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martes, 27 de diciembre de 2016

EL ARBOL DE LA MEMORIA

Karsikko es el sonoro y evocador nombre que se da en la tradición nórdica al Árbol de la Memoria. El significado de la costumbre asociada a ese árbol es realmente asombroso. En el remoto territorio de Karelia, compartido entre los gobiernos de Finlandia y Rusia, se  solía tallar el nombre de todos los fallecidos en un gran pino del bosque circundante. Ese acto no solo servía para recordar a aquellos que se habían marchado para siempre sino, especialmente, para ayudar a los espíritus de los difuntos a encontrar su camino hacia la otra vida, en una sorprendente mezcla entre creencias cristianas y paganas. En los camposantos los difuntos eran sepultados bajo una lápida con su nombre. En cambio, quienes no eran enterrados en sagrado, como los suicidas o los que no habían muerto cristianamente de otra forma, no contaban con ese reconocimiento eclesial del nombre en su tumba. Muertos sus allegados, nadie se acordaría  de ellos al pasar junto a un puñado de piedras apiladas en la foresta, fuera de la sociedad de los muertos con carnet para llegar al cielo, una comunidad a la que solo se ingresaba con la preceptiva licencia de la Iglesia. Pero, ¿qué pasaba con los excluidos de los lugares sacros de enterramiento? Si nos remontamos a  la antigua Roma, la costumbre era situar los enterramientos, señalizados con sus lápidas, a la orilla de los senderos a las afueras de las ciudades. Primero, a causa de unas evidentes ideas animistas, por temor al poder dañino de los muertos, para alejarlos de los lugares en que vivieron y que así no pudieran molestar a sus parientes vivos. Pero igualmente ello tenía como fin asegurar que su identidad social no se olvidara con el paso del tiempo. 
Tumbas en Pompeya

En la ciudad íbero-romana de Lucentum, Alicante, se encontró una inscripción muy reveladora en tal sentido: "Te roco praeteriens dicas sit tibi terra levis", lo que viene a decir: caminante, acuérdate de que una vez estuve vivo como tú y por ello te pido que me desees que el peso de la tierra que me cubre sea  leve. Esa expresión rituaria "Sit tibi terra levis" se abreviaba como S.T.T.L., y es el antecedente de nuestras R.I.P latina ( Requiescat in pace) y española Q.E.P.D. Pero también es el origen de la expresión de buen deseo que siempre le ofrecemos a cualquier amigo ante una dificultad: "que te sea leve". Vemos que las costumbres más antiguas se filtran silenciosamente en nuestra cotidianidad, dejando a veces pocas pistas sobre su lejano y muy divergente punto de partida. Pero volvamos al árbol de la memoria del ártico ruso-finés, y veremos cómo allí también aparecen esos rastros animistas de la cultura romana previa a la cristianización. Al tallar el nombre de sus deudos en los árboles lo que pretendían era, por un lado, que los difuntos fuesen recordados perennemente por la comunidad de los vivos, en una suerte de memorial arbóreo, asociándolo simbólicamente a la aparente inmortalidad y capacidad de autorregeneración de las coníferas, su gigantismo y tremenda longevidad. Pero, por otra parte, anotar el nombre del fallecido en el árbol de la memoria también servía para advertir a los espíritus de los que no habían sido enterrados en el terreno circundante de las pequeñas iglesias locales y que, por tanto, no contaban con una lápida grabada con su nombre, que habían muerto y que, por ello, debían abandonar el mundo de los vivos. Quizá pensaban que el reconocimiento de su memoria en plano de igualdad con otros muertos enterrados con todo el rigor cristiano, consolaría a estas almas en pena y les permitiría iniciar más tranquilas su difícil camino hacia la otra vida. 
Mujer de Karelia

Supe de esta extraordinaria costumbre del "Karsikko" a través de una preciosa canción de Sinikka Langeland, una cantante noruega que la interpreta acompañada de un instrumento tradicional finlandés, el kantele. Se trata de un arpa muy antigua de la familia del dulcimer y de la cítara, y que también presenta vínculos con otros instrumentos de cuerda procedentes del lejano Oriente. La canción se basa en un himno popular de Glåmdalem sobre el cántico religioso "I Know of a Sleep in Jesus´s Name".
Me gustaría enlazar las reflexiones anteriores con nuestra realidad, porque si para algo puede servirnos la Antropología, es para conocernos mejor a nosotros mismos. Para las concepciones precristianas, los espíritus de los difuntos volvían entre los vivos para calentarse de los fríos invernales y esa es la razón por la cual, siempre con esa relación ambivalente que tenemos hacia la muerte, se llevaran a cabo ceremonias para proteger a los vivos de su influencia nefasta pero también para recabar su ayuda e inspiración. Quizá no sea casualidad por ello que, entre nosotros, además de la fiesta de Difuntos institucionalizada por la Iglesia católica el 1 de Noviembre, también  el tránsito entre un año y otro siga siendo una ocasión muy especial para recordar a los que nos dejaron en los doce meses anteriores, para hacer balance de los personajes que ya no nos acompañarán con su luz y ejemplo en vida pero que nos dejaron sus palabras y obras como guía de actuación. Observad si no los telediarios de estos días. Este año sin duda serán recordadas repetidas veces, entre otras famosas figuras, las grandes voces de Leonard Cohen, David Bowie, Prince y el recién fallecido George Michael, y el mercado, con su bien conocida habilidad para traducir en beneficios contables las costumbres y creencias, sacará madera de nuestro árbol de la memoria sentimental para incrementar las ventas a cuenta de los viejos y grandes cantantes, hasta su muerte un tanto arrinconados en las tiendas de discos para hacer sitio a las creaciones de las efímeras- pero insultantemente jóvenes y sexies- estrellas del pop actual.
La letra de "Karsikko" habla de que los pájaros que anidan en los árboles sagrados de la memoria son los más delicados, las flores de los tilos más doradas y las lilas  las más perfumadas, porque los nombres de los muertos les dan ese poder. Pero también hay personas que se convierten en auténticos árboles vivos de la memoria, que luchan contra viento y marea para que el recuerdo de la obra o la vida de sus amigos no se pierda para siempre. Hace tiempo José Losada y yo escribimos una entrada sobre algunos de estos casos tan extraordinarios. Aunque el enfoque principal es biográfico, podréis comprobar que no faltan tampoco detalles antropológicos, como las costumbres céltico-bretonas en la recuperación del emblemático abrigo de Marcel Proust, o el folkore ruso en los cuadros a los que Mussorgski puso música en memoria de su gran amigo V. Hartmann.
LA MEMORIA VIVA
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Cuán cierta es la canción: una parte de nosotros, esa que compartimos con quienes más queremos, desaparece con ellos. Pero algunos grandes espíritus consiguen sublimar la herida en la memoria en obras de arte, en perenne recuerdo del amigo ausente. Los Cuadros de una exposición de Mussorgsky, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca y Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández son monumentos artísticos que engrandecen tanto a sus autores como a los destinatarios. Otros reivindican la identidad oculta de genio ya reconocido, como Jacques Guérin con Marcel Proust, o defienden a capa y espada el talento de grandes artistas desconocidos, como hizo el médico y ensayista García Sabell con Manuel Antonio, un extraordinario poeta modernista gallego. Hablaremos aquí de esa poderosa fuerza de la amistad, de la admiración más allá de la muerte y de sus extraordinarios frutos.
1.       Modest Mussorgsky (1839-1881) y Viktor Hartmann (1834-1873)
Viktor Hartmann
Viktor Hartmann fue un arquitecto, escultor y pintor ruso cuyo nombre, si no fuera por Mussorgsky, quizá permanecería relegado a una breve nota a pie de página en los libros de historia del arte del siglo XIX. Pero el  gran músico convirtió en inolvidables melodías las pinturas y dibujos de su amigo. No en balde, los Cuadros de una Exposición (1874), su obra más conocida y original, llevaba por título inicialmente el de Suite Hartmann.

Modest Mussorgsky, que era un compositor amateur, sentía una ímpetuosa pasión por la  música de su tierra, y una feroz oposición contra toda regla compositiva  impuesta por la academia. Cesar Cui, también compositor ruso, dijo de él que tenía un talento salvaje, rebelde a todo freno. Ambos formaron parte del famoso “Grupo de los Cinco”, junto a otras grandes luminarias musicales como Alexander Borodin, Nikolai Rimsky-Kórsakov, y el líder del grupo, Mili Balákirev. Entre 1856 y 1870 estos jovencísimos compositores, todos ellos de formación autodidacta, revolucionaron el panorama musical europeo desde San Petesburgo. Buscaban aprehender la esencia del alma rusa reelaborando los cantos populares y religiosos, las danzas cosacas y las leyendas y tradiciones de la vieja Rusia. Junto con Glinka, son los máximos exponentes del nacionalismo romántico ruso. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA MUJER IBERA

Actualmente la lengua íbera es todavía un misterio. Nuestro conocimiento no es nulo pero sí bastante escaso. Por ello, para acercarnos al mundo íbero tenemos que hacer uso de los antiguos textos de los historiadores griegos y latinos. Otra fuente fundamental es el análisis de los restos arqueológicos (tanto los objetos que han sido descubiertos como los restos humanos). De todos estos estudios, se ha deducido que la mujer íbera desempeñaba un papel fundamental en la sociedad tanto en el ámbito familiar, como madre y esposa, como en la vida pública. Gracias a las representaciones cerámicas, sabemos que algunas mujeres participaron en festividades importantes y en rituales religiosos.

El papel de la mujer en la sociedad ibérica todavía es un tema de debate. En los sistemas parentesco patrilineales, tan característicos de los antiguos pueblos del Mediterráneo, la mujer desempeñaba, desde un punto de vista tradicional, un rol secundario y dependiente del varón. En lo concerniente al mundo ibérico hay cada vez más datos para valorar su papel en los distintos ámbitos públicos y privados, más allá de la esfera doméstica. Por lo general, la mujer era el elemento imprescindible en la reproducción de la estructura familiar, transmitiéndose con ella el linaje y el vínculo sanguíneo de generación en generación. Mientras que corresponde al hombre la transmisión de derecho o vínculo hereditario, al menos en las sociedades patriarcales que parecen ser las predominantes en el espacio ibérico.

Fotografía de Miguel Florian
Para un correcto enfoque conviene apuntar que la función de la mujer íbera en la sociedad no era tanto una cuestión de género sino de estatus. Si la mujer pertenecía a la aristocracia o poseía la suficiente riqueza, su poder e influencia en los terrenos socio-político, económico y religioso igualaba al del hombre.

Pese a ser dependientes del padre y del marido tras el matrimonio, estas mujeres eran quienes otorgaban el prestigio y el poder a las familias. Según el historiador romano Salustio, ellas también tenían el derecho a elegir a sus propios esposos. Si la mujer pertenecía a la aristocracia, no dudaba en escoger al mejor guerrero. Además, eran las íberas quienes recibían las herencias y planeaban los matrimonios de sus hijos.



¿Cuál era el papel de la mujer en Iberia?
La función principal de la mujer era el de protectora del hogar, un rol muy estimado por la sociedad y considerado de gran importancia debido a la alta mortalidad infantil y las continuas guerras. El hombre, en cambio, encarnaba el poder político y militar. Como hemos dicho anteriormente, las mujeres influyentes y adineradas también participaron en la política en los conocidos "consejos de mujeres".
La mayoría de mujeres, aparte de cuidar con esmero sus hogares, trabajaban en el campo junto a los hombres. De hecho, el historiador griego Estrabón dijo de ellas: "Las mujeres trabajan en la tierra, paren en el mismo campo y después siguen trabajando". En situación de guerra, las mujeres debían tomar a su cargo toda la casa, los campos y los ganados (independientemente de su condición social).
En los escritos de Salustio, se hace mención a mujeres que también formaron parte del mundo del comercio y la producción de tejidos. De hecho, las actividades domésticas como la costura constituían una tarea exclusivamente femenina. Así lo demuestra la aparición de agujas, placas de hueso y demás instrumentos para hilar en las tumbas femeninas. De hecho, existió más de una gran empresaria en la península ibérica.

La religión desde un punto de vista femenino: diosas y sacerdotisas
Dama de Baza
La mujer íbera estaba relacionada con el mundo irracional, místico e incluso mágico. Muchas de ellas, fueron importantes sacerdotisas. Las íberas eran consideradas las mediadoras entre el hombre y los antiguos dioses. Se cree que el sacerdocio estaba compuesto principalmente por mujeres. En las ceremonias religiosas, la relación entre hombre y mujer era igualitaria. Incluso, si el rito religioso estaba destinado a una diosa, la mujer se encontraba en una relación de superioridad frente al varón. Se cree que en el panteón de los dioses íberos, había una gran variedad de divinidades femeninas.
Los lugares donde se llevaban a cabo los ritos religiosos eran muy variados. Las ceremonias se realizaban en espacios naturales como cuevas o simas y en templos. En todos estos santuarios existían exvotos con forma de mujer. A veces eran representadas con pechos y otras veces como mujeres encintas. En el Cerro de Santos (Albacete) se encontraron grandes esculturas de sacerdotisas. La gran mayoría de estos espacios sagrados se han asociado con diosas de la naturaleza y de la fertilidad (algunas de ellas influenciadas por la cultura griega y fenicia).
La mujer también formaba parte del lenguaje iconográfico en torno a la muerte. Se cree que su papel en los rituales de tránsito hacia el más allá era esencial. Ejemplos son las imágenes que encontramos ciertos pilares-estela o los restos del santuario ibérico de Coímbra del Barranco Ancho (Jumilla, Murcia).
Otro dato importante es que la prostitución sagrada estaba consentida. Esta práctica provenía de Oriente y las mujeres que la efectuaban tenían un gran prestigio en la sociedad.


Mujeres guerreras
A través de la arqueología, se ha llegado a la conclusión de que la civilización ibérica, por lo general, estaba muy jerarquizada y era conocida por su carácter belicoso. A pesar de que los ejércitos estaban formados principalmente por hombres, algunas mujeres también participaron en la guerra. Los historiadores clásicos consideraron "heroica" la participación de la mujer en las guerras contra los púnicos y contra los romanos.

Exvotos íberos con figuras femeninas
Matriarcados en la península ibérica
Los antiguos pueblos de nuestra península eran muy diversos. Los íberos, nombrados anteriormente, se encontraban en el sur y en el levante de la península y a pesar de no tener un origen Indo-Europeo, se vieron muy influenciados por estos pueblos (romanos, griegos…) y por otras civilizaciones del Mediterráneo como los cartagineses y los fenicios. Es por ello, que la sociedad íbera tiene aspectos en común con todos estos visitantes y colonizadores. Una de las características principales de estas sociedades es que eran patriarcales.
Al igual que ellos, los pueblos celtas del norte y del centro peninsular (cántabros, astures, galaicos, celtíberos…) también fueron regidos principalmente por los hombres.

Sin embargo, en el norte de Iberia, existía un pueblo de origen pre-Indo-Europeo de carácter matriarcal: el pueblo vascón.

El matriarcado consistía en una sociedad en la que la influencia predominante en el carácter colectivo del pueblo es la femenina. En las sociedades matriarcales, las madres y las ancianas encabezaban la familia y tomaban las decisiones más importantes. Sin embargo, estas antiguas sociedades no estaban dirigidas única y exclusivamente por mujeres, si no que reinaba la igualdad. La idea de la existencia de sociedades matriarcales en el norte durante la época prerromana se fundamenta, en parte, a las dudosas fuentes historiográficas de Estrabón.

Una religión de carácter matriarcal: la mitología de Vasconia

La mitología vasca se extiende por tres territorios: Euskadi, Navarra y el País Vasco francés. Tiene unas características que la convierten en una mitología única y apasionante:
  1. De origen matriarcal: la mitología vasca tiene una deidad suprema femenina, Mari. Mari es conocida como "la diosa madre". Las mujeres eran consideradas las creadoras de vida. Por eso, abundaban las deidades femeninas como Ilargi, la diosa luna.
  2. Tiene un carácter animista: las plantas, los animales y todos los elementos geográficos tienen su propia vida y su alma. Existe un antiguo proverbio vasco que dice: "Izena duenak,izana du", que significa: "Todo lo que tiene su nombre tiene su ser, existe".
  3. Los dioses no son ajenos a la creación, sino que forman parte de ella. Según la tradición, Mari representa a los fenómenos meteorológicos y a los animales (cuyas variadas formas adopta).  Se piensa que esta diosa podía ser la reencarnación de Ama-Lurra (madre tierra), creadora de nuestro entorno natural. Es por eso que en las religiones de carácter matriarcal no encontramos divinidades celestes. Todo proviene de la gran madre tierra.
  4. Es una religión pacífica: no existen los dioses de la guerra, ni batallas entre deidades ni más seres mitológicos. Solo existían seres malignos que causaban terror al pueblo. Estos seres eran la parte opuesta y complementaria de los seres benévolos.
  5. Es una mitología cercana a los seres humanos: muchos dioses vascos, a pesar de tener poderes sobrenaturales, se relacionaban con los mortales. 

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