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viernes, 23 de octubre de 2015

LAS HERMANDADES DE LA ORQUÍDEA DORADA. Una utopía de solidaridad femenina en la China milenaria

Desde principios del siglo XIX y a lo largo de más de 100 años, en un área localizada de la provincia de Kwangtung o Guangdong, en el sur de China, un grupo de mujeres trabajadoras en la industria de la seda organizaron asociaciones para el cuidado mutuo, las Hermandades de la Orquídea Dorada (chin-lan hui), y decidieron vivir de espaldas a los hombres. Ello sucedía de dos formas distintas: algunas jóvenes contraían entre sí un vínculo análogo al conyugal mediante un ritual de peinado que se asemejaba al que precedía al matrimonio heterosexual; otras mujeres, casadas, se negaban a convivir con el esposo y su familia. El resultado, en la práctica, era el mismo: una organización social casi utópica de mujeres que, gracias a sus salarios, podían prescindir de matrimonios que consideraban opresores. Vivían en pareja o como amigas, disfrutando de una solidaridad que les garantizaba la subsistencia para sus años de ancianidad, cuando ya no podrían seguir trabajando. Pero lo más sorprendente de esta insólita situación fue que esas relaciones homoeróticas entre mujeres no eran clandestinas. Por el contrario, contaban con la general aceptación social e incluso eran alentadas por las familias de las jóvenes.
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En esta exposición seguiremos el estudio pionero realizado por la antropóloga Marjorie Topley en la década de los años 50 en Singapur y en 1973 en Hong Kong. No obstante, añadiremos las matizaciones que Janice Stockard realiza a su trabajo en cuanto a la segunda modalidad, las casadas opuestas al matrimonio.


¿Cuáles fueron las condiciones que permitieron esta comunidad de mujeres resistentes durante más de un siglo?  Y, sobre todo, si la producción sedera se daba en toda China, ¿por qué se produjo este extraordinario fenómeno principalmente en la provincia de Kwangtung y no en otros lugares del país? Las Hermandades de la Orquídea Dorada fueron tan extraordinarias pero tan localizadas que merece la pena que profundicemos con detalle en los factores que contribuyeron a su desarrollo. Nos permitirán deducir interesantes conclusiones acerca de la historia de la homosexualidad femenina.

1)La ceremonia del peinado
En la China tradicional era costumbre que las mujeres que iban a contraer matrimonio realizaran un ritual de paso que marcaba su entrada en la madurez. Consistía en que la novia cambiaba sus largas trenzas de la niñez por un moño. Con ese peinado recogido señalaba públicamente que ya no estaba sexualmente disponible. Para ese peinado recibía la ayuda de una anciana que hubiese tenido muchos hijos, un acto de magia simpática que tenía lugar en el día señalado por los astros como el más propicio. Después del peinado seguía un banquete en el que la novia recibía  regalos como té y pasteles. A partir de aquel momento la familia de la joven dejaba de tener la obligación de cuidarla, de manera que ya no podía reclamarles que continuaran manteniéndola.


También las jóvenes que decidían unirse a otra mujer realizaban un ceremonial semejante. La enamorada enviaba un regalo a su amada y, si esta lo aceptaba, significaba que estaban dispuestas a pasar sus vidas juntas. Antes de pronunciar el juramento ante la deidad tutelar, los espíritus de los antepasados y los testigos de que nunca se casarían con un varón, llevaban a cabo su particular versión del ritual del peinado, lo que hizo que se conociera a estas resistentes como “las mujeres que peinan su pelo” (tzu-shu-nü). En este caso, la anciana que ayudaba al peinado debía ser célibe.
El voto de soltería era vinculante hasta un punto tal que cuesta comprenderlo desde nuestra mentalidad actual. Era así porque las jóvenes pronunciaban un solemne compromiso ante la diosa. Retractarse suponía arriesgarse a los terribles castigos del Cielo y de la propia colectividad de las “hermanas “, que golpeaban y humillaban a la ofensora. Una vez unidas, las “hermanas” se convertían cada una en la sombra de la otra, siempre juntas.
Después del peinado seguía también un banquete en el que las “hermanas” recibían dulces y paquetes de dinero de sus amigos, parientes y vecinos. A veces se les entregaba el dinero ahorrado para sus dotes, puesto que ya no lo necesitarían, y lo guardaban para pagar su alojamiento, cuando ya no pudieran trabajar, en las casas reservadas para las tzu-shu nü conocidas como “casas de solteras” (ku-p´o wu) o “casas de las hermanas” (tzu-mei wu). Estas constituían un sistema muy bien organizado de cobertura social en un momento histórico y en un país en que no existía el seguro de vejez. 

Casas vegetarianas
Las “hermanas” se solazaban con la amistad femenina, que consideraban más dulce y suave que el trato con los rudos varones y las odiosas suegras, quienes no dudaban en obligar a las esposas frígidas a tomar amargas medicinas para cumplir su obligación de traer hijos al mundo. Estos perpetuaban el linaje y constituían la mano de obra necesaria para las empresas familiares. Las “hermanas” que escapaban de ese destino inexorable de madre y esposa también se despreocupaban del temor a morir de sobreparto y, además, podían disfrutar libremente de su autonomía e independencia económica para viajar y mejorar su educación.
Las “casas de solteras” estaban rodeadas de una parcela de tierra de labor en la que trabajaban las “hermanas” que estaban retiradas de la vida laboral activa. Con ello colaboraban a su subsistencia,  aunque la obligación básica de mantenerlas corría a cargo de sus compañeras más jóvenes. Algunas de estas casas de retiro estaban organizadas por linajes.


Pero durante sus años laborales activos, antes de residir en las casas de retiro, las “hermanas “solían compartir una habitación alquilada en las ciudades próximas a las hilaturas donde trabajaban. En estas residencias urbanas a menudo también se organizaban para ahorrar gastos y guardar para cuando llegasen sus años de jubilación. Para ello realizaban aportaciones mensuales a un fondo común con el que pagaban las celebraciones festivas, los gastos para entierros y hasta las asistencias urgentes que precisaban las familias de las “hermanas”. Si llegaban a ahorrar lo suficiente, se retiraban alrededor de los 40 años y adoptaban a una “mei-tsai”, una joven a la que instruían en sus creencias para que siguiera los pasos de sus “madres” y cuidara de ellas en su vejez. No debemos pasar por alto el adelanto histórico que representaba esta adopción por una pareja homosexual femenina.

2) Las mujeres casadas _
Marjorie Topley señaló una segunda vía de resistencia al matrimonio entre las mujeres casadas que se negaban a convivir con el marido, pu lo-chia, aunque en realidad ello fue el resultado de las peculiares costumbres matrimoniales en el delta del Cantón, como pone de manifiesto Janice Stockard. Mientras que en el resto de China la costumbre tras el matrimonio era que la esposa convirtiese inmediatamente con la familia del esposo (residencia virilocal), aquí el patrón era demorar esa convivencia durante unos tres años. El desarrollo de esa costumbre se encuentra directamente relacionado con el valor de la mujer como fuerza de trabajo en el mercado laboral. Visto que la joven trabajadora, una vez casada, debía aportar sus ganancias para sostener al esposo y su familia, los ancianos que arreglaban las bodas comenzaron a buscar para ello chicas cada vez más jóvenes, de manera que pudieran trabajar un número mayor de años antes de procrear, idealmente a partir de los 20 años. También se aseguraban de que entre los novios hubiese una diferencia al menos de tres años: habitualmente la novia tenía 16 años y el novio 13 o 14,  diferencia que favorecía que se dilatara en el tiempo la consumación del matrimonio. Por ello, la joven partía para la boda con el cuerpo fuertemente vendado bajo la túnica roja de la buena suerte y, con ese mismo fin de prevenir un embarazo temprano, tomaba medidas para restringir la micción y hasta utilizaba encantamientos y sortilegios mágicos. A los tres días de la ceremonia la recién casada volvía a casa de sus padres, en principio para una simple visita de cortesía pero lo habitual en el área del Cantón es que la residencia natolocal se prolongase durante unos tres años. En ese período la esposa sólo acudía a la casa del marido en las celebraciones festivas, siempre con gran cuidado para prevenir un embarazo. Con ese fin hasta permanecían despiertas toda la noche sentadas en una silla. Y es que la “etiqueta” social prescribía que la recién casada no debía quedarse encinta en ese plazo de espera porque ello revelaría un inadecuado interés en cortar lazos con su propia familia y en pasar al linaje del marido. Incumplir tales reglas la expondría además a las burlas de sus amigas.
Por otro lado, los matrimonios arreglados y la forzada convivencia con extraños en posición dominante, como el esposo y la suegra, favorecían mucho el interés de las jóvenes por retrasar el nacimiento de los hijos. Mientras tanto, podían trabajar y disfrutar de su independencia. Algunas mujeres encontraban en esta experiencia tan atractiva y liberadora que decidían no consumar finalmente el matrimonio y no volver jamás con la familia del esposo, o hacerlo sólo cuando ya había pasado la edad de procrear. Eso sí, la esposa debía proporcionar al marido un “matrimonio de compensación”, es decir, comprar una concubina para que la sustituyera en el débito conyugal, y abonar no sólo los gastos de mantenimiento de la familia del marido sino también los de la concubina y sus hijos. Estas concubinas se reclutaban habitualmente entre las criadas de la propia casa o bien entre las hijas de familias pobres.
Podemos imaginar fácilmente cuán odioso debía de resultar el matrimonio para la mujer china, hasta el punto de que prefiriese trabajar para mantener a un número tan elevado de personas (suegros, esposo, concubinas e hijos) antes que confinarse entre los muros de la casa familiar del marido. No sólo se trataba de la tiránica suegra sino de que el marido solía instalar a las concubinas en la propia casa, con las consiguientes disputas domésticas entre las mujeres y sus hijos.
Mujeres chinas fabricando la seda
Otras posibilidades dirigidas a esa estrategia liberadora de la mujer  en el delta del Cantón fueron casarse con hombres que trabajaban en ultramar, o que se dedicaban a la pesca, o incluso moribundos. Estos carecían de descendencia, por lo que se truncaría su linaje. La esposa debía adoptar a un hijo para continuarlo pero, a cambio, se liberaba de la convivencia marital. Hasta se casaban por poderes con maridos ausentes, quienes eran representados en la ceremonia por un gallo blanco.
Las casadas de la resistencia solían habitar en los salones vegetarianos junto a otras mujeres separadas y viudas. Su vida era muy similar a la que se hacía en las casas de las solteras. Las pu lo-chia también se comprometían a ayudarse mutuamente, rechazando a los maridos que tomaba concubinas, denunciando estas situaciones vejatorias para la mujer y apoyando a las que tenían que soportarlo.


3) El medio ambiente. Los factores económicos y sociales
Es muy interesante el estudio que realiza Marjorie Topley de los factores ecológicos, económicos, sociales e ideológicos que hicieron posible este extraordinario florecimiento de la amistad y solidaridad femeninas. Los abordaremos de manera sucinta.

Fabricando seda

El núcleo principal de las mujeres resistentes era una pequeña zona rural en el delta del Cantón, bien comunicada por vías fluviales y con una alta densidad de población. Es un terreno poco apto para el arroz pero, en cambio, muy apropiado para la pesca y el cultivo de las moreras. En un clima subtropical como este las plantas estaban muy pobladas todo el año, permitiendo de 6 a 7 crianzas de gusanos de seda al año, mientras que en otras regiones sólo se conseguían dos cosechas. La producción sede era, por tanto, muy elevada. En la floreciente industria textil de principios del siglo XIX, que necesitaba gran cantidad de mano de obra femenina en sus diferentes etapas, un número creciente de jóvenes se abrieron camino a una vida profesionalmente independiente mediante un trabajo bien remunerado fuera de la esfera doméstica.
Hubo también dos factores sociales decisivos: en aquella singular área eran poco frecuentes tanto el infanticidio femenino como el vendado de pies (sobre esta mutilación y sus terribles consecuencias podéis leer en este enlace: http://anthropotopia.blogspot.com.es/2012/12/pies-de-loto-dorado.html
 ). Sin duda ambas situaciones estaban relacionadas con el reconocimiento del valor productivo de la mujer como trabajadora.
Solo las jóvenes que no tenían que trabajar podían tener pies de loto
Por otro lado, las solteras eran más demandadas en la sericultura puesto que no tenían que dedicar tiempo al cuidado de sus hijos, al contrario de lo que sucedía con las casadas. También estas estaban sometidas a ciertos tabúes que les impedían trabajar a lo largo de amplios periodos: durante el embarazo y tras el nacimiento (del quinto mes hasta 100 días después del mismo) se consideraba que estaban contaminadas y que podían dañar a los gusanos. De igual modo creían que el cuidado de los capullos y el hilado eran trabajos “húmedos” que perjudicaban la fertilidad. En definitiva, la soltería femenina acabo viéndose en la región de Guangdong como un ideal social deseable. Ello contradecía abiertamente los valores confucianos tradicionales, que relegaban a la mujer al papel de madre y esposa, permanentemente confinada en el hogar y sometida a las opresivas suegras. Y es que, como ya se ha indicado, la mujer casada en China perdía el vínculo con su familia consanguínea cuando se trasladaba a vivir con el marido (residencia virilocal). Una vez que tenía hijos, la mujer se integraba definitivamente de la familia del esposo, perdiendo sus lazos de parentesco de origen.


4) Las causas ideológicas
Otro dato muy importante que destaca Marjorie Topley es la división espacial del trabajo en Guandong. Las mujeres vivían en las aldeas, mientras que los hombres residían fuera de las mismas trabajando en las granjas, en la pesca y en  las primeras fases de la crianza de los gusanos de seda. En las aldeas las jóvenes núbiles habitaban en una vivienda especial, la “casa de las chicas” (-wu o nü-chien), un rasgo peculiar de Guangdong, puesto que en otros sitios las casas comunes solo eran para los varones solteros.
 Cada linaje tenía su propia casa junto a un santuario y alojaban a las solteras y a las mujeres visitantes. Las jóvenes que iban a contraer matrimonio también debían residir allí obligatoriamente un período, porque se consideraba infausto que salieran directamente de su hogar para ocupar un lugar en la casa del marido. Se trataba de otra práctica mágica con la que pretendían garantizar que los hermanos de las contrayentes, a su vez,  trajeran esposas que llenaran el hueco dejado por las hermanas en la familia. Esas casas de chicas sirvieron de fermento para las Hermandades de la Orquídea Dorada. Eran el lugar en el que permanecían hasta casarse o pronunciar sus votos de soltería. En ellas la convivencia femenina se veía acompañada de prácticas religiosas en común, como visitar templos o acudir a las representaciones teatrales durante los festivales religiosos. En la región de Shun-Te había numerosos conventos budistas y otras instituciones en que las mujeres laicas podían vivir en celibato. Se trata de las  “casas vegetarianas” o chai t´ang, en las que predominaban las seguidoras de diversas sectas semisecretas de una religión sincrética llamada Hsien-t´ien  Ta taoEl Gran Camino del Primer Cielo. Estas sectas llegaron a Guangdong, a mediados del Siglo XIX, procedentes de otras áreas menos tolerantes con la heterodoxia del norte de China, de donde habían sido expulsadas. Se trataba de una religión mesiánica y milenarista cuya doctrina resultó muy atractiva para las mujeres de Guangdong porque armonizaba perfectamente con sus inquietudes personales. En el seno del Gran Camino era costumbre ofrendar a la diosa madre, su deidad suprema, a las niñas que habían venido al mundo con mal sino, es decir, cuyo horóscopo no auspiciaba el matrimonio. Los fieles de ambos sexos de esta religión oraban juntos, lo que potenciaba el sentimiento de igualdad entre ellos, e incluso alguna de las sectas estaba íntegramente gobernada por mujeres.

Kuan Yin
Entre las fieles era muy popular un libro que relataba la historia de Kuan Yin, diosa de la compasión. La leyenda contaba que fue una princesa que huyó para convertirse en monja contra la voluntad de sus padres, pues no quería que nada interfiriera en su devoción. Su ejemplo incentivó a las jóvenes a desafiar el matrimonio, que cada vez se veía menos en Guangdong como una obligación preceptiva. La alfabetización de las mujeres en Shun- te era muy elevada. Las jóvenes leían textos piadosos con ejemplos de mujeres valerosas que se atrevían a vivir una vida de virtud lejos del matrimonio. Hasta se aceptaba el valor moral del suicidio para preservar la pureza. De hecho, la castidad se consideraba el modo idóneo para evitar la polución cósmica. De acuerdo con las creencias de la religión Hsien-t´ ien, el nacimiento es un pecado contra el cielo por el cual las mujeres han de ser castigadas tras su muerte, enviándolas a una charca repleta de los fluidos repugnantes del parto. Sólo podrían ser rescatadas de ese inmundo lugar por medio de la virtud o bien manteniéndose célibes.
 Otra singular creencia, relacionada con la reencarnación, reforzaba la opinión favorable a la unión de las “hermanas”: dos seres estaban predestinados a unirse siempre en cada una de sus vidas. Pero podía suceder, sin embargo, que la pareja predestinada no fuera, en una determinada reencarnación, del sexo opuesto sino del mismo, por lo que su unión en hermandad se consideraba adecuada. Se trataba de una explicación cultural para la atracción homoerótica. Marjorie Topley, una antropóloga con gran valentía en un momento en el que el lesbianismo era un tema tabú, probó que las “hermanas” no solo vivían en común sino que mantenían relaciones sexuales: utilizaban un consolador de seda relleno de tofu, lo que pudo confirmar un forense a finales de los años 1950. 


Para aquellas mujeres resistentes vivir en las “casas vegetarianas” resultaba otra excelente solución. Allí no estaban confinadas, como sí sucedía en los monasterios budistas, y tampoco se les obligaba a llevar vestimenta religiosa ni a raparse la cabeza, formas simbólicas de suprimir su feminidad para la aceptación social de la huida del matrimonio. En la práctica, las “casas vegetarianas” podían resultar indistinguibles de las “casas de solteras”. En estas también se celebraban ceremonias, aunque la comida vegetariana no era un requisito indispensable.
 La pertenencia de las mujeres laicas a las casas de orientación religiosa también  les permitía convertirse en antecesoras reverenciadas por sus discípulas, y hasta podían mejorar de rango para su siguiente reencarnación. Esa gran dignidad permitía a estas mujeres escapar de los valores patriarcales de la cultura dominante, que consideraba que nacer mujer era una desgracia para la familia y que sólo eran útiles como moneda de cambio para matrimonios que las convertían en auténticas esclavas despersonalizadas. Todo ello era consecuencia de la cadena de valores negativos asociados al yin. Pero a esa dignidad suprema para una mujer sólo podían acceder las solteras o las casadas sin hijos.

Ancianas de la resistencia
El elevado número de mujeres viviendo y trabajando en las ciudades coincidió también con una amplia inmigración masculina hacia Singapur, Hong Kong y Malasia, porque había pocos trabajos industriales para los hombres. Por tanto, el volumen de posibles candidatos para el matrimonio se redujo de manera significativa. La consecuencia fue que miles de familias campesinas pasaron a depender enteramente de los ingresos que obtenían las esposas o las hijas y, por ende, estaban muy interesadas en que mantuvieran ese trabajo y el sistema de vida y creencias asociado al mismo.

La convivencia cotidiana de las jóvenes durante los trabajos en la producción sedera, la fe común en la diosa de la compasión y la participación en ceremonias colectivas favorecía la sororidad, haciendo más y más atractivo el juramento de hermandad (shuang chieh-pai).
Ha de destacarse una razón ideológica más: las jóvenes solteras no podían residir con sus familias de origen, porque una vez alcanzada la madurez se consideraba que ya no seguían perteneciendo a las mismas. Ello era el correlato necesario de que la mujer tenía un único destino aceptable, casarse y pasar a la familia del novio. Las únicas alternativas eran convertirse en prostituta, alcahueta o comadrona, profesiones todas ellas relacionadas con el sexo. La solidaridad de la Orquídea Dorada rompió ese círculo inexorable durante un larguísimo período. No obstante, las resistentes de Guangdong nunca pretendieron cambiar el mundo ni a sus semejantes. No se preocuparon por el destino de sus compañeras de sexo oprimidas en el resto de China y no pensaron en utilizar su enorme potencial revolucionario para transformar la opresiva sociedad en la que vivían. Por ello no debería extrañarnos lo fácilmente que la historia olvidó esta experiencia heterodoxa.


5)El final de la resistencia
Hacia 1920 la industria sedera comenzó a declinar en China, primero por la competencia extranjera y después por la depresión que afectó a todos los mercados mundiales. Los ingresos de las trabajadoras de la seda se redujeron y ya no pudieron mantener su sistema de vida propio en casas vegetarianas o de solteras. Hacia 1935 la crisis alcanzó su punto culminante, llevando a que en algunas áreas se cerrasen todas las hilaturas. Las jóvenes solteras tuvieron que buscar trabajo como empleadas de hogar en otros lugares de la propia China y, más tarde, en Malasia y Singapur. Cuando Japón tomó Cantón en 1938, muchas mujeres núbiles intentaron escapar de la explotación sexual que les esperaba residiendo en casas vegetarianas. Después de que los japoneses abandonaran China, sucedió otra catástrofe: el gobierno del Ejército Rojo, que consideraba a estas resistentes al matrimonio como ideológicamente reprobables, una perversión capitalista y contrarrevolucionaria, de manera que las casas fueron poco a poco desapareciendo. La República Popular obligó a las solteras a retornar con sus familias, pero otras prefirieron emigrar y no regresaron jamás a China. En sus lugares de acogida intentaron perpetuar su peculiar modo de vida. Alquilaban una habitación y organizaban sus clubs de ayuda, pero fracasaron en el intento de que las hijas adoptivas siguieran sus pasos. En una película rodada en Hong Kong en los años 50 una de estas jóvenes adoptadas declaró ante la cámara que no deseaba realizar los votos porque consideraba que el estilo de vida de su “madre” estaba pasado de moda y que era supersticioso rechazar el matrimonio por el temor al castigo de los dioses. Por aquel entonces las mujeres casadas podían aspirar a una existencia más digna que en el pasado. En definitiva, las circunstancias económicas, sociales y religiosas que propiciaron las Asociaciones de la Orquídea Dorada habían desaparecido y ya no volvieron a darse. Los dramáticos acontecimientos de la crisis mundial de los años 30 de la pasada centuria, los enfrentamientos bélicos y la Revolución Cultural de Mao extendieron un espeso manto sobre aquella increíble etapa histórica, cuyo inicio algunos remontan al comienzo de la dinastía Qing en 1644 y que, en su momento culminante, se refería a un colectivo de unas 100.000 mujeres, según los datos que proporciona  Carolyn Gage.
 Los estudios que pudieron realizarse sobre las mujeres emigradas en realidad no se referían a su resistencia al matrimonio, de ahí que la información acerca de las relaciones sexuales entre las “hermanas” sea verdaderamente escasa. No obstante, no puede negarse su evidencia.


Por cierto, no se ha ofrecido una explicación definitiva a por qué las “hermanas“   se identificaban principalmente con el nombre de la “orquídea dorada”, aunque también encontraremos el título de Sociedades de la Admiración Mutua. A mí se me ocurre que, lo mismo que las mujeres más valiosas en el mercado matrimonial, las que tenían los pies de un tamaño no superior a 10 cm, estas adalides de la libertad personal se consideraban tan valiosas que también debía ser dorada su flor identificativa, la orquídea (que, curiosamente, crece en ramos de flores “hermanas”).

Sobre Marjorie Topley, autora de Marriage Resistance en  el libro Women in Chinese Society, principal fuente de información para este artículo, tenéis también otra entrada en este blog: http://anthropotopia.blogspot.com.es/2015/08/marjorie-topley-una-antropologa-en-china.html


Fuentes adicionales consultadas:

-Blackwood, Evelyn, y Wieringa, SaskiaSombras sáficas. Desafiando el silencio sobre el estudio de la sexualidad
- Gage, CarolynSworn Sisters and Marriage Resistance
-Garzón de Albiol, VirginiaAsociación de la Orquídea Dorada (1644-1911)
- Ohana, RenéLesbian life. Golden Orchid Society. Same Sex Marriage in China.
-Stockard, JaniceDaughters of the Canton Delta: Marriage Patterns and Economic Strategies in South China 1860-1930. 1989



Esta entrada se publicó incialmente en el blog Ateneas. Mujeres para la historia

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