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domingo, 5 de mayo de 2013

LEO FROBENIUS Y LOS CÍRCULOS CULTURALES


Entre 1850 y 1950 se produjo un encendido debate en torno a la forma en que cabía explicar la uniformidad y la diversidad cultural apreciable entre los diferentes pueblos del mundo. Uno de los personajes claves en esa polémica fue Leo Frobenius (1873-1938), un arqueólogo y antropólogo alemán al que se llegó a conocer como “La voz de África”, por la preeminencia que otorgó a la historia y culturas africanas, hasta entonces olvidadas. Su vida fue realmente apasionante, contribuyendo con sus expediciones a forjar el estereotipo del antropólogo como aventurero intrépido que a todos nos es familiar. Pero, junto a ello, son sus aportaciones doctrinales las que resultan fundamentales para comprender una etapa casi heroica de la historia de la Antropología.

1.Primeros pasos
Leo Víctor Carl Augustus Frobenius nació en Berlín el 29 de julio de 1873. Su padre era un ingeniero militar que viajaba constantemente debido a su profesión. El pequeño creció al lado de su abuelo, Heinrich Bodinusa, que era el director del Jardín Zoológico de Berlín. En su casa, Leo pudo conocer a algunos de los grandes viajeros  de la época, como Gustav Nachtigal (1834-1885), explorador del África Ecuatorial. El niño estaba fascinado por estos grandes descubridores, especialmente por los impresionantes hallazgos realizados por Heinrich Schliemann (1822-1890), millonario y arqueólogo aficionado que, en la década de 1870, había conseguido desenterrar el tesoro de Príamo en Troya o la máscara de Agamenón en Micenas, guiado por la lectura de Homero. Siguiendo su ejemplo, Leo también soñaba con encontrar viejas civilizaciones, como la Atlántida, rastreando su pista en antiguos textos griegos, como el Critias de Platón, y leía constantemente libros de viajes y de historia de otros pueblos. 

Otra influencia perdurable en su formación fueron las exposiciones etnográficas itinerantes que, en aquellos mismos años, recorrían con gran éxito las principales ciudades europeas. Estos auténticos zoos humanos buscaban satisfacer la curiosidad, inevitablemente morbosa, del público urbano: indígenas de pueblos exóticos (lapones, fueguinos, mapuches o nubios) eran exhibidos en jaulas junto con la fauna procedente de sus respectivos hábitats naturales. Instalados en la creencia de su supremacía  racial, los europeos veían así legitimado moralmente su deber de “tutela” sobre estos “salvajes”. Esta oscura y poco divulgada “moda” de los circos etnológicos constituyó en su época un auténtico fenómeno de masas. Baste decir como ejemplo que, durante la Exposición Universal de París en 1889, las dos grandes sensaciones fueron la Torre Eiffel  y la exhibición de una tribu de 400 indígenas negros.

A causa de los constantes traslados de su padre, Leo Frobenius no pudo completar los estudios superiores, y tampoco logró terminar un curso en la escuela de negocios en Bremen,  lo que lo apartó de la profesión de comerciante a la que estaba destinado. En su tiempo libre estudiaba con ahínco libros sobre historia de África y, con esta formación autodidacta, se atrevió a presentar una tesis sobre las sociedades secretas africanas, aunque la Universidad de Basilea la rechazó. Tras ese fracaso, trabajó como empleado en esa ciudad y, después, en el Museo Etnográfico de Bremen. Entre 1894 y 1898 pudo aprender los entresijos de la ciencia antropológica, entonces en consolidación, de la mano de su director, Heinrich Schurtz (1865-1903), a quien siempre consideró su maestro. A través de sus enseñanzas, Frobenius entró en la primera línea del apasionante debate entre el evolucionismo de Adolf Bastian y el difusionismo defendido por Friedrich Ratzel.
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