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sábado, 29 de marzo de 2014

SOROLLA ETNOGRÁFICO

Los paneles que componen Visión de España, pintados por Joaquín Sorolla para la Hispanic Society norteamericana entre 1913 y 1919, son tan conocidos que no necesitan ninguna presentación. Quizás es menos sabido que tan magistral trabajo pictórico vino respaldado por una genuina preocupación etnográfica por parte del pintor, que ya había abordado la temática costumbrista española en muchas de sus obras anteriores. Vamos a reflexionar aquí sobre el alcance de la mirada etnográfica en uno de nuestros artistas más universales.

 La pintura regionalista 
Se ha llamado con ese nombre a una corriente en la pintura moderna que se planteó como una alternativa a la revolución impresionista. El regionalismo así entendido se centraba en el estudio e interpretación pictórica de las identidades regionales, y tuvo un gran auge entre 1890 y 1939. Encontramos representantes de esta tendencia artística en Francia, Alemania, Estados Unidos y Suecia. En España las figuras más destacadas fueron Ignacio Zuloaga y Sorolla. La ideología que se hallaba en la base del regionalismo pictórico era la necesidad de preservar las esencias nacionales, entendidas como un depósito de valores eternos. En el contexto de la crisis política, económica y espiritual de 1898, la pintura costumbrista se vio en España como una forma más de contribuir a entender y mejorar la angustiosa situación. En realidad, era una respuesta desde el mundo del arte a las mismas preocupaciones intelectuales que atormentaban a noventayochistas como Unamuno o Azorín. En línea con el Romanticismo, lo que los regionalistas buscaban era explorar el folklore hispano que todavía pervivía en el mundo rural. Pero a ello se añadió una finalidad regeneradora, como la que defendía la Institución Libre de Enseñanza. Por tanto, no es de extrañar que Francisco Giner de los Ríos aconsejara a Sorolla que abriera bien los ojos para penetrar en las grandezas morales y materiales de un pueblo todavía en formación, como era el español. 
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miércoles, 12 de marzo de 2014

SHIRIN NESHAT: EXPLORANDO LAS IDENTIDADES CULTURALES

Hasta ahora nos habíamos planteado en este blog el trabajo de fotógrafos como Jimmy Nelson o Sebastiao Salgado como parte de una etnografía de salvamento, dirigida al rescate de imágenes del modo de vida de tribus perdidas, en riesgo de pronta desaparición por el rápido avance del modo de vida occidental. Pero, como sucedía con la poesía de Elizabeth Bishop, también podemos preguntarnos si la fotografía, además de un arte, puede ser un medio válido para la reflexión etnográfica. Shirin Neshat es una artista iraní que vive en el gozne entre la cultura norteamericana y la de Oriente Medio. Ha utilizado la imagen como vehículo para suscitar cuestiones radicales en torno a las identidades culturales en conflicto entre esos dos mundos, problemática que pienso que tiene mucho que ver con el trabajo de la Antropología.
El exilio interior como forma de vida
Shirin Neshat nació en Qazvin, Irán, el 26 de marzo de 1957, en el seno de una familia culta y acomodada.  El sha Mohammad Reza Pahlevi era un gran admirador de los valores occidentales, de manera que el país vivió durante su égida un período de apertura. Ello hizo posible que Shirin adquiriese una gran preparación académica, primero en Teherán y, desde 1974, en Estados Unidos, a donde marchó cuando tenía 17 años. Estudió arte en Los Ángeles, en San Francisco y en la Universidad de California en Berkeley. En esta etapa americana Shirin tuvo que realizar un gran esfuerzo de adaptación a un sistema social y cultural muy diferente, del que considera que la democracia y la libertad de expresión son sus valores más deseables.
Al finalizar sus estudios Shirin contrajo matrimonio con Kiong Park, el conservador de una galería de arte experimental sin ánimo de lucro, denominada Storefront for Art and Architecture. En el contexto de ese proyecto, durante 10 años Shirin forjó sus ideas acerca del arte y la cultura gracias a sus colaboraciones con artistas, críticos, arquitectos, científicos y filósofos, sentando las bases para su posterior estilo y metodología de trabajo. En realidad, aunque no se conserve que ninguna obra artística de dicha época de formación, al haberlas destruido la autora, ese largo período de incubación de ideas resultó tan decisivo para su carrera que  sólo necesitó el retorno a su país para que, como un potente catalizador, cristalizaran en obras de arte los principios de su personalísimo quehacer intelectual. Así, en 1990, con 32 años regresó a Irán, donde encontró un panorama muy diferente al que había conocido siendo adolescente. La Revolución Islámica llevó al poder al ayatolá Jomeini en 1979. La economía del país había sufrido un fuerte retroceso, tanto por el  sistema de gobierno  teocrático como por las consecuencias de la larga guerra con Irak. Para Shirin ese reencuentro con su raíces supuso una auténtica conmoción, un sentimiento ambivalente de fascinación por la riqueza cultural de Oriente pero, igualmente, de terror por la situación en que encontró a las mujeres. Trasladó su intensa experiencia emocional a las series fotográficas Unveiling (1993) y Women of Allah (1993-1997). En tales obras están ya perfectamente definidos sus temas de reflexión y su lenguaje artístico, con los que expresa su permanente  nomadismo vital. Shirin retorna regularmente a Irán para alimentar esa fuente de inspiración, que le ha permitido  producir una obra verdaderamente impresionante.
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sábado, 8 de marzo de 2014

GEMELOS:LAZOS DE SANGRE. Repensando la ideología del parentesco occidental

Mientras investigaba la biografía de Pamela Lyndon Travers, la autora de Mary Poppins, me tropecé con un relato asombroso. Como no tenía hijos, la escritora decidió adoptar a un niño huérfano. En realidad, eran una pareja de hermanos gemelos pero, después de consultar a una astróloga, la escritora optó por quedarse solo con Camillus Hone, el primero en nacer. El otro, Anthony, se quedó con sus abuelos en Irlanda. La madre adoptiva ocultó estos hechos al pequeño Camillus, que se hizo mayor creyendo que su padre había muerto al poco de su nacimiento. Pero la verdad de lo sucedido acabaría saliendo a la luz. Según relató Pamela, cuando el joven tenía diecisiete años, tuvo un accidente de tráfico en Londres en el que fue a chocar, sorprendentemente, con su hermano gemelo. Su edad igual y su parecido exacto les hizo darse cuenta de su parentesco. Cuando ambos se presentaron en la casa de Travers a pedirle explicaciones, la  madre de Mary Poppins cayó desvanecida al suelo de la impresión. Parece difícil hablar de casualidad en estas circunstancias, así que creo que merece la pena reconsiderar nuestras ideas acerca de los lazos de sangre, con especial referencia, esta vez, a los gemelos.
Pamela Travers con Camillus Hone
LAS CREENCIAS SOBRE EL PARENTESCO EN EL MUNDO OCCIDENTAL
En la entrada La fuerza de la sangre (http://anthropotopia.blogspot.com.es/2013/06/la-fuerza-de-la-sangre-las-creencias.html ) reflexionábamos acerca de la ideología occidental sobre el parentesco, que atribuye una especie de poder mágico a la sangre compartida por los familiares. Esta sustancia vital, esencial, es vista como un poderoso fluido, capaz de unir a los padres, hijos o hermanos separados, actuando sobre ellos como una irresistible fuerza de atracción. En la concepción popular, la sangre posee esa misteriosa potencia porque se mantiene idéntica, pura, transmitiéndose sin modificaciones de generación en generación. La llamamos etnoteoría porque se trata de una suposición ampliamente compartida pero que carece de  respaldo científico, ya que la recombinación aleatoria de los genes impide hablar de transmisión en bloque del material genético. Pero antes de que llegase el momento de sentar las bases de la Genética, esas creencias  tuvieron un gran arraigo en la literatura, folklore y en la sabiduría popular: “de casta le viene al galgo”, “de tal palo, tal astilla”, “la sangre llama a la sangre” o, traduciendo el dicho inglés, “la sangre es más espesa que el agua”. Tales ideas, que han permeado ampliamente las bases de nuestra cultura occidental, hoy día todavía condicionan en gran medida nuestra forma de ver el mundo. A pesar de ser conscientes de que no hay nada mágico en la sangre, seguimos hablando de los lazos indisolubles que crea y de su fuerza casi insuperable para mantener unida a la familia. En ocasiones leemos en los periódicos titulares sensacionalistas sobre gemelos separados al nacer que, al cabo de muchos años, acaban reencontrándose bajo circunstancias realmente asombrosas. Esas situaciones tan llamativas parecerían abonar la virtualidad atractiva de la sangre o de los genes compartidos, y así lo interpretan muchas personas cuando leen semejantes noticias, como luego comprobaremos.
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