Bellas tinieblas

Junichiro Tanizaki, cuya novela La llave (1956)
suscitó una gran polémica

Junichirô Tanizaki (Tokio 1886-Yugawara 1965) sostuvo, en un conocido ensayo de 1933, que Occidente ha apostado estéticamente por la luz y la transparencia, mientras que Oriente adora las sombras.

Esta tesis de El elogio de la sombra (Siruela, 2010) es sobre todo estética, pero permite también una lectura antropológica, etnológica, y otra, digamos, ecologista, universalmente recomendable.

En su apología de las umbrías, el escritor afirma que la arquitectura japonesa alcanzó el colmo de su refinamiento en la construcción de los retretes, transmutando en un lugar del más exquisito gusto aquel cuyo destino resultaba ser el más sórdido, alejándolos de la casa y difuminándolos mediante una red de delicadas asociaciones de imágenes. No podía saber Tanizaki que en la actualidad los japoneses han pasado del agujero en el suelo, próximo a la naturaleza, a un WC inteligente controlado por Android, llamado Satis.

Más sublime resulta ese espacio único en la casa tradicional japonesa que es el tako no ma, lugar para leer donde los japoneses colocan un cuadro, un arreglo ikebana o un bonsai, para dilucidar los misterios de la sombra, un espacio recoleto en el que el aire encierra una espesura de silencio, en esa oscuridad en la que reina una serenidad que aspira a ser tan eterna como inalterable. Puede que cuando los occidentales se refieren a los misterios de Oriente aludan a esa calma algo inquietante que generan las sombras. 

Toko no ma


El gran escritor se pregunta cuáles serían las formas de la sociedad japonesa si ellos hubieran desarrollando una física y una químicas propias. Sin duda, las técnicas basadas en dichas ciencias habrían seguido caminos muy diferentes a los de Occidente y los productos industriales, incluidas las fuentes de luz, hubieran sido más adecuados al espíritu nacional japonés. Cree que muchas molestias y contrariedades se han seguido del hecho de haber introducido sin cuidado en sus vidas los productos de una civilización, la occidental, a la que sin embargo reconoce más avanzada.


A los japoneses, los objetos demasiado brillantes les producen cierto malestar. Los occidentales pulimos los objetos de escritorio y los cubiertos de las mesas de comedor hasta volverlos cegadores, no estamos contentos hasta que el metal no brilla a fuerza de frotarlo, mientras que a los orientales les gusta la pátina que deja el tiempo en los objetos cotidianos, los reflejos oscuros y suaves de las lacas, las profundas irisaciones de la cerámica y el jade; la turbiedad, en lugar de la transparencia; las luces veladas, en lugar del brillo superficial y gélido; anchos techos, paredes de papel, la mano de su madre a la luz de una vela; la sombra-útero como un oscuro té en negras tazas; el lustre que deja la grasa de la mano, en lugar de la superlimpieza aséptica; los objetos antiguos y desgastados, en lugar de los nuevos y relucientes. Hasta puede que para ellos –insinúa Tanizaki- la suciedad sea también un ingrediente de lo bello.

Y es que la luz excesiva priva incluso de su belleza a los metales nobles como el oro. Sólo los antiguos, que vivían en casas obscuras podían experimentar su fascinación y virtudes prácticas: el oro como reflector, cuyo brillo no se apaga tan deprisa como el de la plata y otros metales. 


El exceso de luz ha desvirtuado la belleza de la piel de los actores y de los trajes de los géneros tetrales clásicos japoneses como el y el kabuki. Así “en los escenarios iluminados a la occidental, sus vivos colores caen inevitablemente en la vulgaridad y cansan enseguida”.

Reflexiona el autor sobre los paradigmas de belleza femenina y sobre cómo han cambiado. Recuerda que todavía su madre se ennegrecía los dientes con el fin de resaltar la blancura del rostro, y el lápiz de labios azul-verdoso con reflejos nacarados que usaban las geishas, cuyo poder de seducción es imposible representarse si no es a la incierta luz de los candelabros:

“las mujeres de antes sólo existían realmente de cuello para arriba y desde el borde de las mangas, el resto desaparecía enteramente en la oscuridad. En aquellos tiempos las mujeres de ambientes superiores a la clase media salían raramente y si lo hacían, era completamente acurrucadas en lo más profundo de un palanquín, por miedo a que las pudieran vislumbrar desde la calle (…), totalmente sepultadas en la oscuridad, sólo revelaban su existencia por el rostro”.

Para los que celebran la triunfante belleza del desnudo de la mujer moderna, debe de ser muy difícil de imaginar la belleza fantasmal de aquellas mujeres. Y sin embargo: “nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes”. Tanasaki cree que lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias… “La belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de sombra”.


         Leyendo a Tanizaki me ha venido a la memoria la famosa carta de Fredegiso de Tours (+ 834) sobre la sustancia de la nada y las tinieblas (De nihilo et tenebris), en la que consideraba que la nada y las tinieblas han de ser algo como principio de todo, incluso algo “grande y noble”. Citando el Génesis, el discípulo de Alcuino afirma que las tinieblas que “estaban sobre la faz del abismo” son (existen) de alguna manera. El Éxodo, por su parte, habla de “tinieblas palpables”. A las tinieblas llama “noche”, palabra que como “día” ha de significar algo, pues las cosas no pueden tener nombre –para Fredegiso- si refieren a nada, ni mucho menos si son nombradas por Dios mismo.

Tanizaki es mucho menos sustancialista que Fredegiso, prefiere los jardines con umbrosos bosquecillos y rincones oscuros, a esas amplias extensiones de césped que desplegamos los occidentales. A fin de cuentas, por muy blanca que sea una japonesa, sobre su blancura siempre hay como un ligero velo, eso contrasta con la blancura del hombre blanco, “translúcida, evidente, trivial”.

Por fin, el autor lamenta que (ya en los años treinta del siglo pasado) no haya otro país en el mundo que se entregue a tal orgía de luz como las ciudades de Japón, si exceptuamos, claro está, América. ¡Sólo faltaban los anuncios de neón! Hasta Einstein, durante su viaje por allí, reparó en semejante despilfarro. Es una forma de intoxicación tan lamentable como la del ruido (“un altavoz es un azote en sí mismo”), pero somos completamente inconscientes de los inconvenientes del alumbrado excesivo.

También a mí me gustaría resucitar, y no sólo en el ámbito de la literatura, ese universo de sombras que estamos disipando, así que, como Tanisaki, acabo esta recensión apagando mi flexo y mi ordenador, para mirar por mi ventana la sombra de las nubes que pasan sobre la tierra húmeda…

Comentarios

  1. ¡Excelente y poética entrada!Ciertamente es interesante comparar el papel de la sombra y lo velado en Japón y nuestra cultura occidental.Puede que en el fondo se halle el dualismo en el que nosotros estamos instalados,y su difuminación en el mundo oriental.Dentro de su concepción antropológica,el hombre no es solo alma y cuerpo,sino también energía que fluye por nosotros sin pertenecernos,y todo ello con una concepción temporal cíclica,más cercana a la de los antiguos griegos.Por todo ello,las sombras son un grado más de lo existente y no una existencia subsidiaria de lo considerado existente por sí mismo-substancia-,tal como lo entendemos nosotros desde la caverna de Platón.Toda la lectura estética de la sombra que hace me parece sugerente y deliciosa.

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    1. Me encanta eso de la "energía que fluye por nosotros sin pertenecernos", como el espíritu que sopla donde Él quiere. Gracias por el feed-back, Ángeles. Desde luego, no estamos hechos ni para el blanco ni para el negro. Eugenio Trías lo expresa diciendo que somos seres "limítrofes". En cualquier caso nos acercamos a los límites sin poder tocarlos, somos un cuerpo que apenas conocemos y buscamos una luz que, como una lámpara a una polilla, al fin nos consuma o devuelva al infinito. El caso es que convivimos en el gris, claro o marengo. Lo bueno, que el gris combina con cualquier otro color.

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  2. El tema antropológico por excelencia: la diversidad cultural. ¿Qué fuerzas nos han modelado a los occidentales para amar apasionadamente las luces, mientras que Oriente se siente más cómodo en la penumbra? Aunque se trate de una generalización, la contraposición es real y se cuela en todos los resquicios de nuestras respectivas formas de vida. Seguramente ha pesado en nosotros la estrecha asociación de lo divino con lo luminoso. Después, el mercado ha hecho el resto. Así gastamos más. Y la razón por la cual se exporta ese gusto indiscriminadamente a otros pueblos es la bandera del progreso, del que nos hemos arrogado la exclusiva. Me conduelo con Tanizaki cuando reflexiona sobre que las luces potentes vulgarizan el espectáculo de teatro tradicional japonés: los colores pasan de ser sugerentes a parecer chillones. La misma devaluación sucede con el ideal de belleza femenina. Mejor que vender, como ejemplo de modernidad, un consumo desaforado de luz que- sin entrar en implicaciones ecológicas, que serían las primordiales-,destruye la idiosincrasia ajena, haríamos bien en estudiar las posibilidades para equilibrar el espíritu que ofrece el modelo de vivienda del cual habla el texto: esos refinados aseos, purificadores de nuestro residuo animal, o los cuartos de lectura diseñados para inspirar serenas reflexiones.
    Gracias a José Biedma por brindarnos este espléndido artículo, que merece la pena leer y releer despacio para reparar en todos los detalles y disfrutar de su cuidada prosa. Me ha gustado el elegante guiño al nombre de este blog, en el que estamos encantadas de contar con él.

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    1. Gracias, Encarnación. Los escaparatistas saben que lo que más vende es la luz directa sobre el artículo que se ofrece al consumidor. Y las sardinas parecen más frescas si las golpeas con muchos vatios. Pero la luz es también alegría. Si no, que se lo digan a los nórdicos. Comparto la opinión de mi padre sobre Viena; a los dos nos pareció una ciudad mal iluminada. O tal vez su posición oriental haga a los austriacos más sensibles a los románticos encantos de la penumbra... Ahora hay gente que busca zonas poco contaminadas lumínicamente para darse el gustazo de contemplar con claridad ese cielo en el que cuelgan como adornos divinos las estrellas. Me han dicho que en el corazón de Sierra Morena hay una de ellas. No me extraña, ya lo presintió el peregrino y extravagante conde Potocki.

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  3. Tras leer este artículo, Carlos Ferreiro me ha subrayado la intensa presencia de la sombra en el arte occidental, y ambos estuvimos rememorando la estupenda exposición que organizó la Thyssen en 2009, que recorría las metamorfosis de la sombra desde el origen mismo del arte pictórico hasta nuestros días. En la fábula de Butades de Sición ( s.VII a. C.) que narra Plinio el Viejo, la pintura nace cuando la hija de aquel legendario artista plástico dibuja en la pared la sombra proyectada por su amado, que va a partir a un largo viaje, para no olvidarlo. La sombra pintada se constituye así como el modo de recordar el alma de las personas, y esta asociación entre alma y sombra se traslada también a la literatura, como en Adalbert von Chamisso, literato y naturalista del dieciocho, con “La maravillosa historia de Peter Schlemihl”, que vende su sombra-alma al diablo, o después en los líos del Peter Pan de Barrie con su sombra despegada del cuerpo, que le cose la hacendosa Wendy.
    En la tradición judeocristiana se observa que una de las metáforas del paso de Dios en la tierra es su sombra, como sucede en la encarnación pero, en general, en la historia de nuestra cultura ha predominado la asociación entre sombra y muerte, de raíz griega. No en vano el reino de Hades era el reino de las sombras, y así puede apreciarse en la visita de Ulises al inframundo que narra Homero.
    En la pintura renacentista, la sombra penetra como modo de generar perspectivas, aunque indudablemente es en el Barroco en el que eclosiona la sombra con un potente valor pictórico: el chiaroscuro del tenebrismo, especialmente en Caravaggio o Ribera, y también en Rembrandt, que incluso logra potenciar con ella la sensación de paso del tiempo.
    Desde el Romanticismo la sombra adquiere un claro valor negativo, como manifestación de lo siniestro (Goya), pero también es capaz de poner de relieve lo misterioso, lo onírico o los aspectos mágicos que cuestionan nuestra visión científica de la realidad. Así lo vemos en el expresionismo cinematográfico o en el surrealismo, particularmente con Giorgio de Chirico o con el uso del método crítico-paranoico de Dalí. Subyugantes resultan esas sombras de su escenografía en “Recuerda”, de Hitchcock.
    La verdad es que el valor de la sombra en la religión, en el arte y en el gusto estético occidentales tiene sobrado protagonismo por sí mismo y difícilmente puede resumirse, de manera apresurada, en un simple comentario a pie de página.

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    1. Está claro que hay buena o "mala sombra". Y algunos malasombras hay. Aunque gracias a Dios no en esta página. Impresionante la erudición del recorrido que hace Encarnación en su comentario.
      Como ella, en seguida pensé como contraejemplo de la tesis principal en el barroco. El gusto andaluz por el barroco y sus juegos y trampantojos, los encajes de las canastillas de las Vírgenes en sus palios... Confirmaría la tesis orteguiana de que los del Sur del Occidente tenemos un poco de chinos. Y sin embargo, nuestras iglesias son más luminosas que las protestantes. Al menos, desde el gótico.

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  4. Hablando de buenas y malas sombras, me voy a aprovechar de sus conocimientos sobre el campo para que me explique cómo es eso de que unos árboles dan buena penumbra, mientras que dormir la siesta bajo otros te puede sentar fatal. A ver qué principio científico explica ésto, que escuché con frecuencia cuando vivía en Jaén, aunque estoy convencida de que la sabiduría popular jiennense, sedimentada después de experiencias centenarias, está en lo cierto.
    Chinos, no sé si serán los andaluces, pero de raíces orientales, seguro.

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  5. «Hay más misterio en la sombra de un hombre caminando en un día soleado, que en todas las religiones del mundo».Son las palabras de Giorgio de Chirico para fundamentar la sugestiva pintura metafísica, y esa es la frase que también invoca María Lorenzo como guía para El gato baila con su sombra, corto de animación colectivo que ha sido elegido por Fotogramas entre los 99 mejores del año.Aprovecho para felicitarla.

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  6. Gracias Encar. Aprovecho para sumar aquí el link al corto:
    https://vimeo.com/39226286

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  7. “Cuando creo que te has ido
    Negra sombra que me asombras
    De nuevo, al pie de mi almohada
    Tornas haciéndome mofa”
    ¿Qué era esa negra sombra que atormentaba a Rosalía de Castro? Es una figura muy moderna: el fantasma aterrador de la muerte, el remordimiento, la angustia existencial, la soledad, el destino inexorable. Casi puede hablarse de poesía metafísica.
    Karlos Ferreiro me ha reñido un poco por haberme olvidado de mencionar” La mujer sin sombra”, la ópera de Richard Strauss de 1919, con texto del poeta Hugo von Hofmannsthal sobre una pieza de Goethe basada en un antiguo cuento persa. ¡Cuánto viajan las historias entre oriente y occidente! Keikobad, soberano del mundo espiritual y padre de la Emperatriz le revela que no tiene sombra porque no ha tenido hijos, y le concede un plazo perentorio para lograrla. Si no lo consigue, su esposo, el Emperador de las Islas del Sur, se convertirá en piedra. En ese contexto, la sombra simboliza la condición humana. Sometida a las inevitables pruebas, la Emperatriz al final consigue su sombra-alma, salvando con ello a su esposo.

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  8. "En todo estás e ti es todo
    pra min e en min mesma moras,
    nin me abandonarás nunca,
    sombra que sempre me asombras."

    Rosalía. *Follas novas*

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