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jueves, 28 de noviembre de 2013

ALICE C. FLETCHER Y LA LUCHA POR LOS DERECHOS CIVILES DE LOS INDIOS AMERICANOS


Alice C. Fletcher
En la entrada sobre el etnólogo Frank Hamilton Cushing intenté rescatar la figura importante pero casi olvidada de Alice Fletcher, a través de cuyos sentidos recuerdos obtuve mucha información sobre Cushing, con el que compartió métodos de trabajo, intereses profesionales, un afán innovador y, sobre todo, una hermosa amistad. Como pasa a veces con algunas entradas muy extensas y poliédricas, es difícil prestar atención a todas y cada una de las propuestas, así que he pensado que sería buena idea rescatar aquella parte en una corta entrada especial para  la antropóloga Alice C. Fletcher  (1838-1923), una gran luchadora en favor de los derechos civiles de los indios americanos, en un proceso repleto de luces y de sombras. 
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domingo, 24 de noviembre de 2013

GÉNERO Y POLÍTICAS DE IDENTIDAD

Afrodita de Rodas

(Comentario en torno a La dominación masculina de Pierre Bordieu y La tercera mujer de Gilles Lipovetsky)

Desde la segunda mitad del siglo XX se aceleró, de manera significativa, el ritmo de transformación de la condición femenina en el mundo occidental, entre otros múltiples factores debido al acceso a la educación superior, la incorporación masiva al mercado de trabajo y el incremento de la presencia de la mujer en la esfera pública.

Se trata de un proceso de cambio extraordinariamente complejo por la acción de fuerzas económicas, sociales, políticas y culturales mutuamente interconectadas. Así sucede con los cambios sociales (contracepción, divorcio, reducción de la tasa de nupcialidad) que han motivado la ruptura del modelo tradicional de familia, lugar privilegiado de reproducción de los esquemas patriarcales (subordinación jerárquica de la mujer al varón y su papel reducido a labores domésticas); la formación y educación de la mujer, que permite el desempeño de trabajos cada vez más cualificados, y la tarea crítica del movimiento feminista en la denuncia de los clichés ideológicos que la habían esclavizado, en la sociedad burguesa, al trabajo en el ámbito del hogar y al rol meramente reproductivo; un mercado en constante expansión, que crea nuevas imágenes de productos y servicios y provoca, con ello, la necesidad de incrementar la capacidad económica de la unidad familiar mediante el trabajo remunerado de la mujer, hasta entonces confinada al papel de ángel tutelar de la casa, para satisfacer los apetitos de consumo generados …

101 interpretaciones, por María Lorenzo
En cualquier caso, los analistas coinciden en señalar que los innegables avances registrados en el lugar de la mujer en la sociedad ocultan su permanencia en posiciones de avance solo relativas, como demuestra su infrarrepresentación en el desempeño de tareas científicas o técnicas o al frente de puestos de autoridad (poder político o financiero), reservados al varón, ubicándose mayoritariamente, en cambio, en actividades que se consideran adecuadas al ser femenino culturalmente definido: educación, sanidad, otros servicios…, concebidas como prolongación natural de los trabajos tradicionales del hogar y que resultan compatibles con las exigencias de la maternidad. Para Bordieu, la tasa de feminización de una profesión es índice de medida de su valor social, de manera que la mujer solo ocupa nichos laborales devaluados socialmente, que ya no encuentra apetecibles el varón o que, por el hecho de estar siendo atendidos por mujeres, pierden por ello su prestigio preexistente.
Por tanto, existe un largo camino por andar en la igualación de los roles de género. Frente a la eternización de la división sexual que se produce cuando se la entiende encarnada en esencias inmutables, se trataría de re-historizar la división de género, introduciéndola en la dinámica del cambio social, esto es, entenderla como un elemento construido culturalmente y no dado por la realidad, siendo por ello susceptible de reforma. Tal reto parece particularmente perentorio de abordar en las sociedades en que la discriminación sexista es la norma secularmente arraigada.
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miércoles, 20 de noviembre de 2013

ROBINSON CRUSOE Y LOS MITOS DE LA ILUSTRACIÓN




Tal vez sea poco conocido que el famoso relato de Daniel De Foe (1660-1731) se inspiró en la historia verídica de Alexander Selkirk, marinero escocés abandonado en 1705 en una isla desierta del archipiélago de Juan Fernández, frente a las costas chilenas, donde sobrevivió solo, en estado semisalvaje, durante cuatro años y cuatro meses.
La relación de sus peripecias se publicó en 1713, despertando gran interés en el público, pues el suceso evocaba algunos de los tópicos fundamentales del siglo dieciocho: civilización versus estado de naturaleza, la empresa colonial europea en el Nuevo Mundo, la capacidad del ser humano para superar grandes adversidades, aventuras en lugares exóticos todavía por explorar…, a los que la novela de De Foe, publicada en 1719, aún añadiría otros varios, esenciales para la comprensión de la mentalidad contemporánea y que convierten a Robinson, todavía hoy, en un prototipo de constante referencia.

De Foe es uno de esos raros ejemplos de literato tardío ya que, hasta los 62 años, solo había entregado a la imprenta algunos panfletos. Dedicado al comercio y a la política sin éxito, hasta llegó a ser encarcelado en varias ocasiones. Como necesitaba de dinero para dotar a sus hijas, aceptó el encargo de novelar la historia de Selkirk, que debía presentarse a los lectores, ávidos de noticias sobre el suceso, en forma memorialista, como si constituyera el relato fiel de lo acontecido. Del talento del autor para reflejar en el texto,-muy moderno en su época, por su estilo realista y periodístico-, no solo los temas sociales más candentes del momento sino otros más universales, hasta forjar uno de los mitos claves de la civilización occidental, da cuenta el hecho de que es el libro de mayor número de ediciones después de la Biblia.
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domingo, 10 de noviembre de 2013

¿QUÉ HAY DETRÁS DE LAS BARBAS?

   
Dibujo original de María Lorenzo.

                
   Desde hace unos años estamos asistiendo a un renacimiento de las barbas como elemento de moda; basta mirar un corte publicitario de cualquier programa televisivo para ver a señores barbudos anunciando todo tipo de productos, tanto específicos de la higiene y moda masculina, como telefonía móvil, comida rápida o cualquier otro producto y/o servicio, pasando a ser un elemento familiar en nuestras vidas. Pero, ¿qué hay detrás de este hecho?¿Es tan solo una cuestión de comodidad, la elección individual o hay un significado social detrás de ella? Mi intención es analizar el fenómeno e intentar proponer algunas vías de interpretación.

1.     EL PELO COMO ELEMENTO SIMBÓLICO.

La información de este punto procede de la obra Cuerpo y Espacio.Símbolos, metáforas, representación y expresividad de las culturas, del Catedrático de Antropología Social de la UNED, D. Honorio Manuel Velasco Maillo.

   Para K. Burke el hombre puede definirse como un homo symbolicus, es decir, un ser creador y manipulador de símbolos, de forma tal que esta capacidad nos coloca como “los otros” del mundo natural, aquellos que lo manipulamos y, además, intentamos imponerle un orden.

   En general, un símbolo es todo aquello que representa algo - sentido en el que la Cultura en general queda englobada -, pero también algo que conmueve, que desvela y trasciende la mera superficie, que llega al fondo de la sociedad, crea identidades y mueve a la acción. Víctor Turner destaca su polo “sensorial”, la dimensión vivencial de los símbolos, sus asociaciones sentimentales. Los símbolos no pueden considerarse como algo acabado y estático, sino como algo que va haciéndose y deshaciéndose con las acciones sociales, y su significado está transido de formas de vida que se aprenden dentro del grupo, y actúan como cemento social. De todo ello podemos inferir que los símbolos no pueden descubrirse en parcelas aisladas dentro de las culturas, sino en la totalidad de estas, en las culturas entendidas de una forma holística, como todos.
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jueves, 7 de noviembre de 2013

SUDAR NOS CONVIRTIÓ EN HUMANOS


Reconstrucción facial de un Australopithecus sediba
Tendemos a pensar que la secreción sudorípara es una enojosa pervivencia de nuestro origen animal. La cirugía estética ha encontrado en ella un nuevo filón: bótox para “adormecer” las molestas glándulas. Y, sin embargo, no somos conscientes del fundamental papel que han jugado en la evolución de nuestra especie. Para Nina Jablonsky, antropóloga de la Universidad del Estado de Pennsylvania, el incremento de las glándulas sudoríparas, correlativo a la pérdida del pelo corporal, podría haber sido un requisito condicionante para el desarrollo del cerebro grande que caracteriza al género Homo.
La cuestión remite al estudio de los diferentes sistemas de regulación de la temperatura corporal en los mamíferos, problema clave pues, por encima del umbral crítico (en los humanos se sitúa en 40º), los procesos bioquímicos de las células comienzan a fallar y algunas proteínas pierden su estructura. El riesgo de sobrecalentamiento, por otro lado, se acentúa con el ejercicio físico.
Las soluciones presentes en las diversas especies son siempre respuestas óptimas de adaptación al medio: la escasa actividad diurna de los felinos, el jadeo de los cánidos… Sin embargo, ese jadeo interfiere en la respiración, restándole eficacia. Por ello, animales muy veloces en el sprint pueden manifestar una escasa resistencia a la carrera mantenida. Aprovechando tal debilidad, los aborígenes australianos consiguen dar caza a los veloces canguros tras perseguirlos durante horas, hasta que sus presas se desmayan por el exceso de calor corporal.

La respuesta adaptativa del hombre es diferente: está cubierto de millones de glándulas sudoríparas, cuya función es disipar la mayor cantidad posible de calor a través del sudor, efecto que también se refuerza mediante el contacto directo de la piel con el aire. Con ambos procedimientos se mantienen frescos la superficie corporal y el cerebro, que resulta ser un órgano extremadamente termosensible.
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