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domingo, 16 de diciembre de 2018

CUANDO EL SOL SE VA. Ritos y costumbres en torno al fuego en otoño e invierno.


                                                                                         Por Encarna Lorenzo y Marina Ivorra

El fuego es un elemento muy común en las fiestas populares. Es un potente símbolo para representar la luz y el calor del sol, en su aspecto positivo, pero también su poder de destrucción de los espíritus del mal, a la par que su capacidad para regenerar y purificar al hombre, a los animales y a la vegetación. Desde nuestras asépticas y racionalizadas ciudades occidentales, en las que la naturaleza sólo asoma tímidamente en parques y jardines, puede resultar difícil comprender la enorme importancia que tuvo, en el pasado de la humanidad, el entorno natural en el que el hombre se integraba y su absoluta dependencia respecto del clima y el devenir de las estaciones. Aunque el fuego está presente en las fiestas a lo largo de todo el año, su significación cambia entre los meses más fríos del año, en los que probablemente sea más importante y frecuente. En estos tradicionalmente se evocaba el poder del sol para dar vida a la naturaleza, y se realizaban ritos para traerlo de vuelta. Estas ceremonias en su origen fueron mágicas, pero también servían para reforzar los lazos comunitarios.Tales finalidades todavía asoman disimuladamente debajo de los gestos que seguimos realizando en torno al fuego en las distintas festividades. Una que se ha colado por la puerta grande, porque en ella está muy acentuado el aspecto tecnológico con el que caracterizamos a la modernidad, es el encendido de espectaculares luces en las grandes ciudades. Aunque este vistoso evento lo capitaliza el mercado para dar el pistoletazo de salida a las compras navideñas, en realidad es la versión 2.0 de los tradicionales fuegos del invierno. Aunque en muchos casos de estas costumbres hemos perdido el hilo que permite interpretar sus significados, cómo han evolucionado y por qué, en nuestro panorama racionalista el fuego, ya sea en forma de llama o de luz eléctrica, todavía apela a nuestra memoria colectiva por su alto poder simbólico.
Neones y árboles, tradición y modernidad

I. LOS FUEGOS DEL OTOÑO

Baile de diablos: correfocs 


El correfoc es una manifestación popular catalana, balear y valenciana, en la que un grupo de personas disfrazadas de demonios desfilan por las calles de un municipio corriendo, bailando y usando todo tipo de pirotecnia.
Los diablos y el resto de monstruos, incitan a los espectadores que se unan a ellos en un baile de fuego. Desciende del ball de diables (baile de diablos) ya documentado en el siglo XII en Cataluña. Su origen es incierto pero parece ser que deriva del teatro medieval callejero, transmitiéndose a lo largo de los siglos por vía oral. Se cree que los diablos actuaban para la nobleza, a la que entretenían con su danza mientras ellos disfrutaban del banquete. Es por eso, que el ball dels diables era considerado un “entremés”, pues el espectáculo tenía lugar entre plato y plato de los banquetes.  La síntesis del ball de diables es una representación teatral de lucha contra el bien y el mal. En sus inicios, el espectáculo simbolizaba la lucha de San Miguel durante la fiesta del Corpus Christi. Su contexto escénico también fue utilizado en las procesiones eclesiásticas como apañamiento para dar un aspecto más ceremonioso y espectacular. Los diablos encabezaban la comitiva para anunciar la llegada de la procesión. De forma estrepitosa y ruidosa apartaban el público asistente abriéndose paso en la procesión, en la que ellos representaban a los personajes malignos.
No obstante, el ball dels diables podría tener raíces paganas, siendo su origen los antiguos rituales que los campesinos realizaban en honor a las divinidades de la fertilidad, para que éstas purificaran sus tierras, fertilizando así las cosechas y los ganados.
La primera referencia escrita sobre el ball de diables, según Joan Amades, data del año 1150. El acto fue representado en el banquete de boda del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV con la princesa Petronila, hija del rey de Aragón. La crónica nos dice que representaba la lucha de unos demonios, dirigidos por Lucifer, contra el Arcángel San Miguel y una cuadrilla del ángel. La segunda referencia escrita que conocemos, citada en El Libro de las Solemnidades de Barcelona, es de las fiestas del año 1423 rememorando la venida a Barcelona del rey Alfonso V de Aragón, procedente de Nápoles.  También en Cervera participaron los diablos para las fiestas del Corpus en el año 1426. Otra vez en Barcelona, con motivo de la llegada del duque de Calabria en septiembre de 1467, se organizaron unas fiestas donde los diablos también estuvieron presentes. A principios del siglo XV, en las procesiones del Corpus de Barcelona, se clausuraba la comitiva con un entremés, formado por una cuadrilla de ángeles y otra de demonios.

San Miguel (29 de septiembre)
En Tragacete, un pueblo de la abrupta serranía conquense, se celebraba la fiesta de las Torras. Aunque su fecha de inicio es incierta, se asocia a San Miguel porque se le quiso brindar al patrón de las batallas una victoria de las tropas cristianas contra los árabes durante la Reconquista. El festejo consistía en hacer una inmensa hoguera en la parte más elevada del pueblo, en cuyas brasas se asaba una res vacuna hasta "torrarla", mientras en torno al fuego todos los lugareños cantaban, danzaban el ancestral baile de las Torras y celebraban un gran banquete.
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Festival céltico de Halloween en Edimburgo
Frazer establece una distinción muy interesante entre el calendario de los antiguos celtas y el de otras celebraciones pirofóricas. Así, mientras que para los pueblos agrícolas el año se articulaba en torno a dos momentos fundamentales, la siembra en otoño y la recolección en primavera-verano, los celtas tenían dos momentos clave diferentes a lo largo del año, separados por un intervalo de seis meses, relacionados con el pastoreo, al que fundamentalmente se dedicaban. Para ellos, el año comenzaba el 1 de noviembre, Halloween, momento de la estabulación de los ganados, y la siguiente gran festividad, cuando sacaban los animales de nuevo a pastar, era la de Beltane, en honor del dios Belenos, el día 1 de mayo y que consiste en otra fiesta de los espíritus ( la noche de Walpurgis en la tradición germánica). Con los primeros fríos, los celtas creían que las almas de los difuntos, que hasta entonces habían estado vagando invisibles por los campos, se apresuraban a volver a sus antiguos hogares para calentarse. Era el momento de encender el fuego nuevo, en el día de Todo lo Sagrado, para que extendiera su influencia benefactora a lo largo del año, y también era el tiempo que consideraban más propicio para realizar rituales adivinatorios.


Fiesta de Walpurgis en Alemania
Para la tradición germánica esos espíritus se liberaban en los doce días que median entre la Navidad y la Epifanía.Según una costumbre muy arcaica, en los pueblos septentrionales se golpeaban los árboles en invierno para despertar al espíritu dormido de la Naturaleza. Por otro lado, los fuegos que encendían aquellos adoradores del sol, quemando el roble sagrado, se relacionaban también con el culto a los difuntos. Creían que, en ese período, sus almas podían volver entre los vivos durante un día y encendían hogueras para ayudarles a encontrar sus casas. Con el cristianismo se situó la festividad tradicional de los difuntos a primeros de noviembre, en línea con las costumbres célticas, para distanciarla convenientemente de la Natividad de Jesús, mientras que los pueblos del norte celebraban el retorno de los muertos en el solsticio de invierno. Sin embargo, como si fueran islas extrañas, quedaron restos de ese antiguo calendario germánico enclavados en el seno del santoral cristiano. En Leganiel, Cuenca, durante la fiesta de las Carátulas o Calenturas, en Nochebuena, era costumbre que dos hombres disfrazados con trajes de colores y portando cencerros recorriesen el pueblo ocultos bajo feas caretas y provistos de palos para perseguir a los muchachos, haciendo una colecta por los difuntos al grito de "¡Animas!".

II. LOS FUEGOS DEL INVIERNO


En Cataluña perdura una antigua costumbre navideña, el Tió de Nadal o tronco de Navidad. Bajo la apariencia actual de un simple divertimento infantil, en realidad se remonta a la noche de los tiempos, como resalta P. Rodríguez en Mitos y tradiciones de la Navidad. Este ritual agrario tradicional, que se practicaba también en otros rincones de España, se perdió al desaparecer los hornos de leña en las casas de las ciudades, aunque está empezando a recuperarse. 

Una bonita casa de muñecas recrea la escena del hogar con el Tió aporreado por el niño
Hasta hace 40 o 50 años, el momento más esperado de la Navidad era el encendido de un gran tronco en familia. Al principio tenía lugar en la Nochebuena, mientras los payeses esperaban para asistir a la Misa de Gallo, y después se trasladó a la mañana del día de Navidad. Se lo abrigaba con una tela (lo que a mí me recuerda el ritual de Atis en los cultos de Cibeles) y, sin que lo viesen los niños de la casa, se escondía en algún hueco del tronco dulces, turrón, vino y regalos. Después llamaban a los más pequeños que, aporreando el tronco con un bastón, conminaban al tió a “cagar” y “pixar” sus tesoros al son de esta famosa canción (hay otras versiones parecidas): “¡Tió, Tió, caga torró, d´ aquell tan bò. Si no en tens més, caga diners. Si no en tens prou, caga un ou. Caga tió!” Después se colocaba el tronco al fuego para que ardiera lentamente, guardándose un trozo al que se atribuía el poder de proteger la casa contra rayos e incendios, favorecer las cosechas y librar a los hombres y animales de enfermedades y hasta del diablo. Ese talismán se echaba al fuego en el año siguiente, representando la continuidad inacabable de esa protección.


Esta tradición del leño pascual estuvo muy extendida por Alemania, Francia, Flandes y en el condado de Berry, Inglaterra. Su finalidad era una cremación a cámara lenta del tronco. Los restos, convenientemente pulverizados, se esparcían por los campos en las doce noche siguientes, ese periodo sacro para los germánicos, con el fin de favorecer el crecimiento de la mies y evitar las temidas plagas. También creían que los restos del tronco pascual les protegerían de los sabañones y las dolencias de garganta, y que propiciarían la fertilidad de las vacas si los mezclaban con el agua de los bebederos. En Westfalia sacaban el tronco o Christbrand cuando ya estaba ligeramente carbonizado y lo guardaban con sumo cuidado para sacarlo durante las tormentas con rayos, con el fin de que el espíritu benefactor del tronco los protegiese. Se trata de la pervivencia de las viejas creencias arias, que consideraban el roble como la encarnación del dios del trueno.
En Inglaterra, el día de Nochebuena encendían un monumental cirio con el fuego del leño pascual, para iluminar la casa y hacer simbólicamente de la noche el día. Para ello utilizaban un fragmento del leño del año anterior, guardado para esa ocasión, el cual creían que también les protegía contra el demonio. Ese elemento que conecta un año con otro resalta el carácter cíclico de las estaciones, un tiempo que retorna continuamente, lo que contradice la visión lineal de la historia en el pensamiento cristiano. También utilizaban ese leño ardiente para fines adivinatorios: creían que obtendrían tantas crías como chispas saltasen al golpearlo.
                                                         

Junto a la fiesta del tronco de Nadal en Cataluña, en la España rural había otras ceremonias navideñas de índole diferente, aunque también relacionadas con el ciclo ígneo del invierno. Así, en Parra de las Vegas, Cuenca, se celebraba la Fiesta de los Mozos los días 25 y 26 de diciembre. Aparte de la alternancia en el poder de jóvenes y casados y de las comidas y diversiones comunitarias, me interesa destacar en ella, por su directa conexión con rituales que estuvieron muy extendidos en la Europa central, el hecho de que fabricaban un gran manojo de esparto, lo colocaban en lo alto de un palo y lo quemaban, paseándolo por la noche entre los animales de yunta o las mulas.

Fuegos de San Antón (17 de enero)
Con ocasión de la festividad de San Antón Abad, el 17 de enero, tiene lugar una fascinante celebración en la que el elemento clave son las relaciones entre los humanos y los animales de su entorno, y en la que el fuego cumple una finalidad purificadora. En estos festejos, muy extendidos por toda la geografía española, el componente comunitario es muy intenso: los vecinos cantan, bailan y comparten alimentos, estrechando lazos alrededor de las hogueras. En sitios como Jaén y Granada se aprovecha la poda del olivar para prender la lumbre. Se elaboran dulces típicos y se comen los productos de la matanza. En algunos lugares, como Níjar (Almería), se lanzan petardos, parece que como recuerdo de las revueltas moriscas o bien por influencia de los repobladores de origen valenciano.


El carácter de rito purificador resulta muy patente patente en las espectaulares Luminarias de San Bartolomé de Pinares, en Ávila. La víspera de San Antón se concentran los jinetes a lomos de sus caballos y, tras los mayordomos, el séquito de cabalgaduras recorre las calles del pueblo atravesando las hogueras para purificar a los animales.
En la provincia de Cuenca era costumbre recoger por las casas los utensilios de madera deteriorados, que se arrojaban al fuego para engrosar los enormes montones de leña, ramas y troncos con el fin de honrar al patrón de los animales, tan importante para asegurar la salud de las bestias de carga y los animales de granja, esenciales para la subsistencia en el mundo rural. Este ha cambiado enormemente al sustituirse la tracción animal por la maquinaria, y sus fiestas, salvo excepciones, ya sólo son el residuo nostálgico de un pasado en el que tenían pleno sentido estos rituales.

San Sebastián (día 20 de enero)
En Culebras, Cuenca, que hoy forma parte de Villas de Ventosa, la víspera del Santo preparaban en cada casa ramas verdes de las sabinas, que producen un humo oloroso muy agradable. La hoguera se encendía en la mañana del día 20, procurando no producir llamas sino tan sólo una gran cantidad de humo. También paseaban una rama prendida por las habitaciones para inciensarlas. Después salía la procesión y el santo debía atravesar el lugar donde se concentraba la mayor cantidad de humo. Se dice que el origen de esta fiesta fue una terrible epidemia en un pueblo vecino. Los habitantes de Culebras los socorrieron pero a costa de contagiarse ellos mismos, lo que diezmó la población. Por ello hicieron una rogativa a San Sebastián y quemaron sabinas para desinfectar el ambiente, lo que se venía recordando ritualmente cada año.

Candelas en Zulema la Real, Huelva
La Candelaria (día 2 de febrero) y San Blas (día 3 de febrero)
En la antigua Roma se celebraba una procesión en la fiesta de las Candelas durante las Lupercales. El calendario cristiano, en cambio, recuerda en estas fechas la Presentación del Niño Jesús en el templo de Jerusalén y la purificación de María después del parto, según los ritos previstos en el Levítico 12,1-8.
La luz tiene un potente simbolismo cristológico, pues la figura de Jesús se presenta como la Luz del Mundo, venida para disipar las tinieblas. Pero en el ámbito popular el fuego vuelve a ser el protagonista de estos rituales comunitarios, con sus alegres bailes, cantos y banquetes, especialmente en Andalucía, Extremadura o Castilla. También en estas fiestas se aprovecha para quemar los restos de la poda . 


En Adamuz, provincia de Córdoba (arriba), los jóvenes saltan por encima de las candelas prendidas con romero. Como se chamuscan, les llaman "culiquemaos". Luego comprobaremos cuánta importancia tiene este pequeño detalle.
 En Polícar (Granada), en las vísperas de San Antón, de la Candelaria y de San Blas, la gente recoge leña para hacer “chiscos” u hogueras, alrededor de los cuales los vecinos se reúnen para comer y beber.



En Almonacid del Marquesado, Cuenca (arriba), se festeja a San Blas con la peculiar fiesta de la Endiablada. Se dice que tiene su origen en los albores del cristianismo pero su procedencia puede ser muy anterior. María Luisa Vallejo, en el libro Costumbres populares conquenses, cuenta que intervenían todos los vecinos del pueblo, incluso los niños, vestidos de negro, para representar a los diablos con la cara y las manos tiznadas, luciendo un enorme rabo y dando saltos y bailando incluso dentro de la iglesia. Como otros personajes luciferinos, llevan una porra y grandes cencerros a la cintura, que tocan ininterrumpidamente desde el anochecer del día 1 de febrero hasta la noche del día 3. En la Iglesia tiene lugar una ceremonia de purificación: los diablos rezan oraciones a la Virgen y la procesión de las antorchas alude a la luz de Cristo. También agradecían con esta fiesta a San Blas su ayuda durante una epidemia de garganta en el siglo XIII.



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