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domingo, 19 de abril de 2015

ROBERT H. BARLOW: UNA VIDA (SOBRENATURAL) ENTRE LA LITERATURA Y LA ANTROPOLOGÍA. PARTE II

5. Barlow antropólogo

Por Encarna Lorenzo

La primera noticia que tuve acerca de Robert Barlow me llegó a través de María Lorenzo, cuando se encontraba adaptando La noche del océano al lenguaje de la animación. Entonces  sólo fui capaz de ver al autor del relato como un acólito del gran maestro Lovecraft. Cuando más tarde me enteré que Barlow también había sido antropólogo, me sorprendió su zigzagueante trayectoria vital. Pero después de recopilar, con interés creciente, noticias sobre su etapa profesional en México, me di cuenta de que no se trataba simplemente de un escritor que, por casualidad, acabó siendo antropólogo sino que existió una absoluta coherencia en ese tránsito entre su bibliofilia, su pasión literaria por mundos arcaicos y lenguajes perdidos y su experiencia editorial, con el pionero trabajo etnográfico que Barlow realizó en México, un país que le fascinó desde su primer viaje en 1938. Retornó allí para asistir a la Escuela de Verano de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, donde comenzó el estudio del náhuatl bajo la dirección de un magnífico profesor, Wigberto Jiménez Moreno.
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ROBERT H. BARLOW: UNA VIDA (SOBRENATURAL) ENTRE LA LITERATURA Y LA ANTROPOLOGÍA. PARTE I

Estructurada en dos entregas, la presente entrada nos permitirá conocer la singular figura de Robert H. Barlow, literato y antropólogo del siglo XX.


1. Introducción: Robert H. Barlow, un genio pluridisciplinario


A veces surgen personalidades inquietas, de incontrolable energía, que son capaces de dejar su huella en dos o más ámbitos, ya sea en la ciencia o en la cultura —para mayor complejidad, a veces no relacionados entre sí—. Pienso, en primer lugar, en el polifacético Leonardo Da Vinci, tan capaz de reestructurar el funcionamiento de la cocina del palacio de Ludovico Sforza, como de pintar los más bellos retratos a las amantes de su mecenas; también pienso en el excéntrico Howard Hugues, obsesionado a partes iguales por el sueño cinematográfico, y por el de volar; y, por qué no, en Steve Jobs, que no sólo nos vendió I-Tunes y I-Pads, sino que al ser co-fundador de Pixar Animation también impulsó de manera decisiva la que es hoy la expresión artística más memorable de la tecnología digital: el cine de animación 3D.

Robert Hayward Barlow (Florida, 1918 – México DF, 1951) es una de esas figuras proteicas —aunque mucho más discreta—, que fue capaz de realizar aportaciones de relieve tanto en el contexto literario como en el antropológico y académico. Su singular figura permanece, no obstante, semioculta tras la de un gigante de la ficción: Howard Philips Lovecraft (Providence, 1891 – 1938), con quien llegó a escribir seis relatos de ficción “sobrenatural” (o “weird fiction”, como le suelen etiquetar en inglés). Genio precoz donde los haya habido, Barlow fue autor de más de 40 relatos de ficción, y fue asimismo autor de una vasta obra poética, así como de ensayos, entre los que suele destacarse el elaborado para las memorias póstumas de Lovecraft: “The Wind That Is in the Grass” (publicado en el volumen colectivo Lovecraft Remembered, 1944).


[01. Retrato de Robert Barlow]

Sin embargo, su carrera como poeta y escritor de ficción se interrumpió bruscamente en torno a 1940. Se han manejado distintas hipótesis para explicar este cambio, desde la muerte prematura de Lovecraft en 1938, hasta los problemas familiares que siguieron a la separación de sus padres —y su consecuente desarraigo de su Florida natal—. Como fuera, después de una breve pero significativa estancia en San Francisco —donde realizó estudios de arte y un curso introductorio a la antropología—, Barlow se estableció en México para centrarse en estudios de arqueología mesoamericana, aprendiendo en pocos años lo que a otros les lleva toda una vida, hasta convertirse en autoridad, al devenir en 1948 director del departamento de Antropología del México City College. Su obra científica ocupa nada menos que siete volúmenes.
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sábado, 11 de abril de 2015

¿POR QUÉ NOS GUSTA LA ANTROPOLOGÍA?


ACERCA DE MI Y MI IDILIO CON LA ANTROPOLOGÍA   Mari Ángeles Boix


        Supongo que era inevitable que acabase en brazos de la Antropología. Desde que levantaba pocos palmos del suelo, e incluso antes, la diversidad cultural se asomaba a mi vida, y yo me dejé seducir por ella.

        Uno de mis abuelos había sido marinero, y eran muchos los compañeros y conocidos que seguían visitando la casa de mis padres cuando arribaban al puerto de Torrevieja, y allí se hablaba de lugares como Suez, Omán, Larache o La Habana; también de otros cercanos, como Francia, donde alguno había emigrado, y hasta de Madrid y las costumbres tan raras que tenía la gente de la capital. A las historias  se le iban sumando algunos cachivaches como inmensas caracolas en las que se oía el bramido del mar, ponchos andinos de lana de vicuña, chicles americanos de verdad, y hasta en alguna casa había una cabeza reducida por los jíbaros, amén de máscaras africanas de ébano y muchos cuernos de marfil. Me acostumbré a pasear mi mente por el mundo, explorando atlas y libros , y el mundo y sus gentes me parecían lo más entretenido que podía existir.
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