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miércoles, 26 de febrero de 2014

ROGER BARTRA: TRASPASANDO LÍMITES

Roger Bartra Murià nació en 1942 en México, donde se exiliaron sus padres, escritores catalanes, tras la guerra civil española. Bartra estudió Etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México. Inició la carrera de Arqueología y ostenta un doctorado en Sociología por la Sorbona,  pero ha dedicado sus mayores esfuerzos a la antropología social. Trabaja en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México desde 1971, y ha sido profesor investigador y visitante en diferentes universidades de su país y en el extranjero: la Pompeu Fabra de Barcelona, el Paul Getty Center de Los Ángeles, John Hopkins, California y Wisconsin. Le debemos más de una veintena de libros, entre los que se incluyen títulos tan destacados como  El salvaje ante el espejo (1992), Las redes imaginarias del poder político (1996), o  Cultura y melancolía: las enfermedades del alma en la España del siglo de Oro (2001). 

sábado, 22 de febrero de 2014

OSA JOHNSON Y LA POESÍA ETNOGRÁFICA DE ELIZABETH BISHOP



La poeta Elizabeth Bishop
¿Es posible hacer antropología con poesía? Quizá tendamos a pensar que se trata de un maridaje difícil, poco sostenible, vista la enorme subjetividad con que se mueven los poetas frente al rigor científico que persigue el estudio antropológico. Pero  merece la pena atreverse a explorar las posibilidades de esa fusión cuando hablamos  de Elizabeth Bishop (1911-1979), una poeta modernista americana verdaderamente extraordinaria pero  poco conocida entre nosotros. Me centraré en su poema “In the Waiting Room”, incluido en Geography III (1976).
     1.   EN LA SALA DE ESPERA
 En Worcester, Massachusetts,
fui a acompañar a tía Consuelo
a una cita con el dentista
 y me senté a esperarla
en la sala de espera.
 Era invierno. Oscurecía
temprano. La sala de espera
estaba llena de adultos,
zapatones de goma y abrigos,
lámparas y revistas.
Esta  poesía, escrita en verso libre, cuenta una historia sucedida en 1918 a una niña que acompaña a su tía al dentista en Worcester, Massachussets. Mientras la aguarda fuera de la consulta, rodeada por personas mayores, se entretiene leyendo un ejemplar del National Geographic.
Mi tía estuvo lo que me pareció
un largo rato adentro
y mientras esperaba leí
el National Geographic
(ya sabía leer) y examiné
con detalle las fotografías:
el interior de un volcán,
negro y lleno de cenizas;
luego aparecía vomitando
riachuelos de fuego.
Sorprendida por un torbellino de  fotos de volcanes, exploradores famosos, mujeres africanas desnudas e imágenes de caníbales de los Mares del Sur, tiene un momento de alucinación mental durante el cual descubre al mismo tiempo la otredad y su propia identidad  personal y social. A punto de cumplir siete años, una edad de transición, la pequeña Elizabeth, protagonista del poema, es capaz de leer íntegramente ese magazine para adultos.
Osa y Martin Johnson
vestidos con pantalones de montar,
botines y cascos protectores.
Un hombre muerto colgando de un poste
—«Carne para caníbales», leía la inscripción.
Bebés con las cabezas afiladas,
enrolladas en espiral con cordón;
negras desnudas con los cuellos
enrollados en espiral con alambre
como los cuellos de las bombillas eléctricas.
Sus senos eran horribles.
Su imaginación  infantil, que está llegando ya al momento de darse cuenta de su lugar en el mundo, queda impresionada  por los  volcanes en erupción, por la atrevida  apariencia unisex de los exploradores Osa y Martin Johnson, vestidos de safari en África, por las deformaciones craneales de los niños nativos, por las mujeres africanas desnudas, cuyos cuellos están rodeados de espirales de alambre y llevan los senos colgando, y por la carne preparada para un ritual caníbal.
Me dije: dentro de tres días
vas a tener siete años.
Lo decía para detener
la sensación de estar cayéndome
del mundo redondo que seguía girando,
hacia el frío espacio negri-azul.
Pero sentí: tú eres un yo,
eres una Elizabeth,
eres una de ellas.
¿Por qué también tú deberías serlo?
Apenas me atrevía a mirar
para averiguar qué es lo que yo era.
Profundamente perturbada  por todas aquellas novedades, que  encuentra en la ventana abierta al mundo natural y social que es el National Geographic, y rodeada de mayores, vecinos pero a la vez extraños en contraste con el  horizonte familiar conocido y protector, Elizabeth experimenta un momento de intensa  lucidez cognitiva  que le lleva a sentir la pertenencia a su propio grupo humano y a su sexo y género femenino como una identidad problemática. Es una vivencia ambivalente y desasosegante, porque contempla al mismo tiempo su inclusión en el mundo norteamericano y la oposición a otras razas y costumbres desconocidas y peligrosas; su pertenencia a una familia pero también su ser personal y único que resulta anonadado cuando se proyecta sobre el conjunto; su yo individual que, no obstante, siente que forma parte de una humanidad universal; su asimilación al género mujer, y su comparación e identificación problemática  con otras féminas, en particular con su tía, una mujer con pocas luces, y con las mujeres del continente oscuro; y el despertar de la sexualidad. Todo un conjunto de problemas radicales para la vida humana y de gran relevancia para la antropología.
Miré de reojo
—no podía mirar de frente—
las sombreadas rodillas grises,
los pantalones, las faldas y las botas
y los diferentes pares de manos
reposando bajo las lámparas.
Sabía que nada tan raro
había sucedido antes, que nada
más raro podría suceder jamás.
¿Por qué debía ser yo mi tía,
o yo misma, o cualquier otra persona?
¿Qué semejanzas—
botas, manos, la voz de nuestra familia
que sentía en mi garganta, o incluso
el National Geographic
y esos terribles senos colgando—
nos mantenían unidas
o hacían de todas una sola?
  La narradora de la historia, la Elizabeth madura que recuerda aquel episodio de confusión casi onírica de su infancia, quiere dar la impresión en todo momento de que está relatando una experiencia verídica de su propia biografía. La fecha y el lugar están concienzudamente ubicados: 3 días antes de su séptimo cumpleaños, el 5 de febrero  de 1918, en  Worcester, una pequeña ciudad al oeste de Boston, donde Elizabeth Bishop vivió con sus abuelos paternos una temporada. Otro dato que permitiría el anclaje a la realidad histórica es que, en el número del National Geographic de febrero de 1918, efectivamente apareció publicado un reportaje sobre volcanes en Alaska, en el Valle de las 10.000 Fumarolas, así que hasta aquí todo parece muy biográfico y real. 
El problema reside en que esa revista no incluye ningún artículo sobre los Johnson, ni sobre  caníbales, niños de cabezas puntiagudas o mujeres africanas. Preguntada al respecto en una entrevista, Bishop contestó despreocupadamente que estarían en el número siguiente, pero tampoco es así. Estas discrepancias han sido un pequeño misterio para los críticos literarios durante mucho tiempo, pero podemos intentar buscar la solución rastreando en las aventuras de los exploradores y documentalistas Martin y Osa Johnson.
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