, pero siempre con el matiz de tratarse de seres que acompañan a las personas sin juzgarlas. Son los llamados psicopompos, el acompañante en el tránsito entre la vida y el más allá. En mi opinión tienen como rasgo común la circunstancia de que no propician ni provocan el “exitus”, sino que se limitan a escoltar a quien abandona el mundo de los vivos, permitiéndole que se enfrente a ese inevitable desenlace de manera más serena.
La palabra “psicopompo” es de origen griego y puede  traducirse como “guía de las almas”. En unos casos se trata de representaciones antropomórficas y en otros adoptan la forma de animales: perros, chacales, lobos, monos, caballos, toros, vacas, ciervos, ballenas, delfines, búhos, lechuzas, cuervos, tiburones … 


Nos ocuparemos en primer lugar de Anubis, el dios-chacal de la mitología egipcia, cuya misión era acompañar a las almas de los difuntos ante Osiris para que su corazón fuese pesado.  Una función similar se atribuía a la diosa Hathor, protectora de los amantes; ayudaba a las mujeres a dar a luz, recibía a las almas en el inframundo y les daba de comer y de beber.
 En la mitología de Mesopotamia, Namtar, un dios por otra parte horroroso y responsable de las enfermedades, fue enviado a un banquete por la reina Ereshkigal como representante del inframundo.
Babalú Ayé es el orisha de las pestes y de la miseria; lo veneran en Nigeria, aunque su culto proviene de Dahomey (Benim). Entre otras características es el responsable de la selección de los muertos.


En las sociedades tribales del mundo entero  existen expertos en la exploración del mundo invisible del espíritu, reconocidos como tales por todo el grupo. Se denominan chamanes, término tomado de los Tunganes de Siberia. Muchos mitos derivan de los viajes del chamán al mundo de los espíritus en el transcurso de los cuales se encuentra y habla con sus habitantes, en muchos casos con forma animal. Vemos, pues, otro ejemplo de la comunicación con el más allá 
Cambiando de época y contexto cultural en este recorrido, que no pretende ser exhaustivo, nos encontramos en la mitología mexica y tolteca con el dios del ocaso con cabeza de perro, Xolotil, acompañante de los muertos en su tránsito al Mictlán o infierno. 


 Tiene un matiz interesante la diosa maya del suicido, Ixtab, protectora y acompañante de los suicidas hacia un paraíso especial.


Cameo de Caronte en Scoop de Woody Allen

En la mitología griega y latina no podían faltar figuras similares. Comenzaremos por Caronte, el barquero encargado de transportar a las almas a través de la laguna Estigia hasta el Hades o mundo de los muertos. En un principio se dijo que se encontraba en la región privada de sol allende del gran río Océano, pero los nuevos descubrimientos determinaron que se situase en el centro de la tierra, comunicado con el mundo de los vivos por cuevas y ríos subterráneos. 


Pero quizá el más conocido psicopompo fue Hermes, “mensajero de la casa de Hades”, tan  veloz como la muerte. En la Ilíada los dioses del sueño y de la muerte dulce (Hypnos y Tanatos) recibieron el encargo de Zeus de transportar el cuerpo de su hijo Sarpedón hasta Licia, para que pudiera recibir de sus familiares la sepultura que merecía, tras haber muerto a manos de Patroclo. 
Es muy interesante, pese a que no coincida exactamente con nuestro tema, el mito de  Orfeo, el músico que consigue que su amada Euridice salga de ese mundo, aunque sea para perderla de nuevo. En el enlace siguiente, encontrará el lector amplia información sobre este personaje
 Damos otro salto y nos situamos en la mitología del norte de Europa. Las Valquirias eran enviadas por Odín para decidir el curso de las batallas y llevar a los nobles muertos al Valhalla, mientras otros iban al Fólkvangr de la diosa Freyja.



Para terminar este recorrido, necesariamente rápido y en el que me habré dejado en el tintero muchos ejemplos que, sin duda, el lector interesado podrá identificar, nos encontramos con la Muerte como personaje que desarrolla esa función de acompañamiento de la que estamos tratando. 



En la cultura anglosajona aparece con el nombre de “Grim Reaper” con una estética que se ha convertido en universal: figura esquelética, largo manto negro, guadaña y reloj de arena. Representaciones similares se observan en otras tradiciones culturales, pero quizá la más sugerente y digna de mención es la “Santa Muerte”, venerada en México, un ejemplo de sincretismo entre las creencias católicas y las de los pueblos indígenas. 


También es interesante la relación con el denominado “Ángel de la Muerte” que con varios nombres aparece en varias ocasiones en el Antiguo y Nuevo Testamento e incluso con uno de los jinetes del Apocalipsis.



Los lectores asiduos de este blog recordarán que el concepto de psicopompo apareció en la entrada dedicada a la prehistoria gallega (“El pueblo y su prehistoria”). Aunque se ha dicho que los petroglifos ocupan un lugar destacado  en el conjunto de señales de identidad del pueblo gallego (Peña Santos), lo cierto es que los libros de historia suelen dedicarles unas escasas líneas llenas de incertidumbres e hipótesis no contrastadas. Se hace referencia a sus posibles relaciones con un sistema religioso que sacralizaba al sol o a los ciervos, a la vinculación con el comercio de los metales y el impacto social que tuvo su aparición en las sociedades primitivas. Se destaca que la zona de mayor abundancia y variedad se sitúa en la zona del Valle del Río Lérez y en los alrededores de las rías de Vigo, Pontevedra y Arousa. Su estudio está en deuda con  Ramón Sobrino Buhigas, fruto de cuyo incansable trabajo de campo es la obra “Corpus petroglyphorum Gallaeciae” de 1.935.


Del estudio sistemático que promovió el autor citado y que fue seguido hasta nuestros días por otros muchos eruditos, se desprende la clasificación de las formas en dos grandes grupos: naturalistas y geométricas (de estos últimas destacan los puntos o cazoletas, que ya conocemos, los laberintos y los diseños circulares o destrogiros). Los primeros son los más peculiares y los que dotan al arte rupestre gallego de mayor importancia. Así nos encontramos con armas, figuras humanas cazando o cabalgando, caballos y unas pocas serpientes, pero, sobre todo, con ciervos. La representación puede ser estática o dinámica y, en este último caso, con nociones de perspectiva. Sus autores debieron dedicar muchas horas a la observación de estos animales porque en los petroglifos no faltan detalles anatómicos y también de comportamiento: se representan con fidelidad la berrea o la huida en tropel de la manada dirigida por el macho dominante, espantada por la irrupción del  ser humano a caballo. 


En cuanto a las interpretaciones que surgen sobre la verdadera funcionalidad de su representación, encontramos una primera que la asocia a la caza, sirviéndose de la premisa de que los actos representados tienen repercusión en el mundo real; otras ahondan más en el terreno de la magia y de los símbolos religiosos y establecen una relación entre la presencia de imágenes de ciervos con  conceptos como la fecundidad, el sol o la muerte, pues son considerados como conductores de las almas de los muertos hacia el otro mundo. Se establece entonces una sugerente relación con las representaciones de círculos o espirales. En unos casos, se trata de la mera proximidad, lo cual da pie a que se aventure que se trata de trampas para capturar a los cérvidos o apriscos para encerrarlos. Pero en otros casos las asociaciones son más estrechas y los animales parecen entrar o salir  de estos diseños circulares. Se ve entonces, una representación del tránsito hacia el mundo subterráneo.

Foto del Dolmen de Vilatán (Lugo) publicada en La Voz de Galicia

Es evidente que todas estas hipótesis que surgen de la ignorancia sobre la verdadera finalidad de estas representaciones; De la Peña Santos data los petroglifos de la provincia de Pontevedra en la Edad del Bronce, entre el segundo y tercer mileno antes de Cristo, una época en la que la modernización de las herramientas trajo consigo un mayor desarrollo económico y la aparición de nuevas clases dominantes. El mismo estudioso distingue entre las representaciones “privadas”, situadas en lugares de escasa visibilidad, y las “públicas”, grabadas en superficies que destacan del entorno inmediato  y que relaciona con la existencia de una élite social que se quería diferenciar del resto de la población. De la misma manera que existe una Capilla Sixtina del arte renacentista, me tomo la libertad de calificar como tal al Parque arqueológico de arte rupestre de Campo Lameiro, cuyo centro de interpretación sirve para adentrar al visitante en el extraordinario mundo de los petroglifos gallegos en un recorrido que difícilmente olvidará.



En “Abejas que viene de la luna”  tratamos, sobre todo desde el punto de vista literario, de uno de los elementos más conocidos de la tradición gallega: la Santa Compaña o Compañía, aunque no sea exclusiva de ella la idea de una serie de difuntos que acuden a avisar  de su próxima muerte o para llevarse con ellos a una persona viva.
   Son múltiples los nombres bajo los que es conocida: “estadía”, “enxamio” o “abexón”, “Hoste”, “Estántiga”, “Zarrulada” y “Acompañamento”. Hacen referencia a que la procesión de ánimas aparece en las tradiciones de Galicia, norte de Portugal y Asturias, y también en otros lugares, como Escocia, Gales, Baviera, Suiza…Para Vicente Risco se trata de un fenómeno puramente incardinado en la tradición cristiana.



Como dice la tradición, delante de las ánimas va una persona viva portando una cruz y un caldero de agua bendita, condenada a vagar lo que le reste de vida salvo que consiga entregárselos a otro; se dice que este solamente puede librarse de recibir los indeseados pertrechos si acierta a dibujar un círculo en el suelo e introducirse en él. Pero el imaginario popular apunta otros remedios preventivos de diversa naturaleza, como llevar en el bolsillo cuernos de “vacaloura” (ciervo volante) y ajo. El vivo está obligado  a guardar silencio y no puede mirar atrás (tampoco le resulta necesario, porque percibe el olor de la cera quemada por las velas de los difuntos). La procesión suele transitar por los alrededores de la iglesia, siguiendo el camino de los entierros, pero sin salir de los límites de la parroquia. Puede ir en silencio, o anunciarse mediante el sonido de una campana e incluso acompañada de cantos religiosos o gritos desgarradores. El peligro consiste en encontrarse con ella por la noche y no estar listo para evitar que te encomienden encabezar la procesión.
Me parece importante destacar el hecho de que se recoja en la tradición que los difuntos han de ser los de la parroquia por la que la procesión circule. Este dato da idea de una cierta familiaridad y de que no se contempla a la Santa Compaña como algo ajeno por completo al reino de los vivos, hasta el punto de que se tiene cierta compasión por sus integrantes. En todo caso, su función como vínculo entre los mundos de los vivos y de los muertos es muy clara y por eso merece ser incluida en esta reflexión sobre los psicopompos.




Para terminar, y volviendo a la reflexión con la que la entrada se iniciaba, la conclusión que se extrae después de este recorrido parcial y apresurado,- como cualquier otro que pretenda exponer un rasgo de la conciencia común de la Humanidad-, es que al ser humano le conforta y ayuda pensar que en el momento del tránsito obligatorio hacia lo desconocido no estará solo. Tan simple y a la vez tan razonable. 

martes, 16 de abril de 2019

PROCESIONES DE SEMANA SANTA



Verdades entrañables o entrañadas

La razón admitió con Kant que sólo podemos entender con exactitud objetiva lo que construimos. Algunos se han apresurado a deducir de esto -no desde luego el propio Kant- que debemos destruir u olvidar lo que no construimos objetivamente, por ejemplo, lo que el pueblo construye a lo largo de generaciones...

Kant estuvo muy impresionado por la ciencia de Newton. A principios del siglo pasado se creía que la ciencia salvaría al hombre y se desconfiaba de todos los demás saberes, pero hoy sabemos que no es del todo irracional cuanto la razón tecno-científica desestima y que la tecnología puede usarse insensatamente.

Al lado de la razón científica, constructiva y dominadora, existe una razón contemplativa y entrañable, una verdad de las entrañas. El hombre es ante todo entraña, antes que ordenador de la naturaleza o consumidor de fruslerías. Entre nosotros, la razón unilateral, el estrechamiento hedonista y economicista de la razón, no ha podido -gracias a Dios- desterrar las procesiones, ni desterrarnos a nosotros de nuestras tradiciones más queridas.

Las procesiones religiosas[1] no son ni un vestigio arqueológico, ni una curiosidad folclórica... Son algo tremendamente fuerte, poderoso y vivo. "No hay pueblo sin fiesta, ni fiesta sin procesión, ni procesión sin autoridad”. Las procesiones pueden, desde luego, ser explicadas en el plano metodológico en que lo hace la ciencia, por los saberes del hombre, pero las procesiones también pueden y deben ser comprendidas en el sentido de una aprehensión –a otro nivel distinto del científico- de nuestra pertenencia al conjunto de lo que es.

La filosofía (igual que la ciencia) debe ser capaz de compatibilizar el análisis y la explicación histórica, sociológica, antropológica, psicológica... de las causas, con la comprensión de los signos, de los símbolos, de las intenciones, del relato: esperanzas, miedos, creencias, conceptos, ideales, implícitos y explícitos en estos fenómenos religiosos entrañablemente humanos; la filosofía debe incluso proponerse dar cuenta de cómo la explicación y la comprensión se necesitan y complementan. Este ensayo busca aportar algo en este sentido.

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domingo, 14 de abril de 2019

ECCE HOMO Y RITOS DE CORONACIÓN EN EL MUNDO ANTIGUO

En las procesiones de Semana Santa es frecuente ver la conmovedora figura de Jesús martirizado como Ecce Homo, que significa "He aquí el hombre". Es la frase que Poncio Pilato pronunció ante la muchedumbre judía cuando presentó a Jesús, coronado de espinas y vestido con un manto púrpura, después de que hubiese ordenado azotarlo (Juan, 19.5). Como sabemos, Pilato pretendió desentenderse de su responsabilidad por la muerte de Jesús, en quien él no apreciaba culpabilidad alguna, pero antes de que ello ocurriese, los romanos llevaron a cabo una extraña y cruel ceremonia. Vamos a examinar con más detenimiento los elementos de ese escarnio a Jesús, tal como lo relatan los Evangelios.
Las fuentes evangélicas

Señor del Gran Poder, Sevilla
Conocemos bien la iconografía del Ecce Homo a través de la pintura y la imaginería barroca. Los artistas plasmaron, con diversas variaciones, los elementos que describen los evangelistas San Mateo, San Marcos y San Juan. En cambio, San Lucas no menciona el episodio de las burlas de los romanos. Repasemos en primer lugar el texto en Mateo 27. 27-31. Allí se relata el proceso de Jesús ante Pilato y, después de lavarse las manos tras haber intentado sin éxito concederle la libertad en lugar de a Barrabás, al que escogió el pueblo alborotado, se nos dice: "Entonces los soldados del procurador condujeron a Jesús al interior del palacio, ante toda la cohorte. Le despojaron de sus vestiduras, le echaron encima un manto de color púrpura; y, entretejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza con una caña en la mano derecha; luego, doblando ante él la rodilla, le decían en son de burla: ¡Salve, rey de los judíos ! Y escupían sobre él; y, tomando la caña, le daban golpes en la cabeza. Después que acabaron sus burlas, le despojaron del manto, le pusieron sus vestidos y lo llevaron a crucificar".
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viernes, 5 de abril de 2019

LA CONDICIÓN HUMANA: INMIGRANTES

                                                                                               ANGELES BOIX


    Hace unos años se difundieron en todos los medios de comunicación imágenes de inmigrantes sirios, afganos, iraquíes y de otros lugares luchando en Macedonia por subir a un tren que los llevara hacia Hungría, y de allí, hacia Alemania o Suecia, principalmente. De no haber sido porque las imágenes eran en color, parecían sacadas de la II Guerra Mundial, con miles de judíos hacinados en trenes hacia ninguna parte. Los trenes de ahora, como las embarcaciones atestadas y peligrosas, e incluso las caminatas van dejando un tremendo rastro de vida, de sangre, de esperanzas rotas, y hacen que afloren en nosotros, quienes vivimos en las costas o las tierras adonde ellos llegan - o se estrellan, o los arroja el mar - sentimientos encontrados: por una parte, miedo a "los otros", con discursos inflamados de "lo nuestro" y apelaciones a identidades construidas sobre un color de piel o sobre un dios al que orar, miedos que se hacen sólidos en forma de muros y cuchillas para impedir el paso o en una subasta de número de refugiados que cada país quiere aceptar. La otra parte es la inmensa ola solidaria que ha surgido espontáneamente entre la gente de la calle, quienes han ofrecido casa, alimentos y ayuda a aquellos que la necesitan. En España, no hace todavía 100 años la situación era igual de desesperada y la gente salía de sus fronteras buscando la simple opción de seguir vivos.
     La pregunta esencial es: ¿por qué tantas personas abandonan lo que hasta ahora había sido su mundo, su pasado, sus pertenencias, su ideal de vida y se han lanzado a la deriva, a un viaje largo, incierto, peligroso? Las razones son siempre la desestabilización de un modo de vida en el lugar de origen. Es la repetición del primer viaje de la Humanidad, la salida de África, entonces obligados por cambios climáticos, y ahora, sobre todo, a la acción de los seres humanos; a la codicia fundamentalmente.



1.- LAS UVAS DE LA IRA, NOVELA DE JOHN STEINBECK.- 

         En Las Uvas de la Ira John Steinbeck narra la historia de la familia Joad, granjeros de Oklahoma que,tras el crack de 1929 y la subsiguiente crisis (La Gran Depresión), son expulsados de sus tierras , como otros cientos de miles, debido a los cambios productivos habidos tras el fracaso del modelo anterior. Steinbeck narra con gran maestría cómo llegan los tractores a las tierras, aran en línea recta cegando pozos y destrozando casas y graneros , y cómo el trabajo de muchas manos durante mucho tiempo es realizado en muy breve lapso por una máquina conducida por un único hombre. La producción a gran escala entiende de números, no de formas de vida. 

      El verdadero cambio se da en la propiedad de la tierra: las tierras de los granjeros - que ellos mismos habían arrebatado a los indios nativos, tal como se jacta el abuelo Joad - ya no les pertenecen a ellos , sino a los bancos con los que habían suscrito pólizas de seguros y a las grandes compañías que éstos sostenían y fomentaban. Desposeídos de la tierra, los granjeros ya contaban únicamente con su fuerza de trabajo, que tenían que vender a quien quisiera tomarla a cambio de un salario. Los granjeros comienzan entonces un éxodo en busca de estas oportunidades, que una gran mayoría ve en California, ya que desde que los tractores llegaron, los pueblos se fueron llenando de unos papeles de color naranja donde se ofrecían puestos de trabajo bien pagados en California, una gran cantidad de ofertas de trabajo, un polo de atracción magnético para familias que ya no tienen nada que hacer ni tierra a la que explotar en su lugar de origen. California, cálida y fértil se convierte en el Dorado de la generación de la Gran Depresión, en el sueño dorado y cálido que acabará con la pesadilla que están viviendo. Unos sueños tan ilusorios como los de miles de inmigrantes de nuestros días que, tentados por dudosas ofertas de trabajo en "el primer mundo" como camareros o dependientes,acaban en las garras de redes de prostitución o extorsión.

2.- ANÁLISIS ECONÓMICO .- 

 El economista húngaro Karl Polanyi en La Gran Transformación , publicado en 1944 (hay otra referencia a este autor en la entrada de este blog , precisamente analizando otra obra de Steinbeck, La Perla : http://anthropotopia.blogspot.com.es/2012/11/colonialismo-y-economia-en-la-perla-de.html ) trata de la implantación de la economía de mercado en Inglaterra y la gran transformación que produjo en el mundo occidental. En ella  habla de cómo el capitalismo ha creado tres mercancías ficticias:tierra, trabajo y dinero, las cuales, desposeídas de su significado originario, mueven el "molino satánico"que hace girar el mundo continuamente sin moverse del lugar y cómo todo se convierte en mercancía en beneficio del capital.

   El ex ministro griego Yanis Varoufakis en su obra El Minotauro Global, analiza la crisis de 2008 y la compara con la de 1929, y tiene ciertos puntos de encuentro con el análisis de Polanyi. Varoufakis hace un texto provocador donde la mitología es una guía, una gran metáfora para explicar la situación económica que ahora vivimos, con sus grandes movimientos migratorios incluidos. 


   El Minotauro cretense es un ser mitológico nacido de Pasifae, la esposa del rey Minos de Creta, y de un toro que Poseidón había regalado a su esposo, bajo promesa de sacrificarlo. El rey no lo sacrifica, y como venganza de Afrodita hace que Pasifae tenga amores con el toro, y de ellos nació el Minotauro, que se hacía más fuerte e incontrolable cuanto más crecía. Para evitar sus desmanes , el rey Minos le pide a Dédalo que construya un laberinto para mantenerlo cautivo. Pero el monstruo debía ser alimentado con carne humana, que pagaba Atenas como tributo a Creta, mandando jóvenes para ser servidos como ofrenda. La historia acaba con la inteligente Ariadna dándole a Teseo la clave para poder adentrarse en el Laberinto, acabar con el Minotauro y salir victorioso de él.

     Varoufakis analiza las crisis del 29 y 2008 como crisis no estrictamente atribuibles a la propia lógica interna del capitalismo, tal como había explicado Marx. Según Marx, en su análisis del modo de producción capitalista, este sistema está abocado a sufrir crisis cíclicas debido a la superproducción de mercancías; el propio capitalismo está preparado para absorber estos excedentes mediante unas crisis que, según el filósofo serían cada vez más frecuentes, hasta que, en su propia visión, el proletariado fuera capaz de unirse y hacer la revolución que llevara al fin de este sistema. Según Varoufakis en las crisis de 1929 y 2008 han entrado en juego elementos ideológicos ficticios como el dinero y la propiedad en la del 29, y la gestión de los riesgos en la segunda. Lo que Polanyi denominaba "molino satánico", lo ejemplifica Varoufakis con el mito clásico del Minotauro. Según el economista griego, EEUU creó un monstruo, sus dos déficits, el comercial y el financiero tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se eliminó el patrón oro y el dólar pasó a ser la divisa de referencia internacional, e ideó una forma en la que el mundo le pagara tributos en forma de dinero (como la vida de los jóvenes atenienses para el monstruo cretense): creó mercancías ficticias como la gestión del riesgo (los seguros en general). Y también puso a unas doncellas a trabajar para mantener al monstruo en su laberinto, alimentado y bajo control, pero siempre creciendo y haciéndose fuerte.  Este mecanismo mantenía los déficits de Estados Unidos direccionando capital directamente a los Estados Unidos y haciendo crecer en el mundo la demanda de los productos manufacturados "made in USA". También servía para reciclar excedentes. Hasta que en 2008 la venta masiva de productos tóxicos y ficticios acabó con el Minotauro Global. 

     Las cuatro doncellas que cuidaron y mantuvieron al Minotauro contemporáneo son: 

 1.- Wall Street y su gestión de el dinero como una mercancía puramente ficticia, un mundo desregulado donde la especulación es la nota dominante, y hacia donde se dirigen grandes oleadas de capital mundial al haber crecido su fama de sistema seguro y de rápidos beneficios.

2.- Un nuevo sistema laboral y de conglomerado de empresas, con Walmart a la cabeza, donde los precios son bajos, pero gracias a unos salarios más bajos y para satisfacer la demanda de una clase social media que cada vez tiene menos poder adquisitivo, pues sus salarios también han disminuido. La relación con el trabajador es la de aparentar que está asociado, pero esconde unos horarios extendidos y una precariedad grande.

3.- La ideología del "goteo", o la extensión de la idea de que la concentración de riqueza en unas pocas manos hará que ésta vaya llegando hasta las clases más pobres, dado que ellos son los que crearán trabajo y harán circular el capital en todos los estratos de la sociedad.

4.- Lo que Varoufakis denomina "la teoría económica tóxica", o el neoliberalismo radical, el que no quiere oír hablar de ninguna intromisión estatal ni mundial, que únicamente se rige por la oferta y la demanda y se esconde detrás de grandes cifras macroeconómicas, y que, totalmente desregulado, llenó el mercado de productos tóxicos.



   Esta última "doncella" descansa sobre una visión decimonónica como es el darwinismo social, una falacia naturalista que pretende que lo que en el campo de la Naturaleza se muestra como una ley universal - la lucha por la supervivencia ante la escasez de recursos de los organismos más adaptados para ello -  también lo sea en el plano social, es decir, suponer que en la sociedad hay una lucha por hacerse con los recursos, y aquellos que consiguen hacerse con mayor cantidad de ellos son los más aptos para estar en las posiciones más elevadas. La clave de esta falacia es confundir el grado de determinismo que podemos encontrar en la Naturaleza, y que nos permite enunciar leyes generales con lo que sucede en el campo de las acciones humanas, fruto de nuestra libertad, de unas acciones en las que intervienen las decisiones particulares, pero también la interacción entre ellas; no en vano los alemanes denominan Geisteswissenschaften a las Ciencias del Espíritu, lo que nosotros llamamos Ciencias Sociales, entre las que se cuentan la Economía, la Historia o la Sociología, todas ellas implicadas en esta falacia.Y los partidarios del darvinismo social olvidan un aspecto esencial de la evolución humana: la solidaridad como comportamiento eficaz para la supervivencia del grupo, tal como demuestra la existencia de cráneos de ancianos desdentados, como el de la cueva de Dmanisi (Georgia), un ser incapaz de sobrevivir por sí mismo sin la ayuda de otros miembros del grupo, o el caso de la "pequeña Benjamina", fósil de la Sierra de Atapuerca, que con una gran deformidad en su cráneo logró sobrevivir, suponemos que ayudada por el grupo ( un análisis más completo de este caso se encuentra en este blog, en la entrada : http://anthropotopia.blogspot.com.es/search/label/Benjamina).

3.- LAS UVAS DE LA IRA Y LA INMIGRACIÓN CONTEMPORÁNEA: LOS EXCEDENTES DE LA GLOBALIZACIÓN.- 

   La historia que Steinbeck narra - y que posteriormente John Ford llevó al cine en una gran película : 
http://anthropocinema.blogspot.com.es/2015/09/las-uvas-de-la-ira-john-ford-1940.html - es la historia de un gran movimiento de masas dentro de los Estados Unidos en la época de la Gran Depresión (década de los 30 del siglo XX) buscando oportunidades de vida, un sitio y un modo de vida donde reubicarse aquellos que lo perdieron todo debido a la especulación y una transformación brutal en el sistema productivo. Actualmente se mueven millones de personas, no solo dentro de fronteras nacionales, sino de un punto al otro del planeta, buscando tanto una forma de vida como huyendo de conflictos, guerras y desastres naturales. 

   Este caso tiene ciertas similitudes con la emigración masiva hacia Estados Unidos, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XIX y  las dos primeras décadas del siglo XX, así como los años posteriores a la II Guerra Mundial, pero con la gran diferencia que entonces Estados Unidos era un país joven que se industrializaba a pasos agigantados y que,consiguientemente necesitaba una ingente cantidad de mano de obra, en el mundo actual encontramos que lo que sobra es mano de obra, ya que los avances tecnológicos la hacen cada vez más innecesarias, y el gran capital busca implantar sus empresas en lugares donde cada vez los salarios son más bajos y hay que respetar menos derechos laborales y medioambientales.Se ha generado un excedente de personas que el sociólogo Zygmunt Bauman describe en Tiempos Líquidos como "residuos humanos", poblaciones "superfluas" de emigrantes, refugiados y parias, consecuencia de la modernidad "líquida".Estas personas ya no pertenecen a un lugar, ni al de origen, que está destruido o arrasado económicamente, agostado y que ya no provee de alimento y refugio seguro a sus habitantes, ni tampoco a ningún destino acogedor y que los integre. Carecen de tierra o mar que explotar para ser autosuficientes, y que suelen pasar mucho tiempo en refugios y campos creados ad hoc con la intención de ser temporales  - como los Hoovervilles descritos por Steinbeck en la novela que nos ocupa - , pero que se cronifican y pronto se olvidan, ya que no votan ni consumen. Se convierten en no-lugares de personas desposeídas de todos sus derechos, y que se usa por parte del poder político como una amenaza para el mundo sólido, estable y ordenado, ya que los convierten en una amenaza, lanzando discursos en los que se nos asusta diciendo que vienen a quitarnos lo que tenemos y que si no nos protegemos, se quedarán con nuestro trabajo y nuestras posesiones, y así, de paso, nos venden carísimos sistemas de protección y vigilancia, o bien reclamando leyes  que coarten nuestras libertades a cambio de mantenernos a salvo y alejados de "los otros". Esos "otros" son como los Joad de la novela, y la descripción de cómo se sienten al llegar a California, calificados de peligrosos, amenazantes y con el despectivo "okie"es extensiva para cualquiera que hoy día se haya visto forzado a emigrar. 



   La amarga conclusión de la obra de Steinbeck - algo dulcificada en la película de Ford - nos hace reflexionar y preguntarnos: ¿cuántas más muertes se tienen que producir en las costas de Turquía (¿hemos olvidado ya al niño sirio que sacudió las conciencias en Europa durante unas semanas?), Grecia, Italia o España, en las fronteras de Hungría, Macedonia o Croacia , o en el Canal de la Mancha?La historia de cada uno de ellos es la historia de los Joad, o la de la familia de John Ford huyendo de la hambruna de la Irlanda de la segunda mitad del siglo XIX o la de tantos judíos centroeuropeos que buscaron vivir en paz huyendo el nazismo. O la de tantos españoles que tuvieron que cruzar la frontera para poder vivir lejos de una guerra horrible como todas o de una época de escasez, hambre y persecuciones igualmente horrible.

     La idea errónea que está en la base del planteamiento es pensar que el trozo de tierra delimitado por unas líneas imaginarias nos pertenece a un determinado grupo de humanos, cohesionado por un conjunto de ideas acerca de lo que nos une entre nosotros y nos separa de "los otros". Esta idea se desmorona cuando pensamos que todos los humanos compartimos un origen común: un lugar de África donde unos monos se hicieron bípedos, luego cabezones y de parto difícil, pero que sobrevivieron y poblaron todo el planeta, más intensamente a partir del momento en el que comenzaron a colaborar.


                                                   Foto de El País.

domingo, 17 de marzo de 2019

VOCES DE LA EMIGRACIÓN GALLEGA: BIOGRAFÍAS





BIOGRAFÍAS
por José Losada


QUE SABEN DISO OS QUE NUNCA SAIRON DE GALICIA? QUE SABEN O QUE E UN EMIGRANTE? PODEN  TER LIDO MOITAS BIOGRAFIAS  DE HOMES FAMOSOS PERO NON PODEN SOSPEITAR A RIQUEZA BIOGRAFICA DUN EMIGRANTE, CALQUER EMIGRANTE, AS SILENZOSAS AVENTURAS DE QUE FOI CAPAS UN DISTES, OS APRETOS DE ORDE ESPRITOAL A QUE SE VEU SOMETIDO, SOIO, DE PORTEIRO NUNHA CASA DE DEPARTAMENTOS, DE MINEIRO  O PE DOS ANDES, DE CAMIONEIRO, EN MOITOS OFICIOS EXERCIDOS EN TERRA DESCOÑECIDA, TENDO QUE DEPRENDELO SEN APOIO DE NINGUEN, RIVALIZANDO CON EMIGRACIOS EUROPEAS MELLOR PREPARADAS, VENCENDOAS A FORZA DE TRABALLO ARREO E INTELIXENCIA.
LUIS SEOANE



I. En estos tiempos que nos ha tocado vivir, en los que cada día recibimos un diluvio de noticias, parte de las cuales sabemos de antemano que serán falsas y la mayoría, efímeras, similares a los fuegos de artificio que llenan de ruido y luz el cielo apenas un segundo y luego desaparecen, es muy importante que aprendamos a distinguir las que son verdaderamente relevantes, las que nos ponen en contacto con movimientos sociales o fenómenos perdurables y que, por ello, exigen una reflexión pausada. Continuamente conocemos nuevos sucesos relativos a las migraciones: saltos de vallas fronterizas en los que los quienes los realizan, en lugar de esconderse, se muestran llenos de júbilo, como si para ellos acabase de terminar una pesadilla; barcos atestados de gente con los ojos cargados de desamparo; cadáveres de niños, como principitos que se han quedado dormidos contando las arenas de una playa desconocida. Todos nos impresionan, pero no son más que manifestaciones de algo que se repite desde el origen de la Humanidad. Me refiero a los movimientos humanos en masa, de cuya existencia en las épocas prehistóricas nos dan noticia la Arqueología y las más antiguas fuentes escritas.


MUSEO KON TIKI. NORUEGA

Búsqueda de alimento, huida de los cambios climáticos, afán de dominación o, simplemente, la miseria han sido causas de traslados a otras tierras con el perenne deseo de mejorar. Cuando el mundo era un espacio a medias conocido e ignorado, el descubrimiento de nuevos continentes propiciaba una colonización siempre en perjuicio de los antiguos pobladores. Después, la Revolución Industrial impuso caprichosas diferencias entre zonas necesitadas de mano de obra y otras al límite de la supervivencia y que los habitantes de estas últimas tuviesen que cruzar el mar para contribuir al enriquecimiento de las primeras. Hoy, una extraña mezcla de conflictos políticos, guerras y contrastes económicos perpetuados en el tiempo hacen que miles de personas arriesguen sus vidas con tal de llegar al Primer Mundo.
Algunos de los países que no hace mucho exportaban ingentes cantidades de mano de obra ahora son los más audaces para, haciendo oídos sordos a cualquier tentación humanitaria, establecer barreras, condenar al oprobio o devolver al caos a quienes pugnan por ingresar en su territorio. Otros, que deben su construcción como nación a la emigración masiva y plural que generó su actual riqueza, se comportan con los inmigrantes como si se tratase de evitar la propagación de una epidemia. Todo ello a pesar de que en muchos países las pirámides demográficas muestran un notable envejecimiento de la población y de que cada vía podemos presenciar consternados cómo algunos de aquellos que, pese a todo, alcanzan la para ellos Tierra Prometida, terminan desempeñando los trabajos más duros y peor pagados, a veces en condiciones inhumanas, en una exhibición de cinismo empresarial difícil de soportar.


WWW.ABC.ES
Ni antes ni ahora cerrar los ojos a la realidad e intentar impedir por la fuerza lo que ha constituido una constante a lo largo de la historia, en lugar de encauzar y aprovechar la potencialidad del fenómeno, ha dado resultado, aunque a corto plazo proporcione beneficios electorales a quienes sostienen tan mezquina postura.

II. Galicia no podía ser una excepción. Ha pasado de ser proveedora de mano de obra a otros países a receptora de emigrantes, cosa impensable no hace muchos años. La profesora González Fernández, a la que se volverá a hacer alusión más adelante, nos indica que hay constancia de movimientos migratorios desde Galicia ya desde la Edad Media, si bien fue en el siglo XIX cuando se inició su apogeo, que continuó durante casi todo el siglo siguiente; relaciona las primeras migraciones con el sistema feudal y el crecimiento demográfico.



Florentino López Cuevillas consideró en un artículo publicado en 1927 que los primeros emigrantes gallegos fueron Ith y sus hombres, enviados por el padre del primero, Breogán, para conquistar Irlanda. También situó a soldados gallegos entre las huestes de  Aníbal. Así pues, habrían sido los hombres de armas los primeros que abandonaron Galicia. Después vendrían otros destinos geográficos y ocupaciones. Este autor opina que los gallegos, a diferencia de otras comunidades españolas, cuando salen de su tierra solo confían en sus cualidades para prosperar, lo cual cree que es muestra de un acendrado individualismo; por eso no procuran la extensión de las riquezas de su patria, sino que se conforman con una confianza ciega en el esfuerzo de sus brazos, la inteligencia experta y la facilidad para la adaptación. Echa de menos  que sean menos gallegos y más galleguistas.
Como ejemplo de esas tempranas migraciones citaré a Fray Luis de Granada, nacido a principios del siglo XVI, hijo de un panadero y una lavandera naturales de Sarria  (Lugo) que se habían trasladado a la ciudad andaluza poco después de su reconquista. Pese a que su padre falleció prematuramente y ello condujo a su madre a  la mendicidad, Luis de Sarria (así se le llama en algunas fuentes) destacó por su inteligencia y fue protegido por la nobleza, pudiendo desarrollar una exitosa carrera en el mundo de las Letras.





En 1620 Pedro Fernández de Castro, VII Conde de Lemos, publicó su obra “El Búho Gallego”, cuya lectura nos muestra la escasa consideración de la que por entonces gozaban los gallegos en España. El tordo vizcaíno (cada región aparece representada por un ave distinta) echa en cara al pájaro galaico que se hubiese criado en los pantanos de su tierra y que por ello ejercite los oficios más indecentes, “limpiando letrinas y otras cosas asquerosas”, por la codicia de un real que se les da. En otro momento de la obra se cita un dicho que, supongo,  se utilizaba por entonces: “antes puto que gallego”.
Así, asistimos a continuos flujos en los que cambia el destino final de los gallegos pero que obedecen a una misma realidad económica y demográfica. Unas veces, América del Sur; otras, Europa central o las regiones más desarrolladas de España. Siempre la emigración servía como válvula de escape contra la escasez de los recursos y el excedente de mano de obra. Obviamente, esto es así en líneas generales, pues había diferencias entre los que salían en dirección a Cuba o Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX, los que masivamente emigraron a Venezuela en los años cincuenta de este último siglo y los que en las dos décadas siguientes lo harían a Suiza, Alemania, Francia, Cataluña, Madrid y el País Vasco (por no hablar de expatriaciones anteriores que son menos conocidas). La gran novedad que trajo el siglo XX no es solamente que esos movimientos migratorios hacia el exterior se detuviesen, sino que llegasen a invertirse, convirtiéndose Galicia en receptora de población de  otros países.


FOTOGRAFÍA DE ALBERTO MARTÍ

Para quienes paseen por las calles de  sus pueblos y ciudades no es  ninguna novedad el encuentro con personas de otras nacionalidades, especialmente latinoamericanos, bien integradas en la sociedad gallega. Sin embargo, los que las recorríamos hace cuarenta años notamos grandes diferencias.  Seguidamente, y sirviéndome de mi experiencia personal, intentaré ponerlas de manifiesto.

Mi padre tenía tres hermanas en América, respectivamente, en La Habana, en Buenos Aires y  en Rosario de Santa Fe.  De dos de ellas sé que habían emigrado antes de 1920 y se habían casado con otros españoles a los que conocieron en su país de destino. La diferencia entre ambas es que la que se estableció en Cuba no tuvo descendencia y no volvió a pisar su Escairón natal, mientras que la que llegó a Rosario sí tuvo una hija y volvió de visita en dos ocasiones antes de su fallecimiento.  A mi tía de La Habana la visitó mi padre a principios de los años cincuenta cuando emigró a Venezuela y, ya en los noventa, uno de mis hermanos hizo lo propio con ocasión de unas vacaciones en el país caribeño. Entonces encontró a una anciana cuya memoria se había debilitado y que por virtud de un pacto con el Estado había cedido su vivienda a cambio de una plaza en una Residencia para la Tercera Edad. El centro sufría grandes carencias de medicinas y productos de aseo y limpieza.


PLAZA DE MAYO. BUENOS AIRES

Cuando conocí a mi tía “rosarina” su acento era tan pronunciado que la llamábamos “la tía vos”. Había emigrado muy joven y, por lo que se veía, se había integrado completamente en su nuevo país. Su marido fue inmigrante como ella; tuvieron una hija, mi prima, a la que solo conozco por fotografía y que se casó con un descendiente de italianos. Sus dos hijos, que visitaron España en busca de sus raíces, llevan un sonoro apellido transalpino.
Respecto a la tercera solamente sé su nombre y que falleció antes que su madre. No sé si tuvo descendencia ni llegué a ver nunca una fotografía suya.
Por parte de mi madre tenía dos tíos en Venezuela, concretamente en la ciudad de Valencia. Uno de ellos no regresó nunca, solamente lo conocía por fotografía y recuerdo el nombre de su esposa venezolana, que cuando era niño me parecía muy exótico (Gladys). El otro fue más afortunado; se casó con una descendiente de españoles, ocupó un puesto importante en un banco, su hijo estudió medicina en los Estados Unidos y visitó  España en varias ocasiones. En la actualidad, ya octogenario y viudo, continúa viniendo todos los años, creo que más por aliviar la situación que soporta en su país adoptivo que por un sentimiento de nostalgia.


CATEDRAL DE VALENCIA (VENEZUELA)

La presencia de la emigración no se limitaba al ambiente familiar. En el colegio de los Escolapios, por entonces internado, tenía compañeros de clase cuyos padres estaban trabajando en Suiza. Algún otro, que acababa de regresar con sus padres de Alemania,  tenía que soportar que le llamasen  “el alemán”  y  “Hitler”, sin duda para “ayudarle” a adaptarse a su nueva situación. A veces la mayor crueldad se esconde en las aulas.
Un vecino, que había pasado unos años en Buenos Aires, conservaba una curiosa forma de hablar en la que alternaba palabras castellanas y gallegas. Encontré su definición perfecta cuando leí “Remuíño de sombras” de Xosé Neira Vilas: “lunfardo-gallego-castellano”.
Un amigo de mi padre, retornado de los Estados Unidos tras su jubilación, se transformó ante mis ojos y, con el paso de los años, fue abandonando sus indumentarias típicamente americanas para ir adoptando los atavíos (boina incluida) de sus paisanos que, eso sí, se seguían refiriendo a él como “Manolo el americano”. Se conoce que todavía recibía correspondencia de su anterior país de residencia porque solía regalarnos los sellos; por entonces la filatelia estaba más en boga que ahora.
Me acuerdo de algunas tardes en las que ejercía de asesor ortográfico de mi madre mientras escribía a su comadre en Buenos Aires. La Calle Condarco, aunque no la conocía, era para mí un lugar familiar porque allí vivía una persona muy querida a la que yo, en la breve oportunidad que se me ofrecía para mandarle un saludo, insistía una y otra vez en pedirle que me trajese un sombrero mejicano. Al final me conformaba son los sellos de correos que traían sus respuestas.



Otra de las experiencias que viví fue la llegada de los emigrados que por una temporada retornaban a su tierra tras varias décadas en otras lejanas. Ya mencioné anteriormente a mi tía rosarina con su marcado acento; pero recuerdo otros familiares más lejanos. Uno de ellos había emigrado a Nueva York y allí, casi al borde de la jubilación, conoció a una mujer puertorriqueña con la que se casó, pasando ambos sus últimos años en San Juan de Puerto Rico. La declaración amorosa de David,- pronunciado a la americana-, a Sisita, así se llamaba ella, rebosaba dulzura. Según les oí contar, él le dijo que eran ya mayores, no les quedaba mucho tiempo y por eso no debían desaprovechar ni un minuto de felicidad. Gracias a ellos conocía la importancia del Gobierno Federal de los Estados Unidos cuando la isla se veía azotada por una tormenta tropical u otro fenómeno natural y que por esa razón a los puertorriqueños no les atraía mucho la idea de dejar de ser un Estado Asociado. David contaba también que en  un viaje turístico a Cuba, cuando todavía existía la Unión Soviética y un hijo de emigrante lucense (Fidel Castro) gobernaba el país, bromeaba con los guías porque, pese a las bondades del régimen comunista que se empeñaban en pregonar, el autobús que los transportaba era de fabricación española. Supongo que con esto demostraba que, pese a los años transcurridos y al cambio de sus costumbres, aún estaba orgulloso de su nación de origen.


LA HABANA
De la misma isla cuya capital es La Habana llegaron, a principios de los años setenta, un niño de mi edad (Marco Antonio) y su familia originaria del sur de la provincia de Lugo. Habían salido, literalmente, con lo puesto y, tras una breve estancia en España, pudieron cumplir su sueño de viajar a Florida, donde aquel amigo con el que compartí algunos domingos de juegos, se convirtió en un US Marine del que no he vuelto a saber nada.
Quizá el personaje más peculiar de este grupo de emigrantes que saco ahora del olvido fuese un hermano de mi madrina. Tras largos años en Venezuela regresó un verano para, según él, “levar a vaca ao boi”, es decir, para conseguir una pensión española. Su transformación era completa; sus formas de hablar y de vestir, y sus costumbres ya nada tenían que ver con las de su infancia. Hablaba con gran lujo de detalles de aquella ocasión en la que, como en el tango, estuvo a una cabeza de conseguir un premio en el hipódromo que hubiese cambiado su suerte. Contaba que se había afiliado a un partido político y mostraba un documento acreditativo de su participación como interventor electoral. Su locuacidad y tendencia a la exageración, de la que hasta yo,- un niño por entonces-, me daba cuenta, no podía ocultar que no había prosperado mucho, pues no había pasado de trabajar como camarero.


FUENTE DE SODA. VENEZUELA

Me imagino que historias idénticas o muy similares se contarán en los pueblos y ciudades de origen de los inmigrantes que ahora me cruzo por las calles. Conozco casos de hijos de emigrantes gallegos en Venezuela que, aprovechado la facilidad que esa condición les otorga para conseguir la residencia y la nacionalidad,  se trasladan a España, no como un retorno a sus raíces sino como auténticos extranjeros en la tierra de sus padres. O el de aquel otro que desde Argentina volvió a vivir en la casa de sus antepasados para poder estar cerca de una novia porteña de la que no quería separarse.
Recientemente, mientras hacía cola en una farmacia, pude conocer el caso de una anciana con una forma de hablar y acento inequívocamente venezolanos que se quejaba del crudo invierno y de los problemas de salud que le causaba, dada su falta de costumbre. Sin embargo, no era extranjera, sino natural de la misma localidad en la que estaba; había pasado más de cincuenta años en Venezuela, de donde había tenido que retornar debido a la crisis económica y  a la inseguridad (se refirió a que su marido, gallego como ella, había sido asesinado). Hablaba muy mal de los actuales gobernantes. Cuando la vejez, el exilio, la desgracia  y la emigración se alían sus efectos son muy trágicos.
En el fondo, las migraciones, aunque afecten a países diferentes o, como en el caso que nos ocupa, inviertan sus flujos históricos, siempre terminan provocando mucho desarraigo, desamparo y dolor.
“La realidad, la nuestra, es un modo óntico significante fluido porque como el hontanar del significado es indeterminado e ilimitado, da lugar a variadas líneas de pensamiento y por tanto a diferentes versiones de la realidad; esta hace significado y este realidad”.


MERCEDES SOSA POR A. HEINRICH

Esta cita del antropólogo Carmelo Lisón Tolosana (“Teoría etnográfica de Galicia”) ilustra este cambio  de tendencia del que hablamos,  que sin duda no será definitivo. Con otras palabras, con el significado evocador y profundo que solo la poesía puede darles, creo que expresa la misma idea la canción de Mercedes Sosa  “Todo cambia”: cambia el rumbo del caminante aunque esto le cause daño… lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana… Pero no cambia mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor de mi pueblo y de mi gente”.



III. La tercera parte de este acercamiento etnográfico a la emigración gallega surge tras la lectura del artículo “De la aldea a América, apuntes sobre la emigración gallega a Venezuela”, de la profesora Mª del Pilar González Fernández (Tiempo y Espacio nº 65, enero-junio de 2016). Coincido con la autora, y  lo expuesto en el apartado anterior así intenta demostrarlo, en  que la emigración es una parte esencial de la cultura de Galicia. En su estudio divide en varias fases la diáspora hacia  Venezuela y sitúa como el de mayor afluencia el comprendido entre 1945  y 1965, concretando que a partir de 1953 fue el destino principal de la emigración gallega. Ofrece dos datos muy significativos: entre 1952 y 1958 llegan  400.000 personas a un país de aproximadamente cinco millones de habitantes. Entre 1953 y 1958 una de  cada seis personas ceduladas era de origen gallego. Aprovechando los distintos capítulos sobre los que estructura su estudio (la decisión de emigrar; bitácoras  de viaje, los puertos y los barcos del éxodo; tierra a la vista, y primeros espacios de vinculación) ordenaré la experiencia, recogida en largas y frecuentes conversaciones, de uno de esos gallegos que llegó a Venezuela a mediados del siglo XX, mi padre.



En otras entradas de este mismo blog he utilizado un gráfico que muestra la evolución de la población de O Saviñao  (Lugo) en el siglo XX. No es difícil imaginar la efervescencia social  que allí existía a mediados de la centuria. Abundante mano de obra, gente joven deseosa de mejorar su situación, noticias esperanzadoras que llegaban de Ultramar y vecinos y familiares que ya habían dado el gran paso y contaban su experiencia en cartas que atravesaban el Océano a diario.  Todo se mezclaba para animar a una salida masiva a la búsqueda de  fortuna, sin reparar en cuán distante y lejana era la Tierra Prometida.
Por entonces mi padre ya había cumplido los treinta años y tenía abierta una zapatería con la que se ganaba la vida. Estaba soltero y libre de obligaciones militares (o,  al menos, eso creía él; pero esa es otra historia). Cómo surgió en él la idea de emigrar es algo sobre lo que nunca me habló; dado el ambiente que lo rodeaba , más bien pienso que el razonamiento sería el contrario: ¿qué me impide emigrar?
Sé que contactó con un vecino que ya estaba establecido desde hacía algún tiempo en Caracas, donde había llegado a ser copropietario de una fábrica de zapatos (“Alma llanera”). Así pues, tenía trabajo y recibimiento asegurado; las dos principales incertidumbres del emigrante estaban despejadas. Además, disponía de dinero  ahorrado para emprender el viaje de ida (me imagino que para casi todos los emigrantes el de vuelta aparecía como finalidad última y culminación de la aventura que emprendía, aunque luego no llegase a tener lugar).
Conocí otras situaciones distintas. En Moaña (Pontevedra) supe de una gran finca en cuyo origen, según me contaron, estaban los préstamos que se hacían a los emigrantes para pagar el viaje a América. Normalmente se ponían como garantía las propiedades del candidato, con la esperanza de que la fortuna le sonriese y pudiese en poco tiempo  saldar su deuda. Que no solía ser así  lo demostraban las dimensiones de las propiedades del prestamista. Se formalizaba el préstamo bajo la apariencia de la denominada venta con pacto de retro, que consistía en la transmisión de la propiedad con una cláusula contractual en virtud de la que el “vendedor”  disponía de un plazo para volver a adquirirla pagando un precio superior. Cualquier puede darse cuenta de que se encubría un préstamo con interés usurario (prohibido por la Ley Azcárate de 1908).



En definitiva, para  mi progenitor los problemas eran, podríamos decir, logísticos: resultaba muy difícil  encontrar pasaje en los barcos que incesantemente transportaban gallegos hacia América.​ Un pariente que tenía puesto fijo en la Plaza de Abastos de Vigo vino en su ayuda y, por  mediación de un sacerdote con parroquia en uno de los barrios de las afueras de la ciudad, le consiguió un pasaje  en primera clase, pese a que lo pagó de segunda, con la condición de hacer lo posible porque no se descubriese esa pequeña trampa por la tripulación durante el viaje. La cosa no era tan fácil  porque antes, como ahora, hay personas que tienen un sexto sentido para detectar las diferencias sociales. De todos modos, se esmeró en esa tarea, que facilitaba el hecho de que llevaba dos trajes nuevos, encargados para la ocasión a un sastre de Escairón. Se trataba de un buque de bandera francesa que hizo escala en las colonias antillanas y  también en  La Habana; allí pudo reunirse con su hermana Ramona y de la que se  entonces despidió para siempre.


PUERTO DE LA GUAIRA
Por fin arribó a Venezuela, me imagino que al puerto de La Guaira. Hasta allí se desplazó en varias ocasiones a lo largo de su estancia para recibir a parientes y amigos que le siguieron en la incesante marea humana que desbordaba Galicia. ​En una ocasión, solamente por asomarse durante unos minutos para ver la llegada de un barco, el sol potente de aquellas latitudes le produjo quemaduras en la piel de la cara. Sobre las diferencias del clima que se encontró respecto a aquel en el que se había criado volveremos más adelante.
Aunque mi padre no sufrió penurias  a su llegada, me contaba que otros no tuvieron esa suerte. Me describía unos sórdidos alojamientos en la terraza de un edificio que se dividía en habitaciones  con un material semejante a un cartón rígido o madera muy ligera que a duras penas soportaba la lluvia y constituía la primera morada en Venezuela de muchos compatriotas. Otros ejemplos de  míseras condiciones de vida a la llegada al destino los encontramos en la novela ya citada de Xosé Neira Vilas.



Como dice la profesora González Fernández, las relaciones de solidaridad surgían naturalmente en esos primeros tiempos. Hace años, cuando estaba trabajando, me sorprendió que un anciano desconocido se dirigiese a mí; me dijo que cuando llegó a Caracas el primer dinero  para establecerse se lo prestó mi padre al que estaba muy agradecido por eso; añadió, con cierto orgullo, que se lo había devuelto.


CARACAS AÑOS CINCUENTA

Puede que a algún lector le parezca poco verosímil esta anécdota, aun sin saber que se produjo casi sesenta años después del préstamo y casi a mil kilómetros del sur de la provincia de Lugo del que los tres somos oriundos. Sin embargo, es real y se explica por una circunstancia muy simple: mi nombre. La casualidad de que mi segundo apellido coincida con el de mi padre y  que lleve el nombre, muy poco frecuente, de uno de mis abuelos y de uno de sus hijos, hacen que, aunque no diga nada a los miles de tele operadores, funcionarios, repartidores y gente de todo tipo que lo escucha o lee a lo largo de un año,  el mensaje que entraña sí pueda ser descifrado por algunas personas, poseedoras de los códigos  necesarios. Han de ser originarios de una zona muy determinada y, además, nacidos en unas décadas muy concretas. Solo así pueden relacionar mi nombre con el de personas que han conocido y dar lugar al fenómeno que acabo de describir.
Retomando el hilo del relato y por lo que sé,  no fue tan cumplidor otro paisano en parecidas circunstancias al que conocí años después, cuando regresó enriquecido a Escairón. Seguramente  mi padre se habría conformado con una muestra pública de agradecimiento, que no llegó a tener lugar.
Los recién llegados encontraban un país muy distinto al suyo. Para empezar, el clima. Altas temperaturas que hacían muy penoso el trabajo,  y lluvias torrenciales repentinas contra las que las mujeres se descalzaban y llevaban los zapatos en la mano para que no se estropeasen. Los venezolanos no creían que en una lejana tierra, si se deja un cubo con agua a la intemperie durante una noche de invierno, a la mañana siguiente se ha convertido en hielo.
Pero había más. Por entonces Caracas era una gran capital en pleno desarrollo. En las casas había electrodomésticos desconocidos y todo era más moderno que en Galicia.​ Mi padre hablaba de la ruta panamericana, como ejemplo de la pujanza del país. Ahora sé que  esa gran obra iniciada en los primeros decenios del siglo XX con idea de conectar el continente americano desde Alaska hasta Argentina no pasa por Venezuela.
Los recién llegados no podían beber vino, tal y como venían acostumbrados, porque, quizá por efecto del clima, se les subía a la cabeza con más facilidad, viéndose obligados a cambiar sus hábitos hacia la cerveza y el güisqui, que se consumían fríos y no producían un efecto tan drástico.
¿Cómo se adaptaban a tantos cambios? Supongo que la mayoría quedaban deslumbrados y su tierra solía quedar en mal lugar en la comparación. Tuve referencia de una conversación que terminó con una frase que destacaba que en Galicia ni tan siquiera había helados.


PLAZA O`LEARY. CARACAS

A su llegada los gallegos se encontraban con otros inmigrantes (canarios, italianos …) que tenían sus mismas inquietudes; pero también con los naturales del país, con los que el choque cultural era grande. Una de las circunstancias más llamativas para mí, si lo comparamos con lo que les ocurría en otros países, es la consideración social que tenían. Si en Argentina, como podremos ver en otra ocasión, la masiva llegada de hijos de Galicia sin instrucción y sin más oficio que el de agricultor  dio lugar a que desempeñasen los peores empleos e incluso a la creación de un tipo o personaje en la narrativa y el teatro que les caracterizaba como ignorantes, desconfiados y poco preocupados por su aspecto, en la Venezuela de hace sesenta años no ocurría lo mismo. Me contaron que si había que pagar una multa de tráfico, los mismos funcionarios encargados se dirigían a los extranjeros que esperaban su turno y les ofrecían una rápida solución a su gestión, claro está, ayudada por el pago de una propina; y que en los trabajos eran apreciados por su laboriosidad (cierto compañero de mi padre, no precisamente europeo, solía desparecer de la fábrica cuando cobraba su sueldo y no volvía hasta que se le acababa el dinero, normalmente, pocos días después). Incluso, cuando se llegaba a la situación de caos que acompañaba a los cambios de régimen, los pillajes se dirigían especialmente a los negocios y viviendas de los inmigrantes, suponiendo quizá los salteadores que allí era más probable obtener un buen botín.
Sobre las relaciones sociales de los emigrantes, la imagen que me transmitieron las palabras de mi padre coincide con la que expone la autora del artículo  antes citado. Se trata no solamente del “efecto llamada” que hizo que tras él viajasen a Venezuela dos de sus hermanas; se compartía vivienda  con otros paisanos e incluso recuerdo haber visto entrañables fotos de grupo tomadas con ocasión de la celebración de las fiestas de Escairón. Los momentos de distensión y descanso eran compartidos con familiares y amigos que ya lo eran en Galicia, lo que da idea de la formación de una especie de cápsula en la que el paisanaje era el principal elemento integrador. Quizá en parte esto era debido a un sentimiento de nostalgia, pero también, sin duda, influían razones de seguridad y desconfianza en un país tan distinto al suyo. Por ejemplo, a diferencia de lo que ocurría en su tierra, los hombres solían hacer la compra porque creían que era peligroso que las mujeres fuesen solas al mercado.




Vivió en el Barrio El Silencio en Caracas. Recuerdo la dirección: Cañada de Luzón a Jesús. Gracias a Google Maps he comprobado que en la actualidad existen esas calles, y que la que las une se llama  calle Florida.  Se trataba de una casa de varios pisos. La anécdota más graciosa de las que me contaba mi padre ocurrió en ella. Había un loro que siempre estaba en el corredor, me imagino que colocado en su percha. Por la razón que fuese, había consagrado su limitada capacidad vocal a la  pronunciación de insultos y palabras soeces. Cansado de verse vituperado cada vez que entraba en su casa y tras comprobar que no había moros en la costa, como suele decirse,  mi padre lo arrojó por el hueco de la escalera. Para su sorpresa, al día siguiente la dueña le pidió explicaciones y le acusó públicamente de haber intentado matar a su querida y malhablada mascota. Siempre pensó que había sido el animal parlante el que lo había delatado.
Las jornadas de trabajo eran amplias, sobre todo al acercarse las fechas navideñas,  cuando las ventas de zapato de señora eran mayores. Entonces llegaban a las doce o incluso catorce horas diarias, sin dejar la banquilla ni para comer y soportando altas temperaturas.
Del ocio me han llegado de algunas actividades, normalmente realizadas en compañía de paisanos y familiares: lucha libre, parque de atracciones, la excepcional asistencia a un partido de un Real Madrid plagado de estrellas.


ESTADIO OLÍMPICO DE CARACAS
A su asistencia al Lar Gallego de Caracas se refería con un orgullo cuya explicación solo recientemente he descubierto. No se trataba tanto de aprovechar los beneficios de protección social que desde hacía décadas caracterizaban  a los Centros Gallegos de América como del afán de reencontrarse con su gente y su cultura.  Me imagino que solamente quien sea o haya sido emigrante podrá comprenderlo.



No tengo constancia de esos espacios urbanos emblemáticos de los que habla la profesora González Fernández y que servían de punto de reunión y referencia para los gallegos que vivían en Caracas.  Sí sé que la Plaza de Cataluña de Barcelona cumplió esa función  en una época y  que los domingos  se llenaba de gallegos que iban a reencontrarse con sus paisanos e intercambiar noticias y experiencias. Siempre me gustó pasear por las calles de L’Hospitalet de Llobregat, con su abigarrada mezcla de bares, mesones y bodegas en cuyos nombres se refleja la variada procedencia de sus habitantes. Así sucedía cuando eran oriundos de las distintas regiones de España y lo mismo ocurre cuando provienen de todos los rincones del planeta.

Por aquel entonces en Venezuela abundaban toda clase de empleos, sobre todo si se conocía un oficio. De las mujeres me consta que algunas se colocaban como empleadas de hogar. También había oportunidades para progresar; mi padre, que empezó siendo empleado de la fábrica de zapatos, con el paso de los años llegó a ser uno de sus propietarios. Algo similar ocurrió con otras personas que emigraron en parecida situación a él y que han sido aludidas con anterioridad. No obstante, no pasaba así en todos los casos. En el capítulo anterior evoqué el recuerdo de uno de ellos; y también hablé de los hermanos de mis padres que no volvieron nunca a su tierra, ni siquiera de visita. Me atrevo a afirmar que no fue por gusto.



Un panorama tan prometedor parecía difícil que llegase a tornarse oscuro. Sin embargo, lo hizo, y fueron motivos políticos los que provocaron el cambio. El 23 de enero de  1958 el dictador Pérez Giménez  fue derrocado y salió para un exilio que terminó con su fallecimiento en España en 2001. La euforia del pueblo, largamente reprimido, pronto se convirtió en disturbios y estos en pillaje al que no fueron ajenos las casas y establecimientos de los extranjeros. De todo ello me habló mi padre, que vio cómo se quemaba a dos policías dentro de un coche, un intento de linchamiento y al que debió tocarle muy de cerca uno de esos asaltos, aunque se mostraba más bien reservado al respecto. El resultado fue el cambio de sus planes; abandonó su proyecto de contraer matrimonio en Galicia para volver después a Venezuela y se decidió por el retorno definitivo.



Supongo que es consustancial al emigrante retornado que quede constancia de que su esfuerzo  y sacrificio no fueron en vano. El protagonista de estos recuerdos no fue  una excepción; alhajado con sortija, reloj de oro y una pluma Parker de último modelo, viajando por las sinuosas carreteras de su tierra en un coche poco frecuente por entonces y mostrándose generoso (pagó las duchas de los vestuarios del campo de fútbol de Escairón). Contrajo matrimonio al poco de su regreso y las crónicas  relatan una luna de miel en Madrid y las Islas Canarias, con  un viaje en avión que para mi madre resultó una experiencia traumática que nunca más quiso volver a repetir.



Cuando yo nací, cinco años después, ya no quedaba mucho de aquella actitud. Se había establecido en Monforte de Lemos, reintegrándose sin esfuerzo en la vida gallega, sin apenas vestigios de la venezolana. Alguna expresión o el recuerdo de una frase acuñada por un compañero de trabajo y que él repetía remedando su acento. Muchos años después, en una conversación con conocidos que habían estado como él en Venezuela surgió la cuestión acerca de si estaban dispuestos a volver aunque solo fuese “por ver cómo estaba aquello”. Mi padre se quedó muy serio y afirmó rotundamente que él no tenía ningún interés ni deseo al respecto. En aquel momento comencé a pensar que quizá no me había contado todos los detalles de su etapa caraqueña.
Por tratarse de recuerdos de conversaciones que escuche en mi niñez y juventud, no habiendo tomado nota de lo que me contaban, es posible que involuntariamente falte a la verdad en algunos datos o los haya trasladado de forma errónea. Pido disculpas al lector por ello. ​

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