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sábado, 20 de mayo de 2017

EXPLORADORAS VICTORIANAS: MARIANNE NORTH, PASIÓN POR LOS CONFINES


Hacia mediados del siglo XIX nada hacía sospechar que esta inglesa de alta cuna, enamorada de la jardinería, la pintura y los viajes, iba a dejar atrás la discreta vida de dama victoriana a la que estaba destinada desde su nacimiento, para recorrer infatigablemente los más remotos rincones del planeta en busca de nuevas plantas. Marianne consiguió asombrar a sus contemporáneos con sus estampas botánicas, que sorprenden por igual por su extraordinaria belleza y por su precisión científica. Gracias a su pasión, el mundo occidental pudo vislumbrar tierras aún inexploradas antes de que la fotografía en color fuera posible. Marianne North es, verdaderamente, un caso único en la historia: fue una destacada artista, una remarcable investigadora y una arrojada exploradora pero, por encima de todo, un ser humano admirable por su estilo ético. Quizá por ser inclasificable es una figura poco conocida, que merece la pena descubrir.


1. La forja de una rebelde
Marianne nació en Hastings, Inglaterra, el 24 de octubre de 1830. Era la hija mayor de un parlamentario liberal, el rico terrateniente Frederick North. De acuerdo con el código social vigente, Marianne no recibió  una educación formal y siempre consideró su breve paso por la escuela un recuerdo particularmente odioso. Durante su juventud aspiró a ser cantante profesional y ensayaba de manera incansable pero, al perder la voz, acabó concentrándose en el dibujo como hobby.
Su familia disfrutaba de una intensa vida cultural, manteniendo contacto con las corrientes intelectuales más activas del momento. Por aquel entonces estaba cristalizando una nueva cosmovisión, el darwinismo, al mismo tiempo que algunos de los más famosos exploradores  de la historia conseguían dar los contornos definitivos al mapa del mundo. Todo ello tendría una influencia decisiva en el devenir vital de Marianne North.


2. Los años del Grand Tour
Los Jardines de Kew se encuentran situados al sur de Londres. Se trata de un maravilloso parque con más de 100 hectáreas, seis invernaderos, pagodas… Sir William Hooker, director de la institución, era amigo de la familia North y solía regalar a Marianne plantas raras y exóticas que a ella le encantaba dibujar y cuidar. Padre e hija compartían su amor por la jardinería, como también por los viajes. En los meses en los que no se celebraban sesiones parlamentarias, Marianne viajaba con sus progenitores por toda Europa. Era el Grand Tour, esa aventura cultural casi iniciática, imprescindible para que la burguesía ilustrada adquiriese una pátina cosmopolita con que brillar en sociedad. Así fue como los North recorrieron Suiza, Austria, España, Italia, Grecia y Turquía.
Antes de morir, la madre de Marianne le hizo prometer que nunca abandonaría a su padre, al que siguió acompañando en sus recorridos por el continente europeo. Con su diario y su cuaderno de bocetos, su mente inquieta registraba minuciosamente la vida y la flora que encontraba a su paso. Ya entonces daba muestras de un innegable talento con la acuarela, la cual había empezado a utilizar, casualmente, en nuestro país.
En 1.865, el Sr. North perdió su escaño en el Parlamento pero supo convertir esa contrariedad en ventaja. Ahora disponían de más tiempo para conocer mundo, por lo que se lanzaron a un viaje más largo y ambicioso que les llevó hasta Egipto y Siria. De aquella época data la descripción que de Marianne hizo un admirador: “Era pálida y vivaracha, graciosa en sus maneras y dibujaba cada templo de Nubia, cada hombre y mujer que encontraba, y todas las palmeras de Egipto”.
A los 37 años se decidió a tomar lecciones de pintura al óleo y la novedad le entusiasmó hasta el punto de confesar a su diario: “El óleo es un vicio como la bebida, casi imposible de abandonar una vez que se apodera de ti”.
Durante un viaje a los Alpes, en 1.869, su padre se sintió repentinamente mal, por lo que tuvieron que regresar a Inglaterra a toda prisa. Cuando el Sr. North murió, Marianne vio cómo se abría un inmenso vacío en su existencia. Por ello escribió: “Él fue desde el principio al fin mi único ídolo y el amigo de mi vida”… “Ahora tengo que aprender a vivir sin él y a llenar mi vida con otros intereses lo mejor que pueda”.


3. Cadenas rotas
Después de tantos años de viajes y aficiones compartidas, es claro que Marianne habría aprendido muchísimas cosas de su padre, y ese legado espiritual la ayudó a encauzar su camino. Tenía entonces cuarenta años, la edad de la madurez intelectual. Su idea de que el matrimonio reducía a la mujer al puesto de un ama de llaves cualificada la había mantenido soltera por voluntad propia. Gracias a ello pudo conservar el control de la gran fortuna que heredó y que, de otra manera, habría ido a para a su marido, pues la ley inglesa consideraba a las esposas como menores de edad. En aquel momento crucial, Marianne decidió dar otra vuelta de tuerca a sus expediciones. Podemos leer en su diario: “He soñado largamente en ir a países tropicales a pintar in situ su peculiar vegetación en su exuberante abundancia”. Tras vender la mansión familiar en Hastings, y animada por los consejos de la exploradora Lucie Duff-Gordon (1821-1869), quien había viajado a Egipto y Sudáfrica, se dispuso a hacer realidad su sueño, embarcándose para Norteamérica en 1.871. Allí visitó las cataratas del Niágara y Nueva York, así como Washington, donde fue recibida por el Presidente Ulysses S. Grant.
En Boston conoció a Elisabeth Agassiz, esposa del famoso paleontólogo suizo Louis Agassiz (en la entrada “Pasión por los fósiles”, en este mismo blog, se menciona su colaboración con Mary Anning: http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2012/10/pasion-por-los-fosiles-mary-anning-y.html ). Los Agassiz acababan de volver del trópico y le descubrieron toda la potencialidad que  tenía la zona para sus intereses. Marianne, que hasta entonces había estado buscando su verdadero rumbo, no necesitó ninguna información más. Aquel impulso la encaminó a Jamaica. En las afueras de la capital, Kingston, alquiló una casa destartalada y recubierta de vegetación, y se dedicó en cuerpo y alma a pintar durante cinco meses, desbordada por la emoción del descubrimiento:  “Estaba en un estado éxtasis y apenas sabía qué pintar”. Plátanos, palmeras, orquídeas, flores de la pasión… fueron llenando sus lienzos. Después se dirigió a Minas Gerais, en Brasil, donde pintó frenéticamente más de cien cuadros durante ocho meses, viviendo en una cabaña en plena jungla. Satisfecha con el resultado, regresó a Inglaterra en 1.872.


4. Una vida mágica
Aquella primera experiencia viajera marcó la pauta para las sucesivas. Se embarcaba hacia lugares cada vez más inexplorados por el  hombre blanco y pintaba a diario, con una rutina casi laboral. Gracias a las influencias políticas de su padre, siempre disponía de cartas de presentación para embajadores, virreyes o gobernantes y, aunque no dudó en alojarse en las lujosas residencias de los funcionarios coloniales ingleses cuando hizo falta, prefería relacionarse con “gente menos civilizada pero más interesante”. Con ello no se refería a los nativos sino a los expertos en flora local, capaces de indicarle dónde buscar las especies más características y solucionar sus muchas dudas acerca de las mismas, como apuntó en sus memorias. De forma insólita, Marianne desafió todas las convenciones de la época al viajar sola. La sociedad convencional la aburría y la perspectiva de asistir a cenas formales en traje de noche le parecía una tortura insufrible: “Soy un pájaro muy salvaje y me gusta la libertad”, dejó escrito.
Prefería los medios de transporte lentos, a pie, a lomos de un caballo o en canoa, para poder  observar el entorno con más detalle. Se levantaba al alba y pintaba incansablemente al aire libre hasta el mediodía. Entonces seguía trabajando en el interior o a la sombra y, al atardecer, salía de nuevo a explorar y no volvía a su refugio mientras quedara un poco de luz. “Daba preciosos paseos y siempre encontraba nuevas maravillas en cada expedición”. Son palabras que definen a una auténtica “cazadora de flores”. Su hermana Catherine, que también se dedicaba a la ilustración botánica pero de una forma menos nómada y más convencional,  recordaría  años después, entre la melancolía y la sana envidia: “Parecía llevar una vida mágica. Por lo visto podía pasarse todo el día pintando en un manglar y no tener fiebre. Podía vivir sin comer, sin dormir, y volver a casa  al cabo de uno o dos años, un poco más delgada, con una mirada un poco más atribulada en sus ojos cansados, pero preparada para disfrutar al máximo de la halagadora recepción que Londres  estaba siempre dispuesto a ofrecer a todo aquel  que se hubiese ganado su respeto por ser interesante en algún sentido”.



5. Rumbo a Oriente
En 1.875 se puso en marcha de nuevo. Comenzó su segundo gran periplo en Tenerife, donde pintó  veintinueve cuadros, para luego dirigirse a California. Allí visitó el parque de Yosemite, y se le encogió el corazón al presenciar la tala indiscriminada de las milenarias secuoyas: “Resulta descorazonador pensar que el hombre, el civilizador, echará a perder en pocos años tesoros que los salvajes y los animales no han dañado durante siglos”. Marianne fue una de las primeras conservacionistas, consciente de que aquellos remotos paraísos estaban en trance de desaparecer por la inadecuada explotación de los recursos naturales. Animada por la idea de documentar esa belleza fugaz, redobló sus esfuerzos pictóricos. Desarrolló una técnica de trabajo muy personal, un estilo rápido cercano al impresionismo, que le permitía acabar los cuadros en una sola jornada, dándole a su pintura un aire muy vital. Eso hizo de ella una artista extraordinariamente prolífica, al cabo de casi 14 años de viajes por diecisiete países de seis continentes.


Viajaba con una maleta diminuta  para su guardarropa  y objetos personales pero acarreando enormes baúles para guardar sus cuadros, pinceles y tubos de óleo. Es una suerte que prefiriese éste a la acuarela- signo de identidad de las damiselas victorianas-, porque las condiciones de humedad de los trópicos habrían arruinado todo su esfuerzo. En cambio, eso mismo hizo que se conservaran más brillantes los intensos rojos, azules y amarillos que utilizaba Marianne para plasmar los colores casi alucinatorios de aquella desbordante vegetación. Contra el estilo de los ilustradores botánicos de corte linneano, que esquematizaban las partes de las plantas con un interés taxonómico, Marianne tenía una visión holista de la naturaleza mucho más moderna: captaba el ecosistema vivo en su conjunto, registrando en su propio hábitat a las plantas interactuando entre sí y con los insectos, aves, peces o el hombre. En la línea de  Charles Darwin, que fue amigo de su padre, le interesaba la localización geográfica de los especímenes como un factor clave para su evolución. Su obra conserva por ello un extraordinario valor informativo para nosotros, al ofrecernos imágenes de especies que ya han desaparecido o, incluso, de ejemplares que aún hoy perduran, como un bambú gigante que pintó en 1.877 en Sri Lanka. Allí recaló después de trabajar en Japón, Borneo y Java. En Ceylán, la fotógrafa Julia Margaret Cameron “desnudó” su verdadera personalidad ante la cámara: vestida con amplios ropajes de lana cachemir, con el pelo suelto, la tez morena y acariciada por las ramas de un coco, nos la muestra como una hippie decimonónica, una mujer sabia que ha alcanzado el autoconocimiento a través de sus viajes, muy distinta del recatado aspecto que presenta en otras fotografías, en las que luce veletes en el pelo y primorosos cuellos de puntilla.Si tenéis interés en saber más sobre la vida y obra de esta maravillosa fotógrafa, podéis acceder aquí http://mujeresparalahistoria.blogspot.com.es/2013/08/julia-margaret-cameron-la-fotografia.html


Poco después de que la reina Victoria fuera coronada emperatriz de la India en 1.876, Marianne dedicó 18 meses en el subcontinente a documentar plantas relacionadas con el hinduismo, pintando más de 200 telas que se conservan en el Museo Británico. De ellas podemos deducir su idea acerca del lugar del ser humano en la naturaleza. Contra la soberbia del hombre occidental, dominante y colonizador, lo pinta casi insignificante, empequeñecido junto a grandiosos paisajes, como las majestuosas cumbres del Himalaya, los bosques de Nueva Zelanda o los volcanes de Honolulu.


6. Una exposición permanente
De vuelta a Inglaterra, en 1.879 expuso sus obras con gran éxito en una galería de Kensington. A través de la prensa el público había seguido, con el aliento contenido, las asombrosas proezas  de esta incansable trotamundos, y acudió en masa a contemplar sus pinturas. Aquella respuesta popular le  hizo concebir una atrevida idea, como todas las suyas: construir a su costa un espacio expositivo en los Jardines de Kew, que albergaría de forma permanente su ya nutrida producción pictórica. Quería compartir su trabajo con sus contemporáneos y con las generaciones venideras. Ella deseaba que la gente pudiera descansar allí, tomando un té o un café con biscuits, rodeados por aquellas preciosas imágenes de la flora y la fauna de todos los rincones del orbe. Sin embargo, en nombre de un mal entendido rigor científico, el director de los Jardines, Joseph Hooker, solo autorizó la exposición de los cuadros. Marianne buscó a un arquitecto idóneo, James Fergusson, para construir un recinto que combinara las líneas de un templo griego con las estructuras coloniales de la India que ella tanto admiraba, y diseñó y llevó  a cabo por sí misma hasta los menores detalles de la instalación. Dando muestras de su genial sentido del humor, pintó en las paredes las plantas del té y del café, cuyos productos habían  sido proscritos en nombre de una visión seria y aburrida de la ciencia.


La galería abrió al público en 1.882. En las paredes, de las que hoy cuelgan 832 cuadros que cubren  727 géneros y unas 1.000 especies, se arraciman las estampas vegetales según su lugar de procedencia, dando la impresión que pretendía su autora: la de un gigantesco álbum de postales botánicas. Como detalle significativo, constituye la única exhibición permanente de una sola artista mujer en Gran Bretaña.


7. Pasión por los confines
Marianne North representa el prototipo de las viajeras victorianas. Fueron mujeres discretas hasta su madurez, cumpliendo  hasta entonces, escrupulosamente, sus obligaciones familiares. Una vez liberadas de esas responsabilidades, se ponían el mundo por montera y ya nadie podía detener su sed de descubrimientos. Muchos las tomaban por locas o por brujas, como le sucedió a  Marianne con un visitante de su exposición. Pero la realidad es que eran personas que daban muestras de una autodisciplina y  de una capacidad de planificación  y de ejecución admirables. El caso de Marianne North es excepcional por el número de kilómetros que recorrió pero, aún más,  por el valor artístico y científico de su aportación. Realmente resulta difícil citar ejemplos parangonables al suyo. Solo he podido encontrar a la alemana Anna María Sibylla Merian (1.646-1.717), una pintora, botánica y entomóloga que, con 52 años, se encaminó hacia Surinam, en la Guayana holandesa, para pintar plantas indígenas, serpientes e insectos, de los que le interesaban especialmente las  fases de su metamorfosis. Google le acaba de dedicar un Doodle en el 366 aniversario de su nacimiento.


 Rodeados de las facilidades viajeras actuales, nos resultan difíciles de imaginar todas las incomodidades y riesgos que representaba adentrarse en la naturaleza virgen en el siglo XIX. Además de lidiar con las barreras idiomáticas y culturales, los exploradores tenían que vérselas con alojamientos insalubres, las inclemencias del tiempo o los animales salvajes y peligrosos. Marianne cuenta en sus diarios que, en Brasil, soportó el ataque de ejércitos de insectos mientras pintaba; en las Seychelles tuvo que escalar muros de barro y granito agarrándose a plantas con espinas tan largas que le sangraron las manos; y, en Ceylán, estuvo a punto de acabar con ella una serpiente venenosa, pero todo ello mereció la pena en aras de la ciencia. Un género y cuatro especies llevan su nombre: un árbol de Seychelles (Northea seychelliana), una amarilis de Borneo (Crinum northianum), una palmera (Areca northiana), un lirio africano  (Kniphofia northiana) y, sobre todo, la Nepentes northiana, la mayor planta carnívora del mundo, descubierta por esta original naturalista en la junglas de Borneo.


8. El viaje más largo
En 1.880, Charles Darwin le lanzó un desafío al no fue capaz de resistirse: cuando “dijo que pensaba que no debía atreverme a representar la vegetación del mundo hasta haber visto y pintado la australiana, me decidí a ir de golpe”. Al año siguiente, cuando ya contaba con 51 años, partió hacia las antípodas: Australia, Nueva Zelanda y Tasmania. La siguiente etapa era Sudáfrica, pero allí su cuerpo se le rebeló. Después de tantos esfuerzos y privaciones, su salud estaba muy quebrantada. Sufría de agotamiento psíquico, ya no podía pintar con tanta rapidez como antes y su sordera iba en aumento. A pesar de ello, no atendió a las advertencias de los médicos y en 1883 continuó su ruta hacia las  islas Seychelles, para llegar a Chile en 1.884. Al término de esta odisea volvió a Inglaterra para no abandonarla ya nunca más. Allí  logró construir un hogar que era, al mismo tiempo, un museo de tesoros botánicos: “He encontrado el sitio exacto que deseaba y mi jardín ya está convirtiéndose en famoso. Espero que mantenga a mis enemigos –los nervios- tranquilos”.



Marianne North murió en 1.890 con 59 años. Sin duda, los excesos de su vida de exploradora  acabaron prematuramente con ella. Su hermana Catherine se encargó de la publicación póstuma de sus diarios, “Recuerdos de una vida feliz” (1.892),  que gozaron de gran popularidad.


Hoy día los Jardines de Kew han cumplido el deseo de Marianne: por fin es posible, en un bellísimo entorno natural, descansar del ajetreo urbano tomando un refrigerio y soñar con los paraísos lejanos que ella visitó.

ooooOOOOoooo

Para ilustrar la amplia obra pictórica de la autora, P. R. Losada ha preparado un bonito vídeo, con una animada canción de Enya que parece escrita pensando en Marianne North, que os recomiendo que no  dejéis de ver.
Podéis acceder al vídeo dándole al play abajo o haciendo click en el enlace de youtube con posibilidad de una mayor calidad de imagen.

                                         http://www.youtube.com/watch?v=ankMbXVQr9o


POST SCRIPTUM:
Me gustaría recomendaros especialmente la visita de los mejores jardines botánicos del mundo, los de Kew, para cuando visitéis Londres. Es un sitio verdaderamente precioso y, con un poco de suerte, podéis tener una divertida experiencia como la que tuve yo, hace ya un buen montón de años, con una ardilla ladronzuela y supersociable. Cuando me disponía a lanzarle una galleta desde varios metros de distancia, antes de que me diera cuenta se pegó un sprint alucinante y me la quitó de la mano. Pasamos toda la tarde allí pero, lamentablemente, no vimos los cuadros de Marianne. Nadie nos informó de su existencia. Si en la guía había alguna mención al respecto, es claro que no fue lo suficientemente persuasiva. Tendremos que volver alguna vez. Esta es la parte triste e injusta del olvido. Los medios de comunicación dedican una considerable cantidad de tiempo a personajillos de usar y tirar y, en cambio, a estas interesantes y ejemplares figuras, como Marianne North o Mary Anning, hay que rastrearlas debajo de las piedras. Estas dos inglesas geniales fueron muy distintas: una rica y aristocrática, la otra pobre y humilde; la primera dio la vuelta al mundo dos veces y media, la segunda solo salió de su lugar natal al final de sus días para acudir a un homenaje que recibió en Londres. No se conocieron pero podrían haberlo hecho. Marianne tenía 17 años cuando murió Mary. Tal vez oyó hablar de ella o leyó acerca de sus asombrosos descubrimientos paleontológicos en los periódicos. Me llaman la atención los paralelismos entre ambas. Ninguna de las dos pudo estudiar en la universidad. Tuvieron que conformarse con una formación autodidacta, pero bien que la aprovecharon. ¿Qué lugar ocuparían hoy en nuestros libros de historia si hubiesen accedido a una educación formal y rigurosa desde su juventud? Nos quedaremos con las ganas de saberlo. Lo que sí que podemos afirmar es que solo renunciando al matrimonio pudieron dedicarse en cuerpo y alma a su pasión. Qué suerte que ahora podemos tenerlo todo.
Para acceder al artículo sobre Mary Anning podéis entrar en los siguientes enlaces:
Este artículo fue originariamente publicado en el Blog de Filosofía Espíritu y Cuerpo. Si tenéis interés en acceder a los comentarios realizados al mismo, podéis consultar el enlace siguiente:
http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2012/10/pasion-por-los-fosiles-mary-anning-y.html

martes, 9 de mayo de 2017

ESPIRITISMO ESPAÑOL


"Se entregaban al misterio como a un amante inefable que sabía hacer vibrar las cuerdas de su histerismo elegante y decadente". Emilio Carrere. "Lo que vio la reina de Francia", 1916.

Puede sorprendernos hoy que, hasta nuestra guerra cainita e incivil, el espiritismo tuviese tanto predicamento en España. En La plasmatoria (1935) de Pedro Muñoz Seca (1879-1936) la parafernalia espiritista servirá para devolver la vida al mismísimo Don Juan Tenorio.

Espíritus cultivados, humorísticos y escépticos, fueron excitados y fascinados por el espiritismo y la teosofía romántica y bohemia. Es el caso de Emilio Carrere (1881-1947) al que se ha considerado uno de los pioneros españoles de lo que hoy se llama "periodismo del misterio" o "periodismo de lo paranormal" (del tipo practicado por Jiménez del Oso, J. J. Benítez o Iker Jiménez).


La colección de relatos espiritistas de E. Carrere, introducida y anotada por Jesús Palacios, resulta amena e ilustrativa de lo que llegó a ser en el mundo occidental ese movimiento místico y heterodoxo, religioso y (pseudo)científico, enraizado en el espiritualismo de Swedenborg y la Teosofía de Jacob Boheme. Personalidades científica y literarias tan famosas e influyentes como Flammarion, Víctor Hugo, Arthur Conan Doyle, William James, Edison, L. Frank Baum (el autor de El mago de Oz) o el nobel belga Maurice Maeterlinck estuvieron interesadas o creyeron en los fenómenos espiritistas.

En Sevilla, el mismísimo General Primo de Rivera dirigió una sociedad espiritista (o espirita). Ramón y Cajal prestó atención e interés al movimiento, aunque luego le retiró su apoyo. El movimiento espiritista allanó el camino para la entrada de la Teosofía de Madame Blavatsky cuyo budismo esotérico, entrelazado a la tradición panteísta, sostenía la evolución y reencarnación del alma, a lo largo de un ciclo que podría culminar en su fusión con el Alma o Mente Universal, donde hallaría su perfección. Sin embargo, al contrario que los teósofos, los espiritistas mantendrían la creencia en la identidad individual del alma después de la muerte física.

Sociedades y logias teosóficas y espiritas florecieron en las principales ciudades españolas. Marcelino Menéndez Pelayo, en su paradójica Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), Bonilla y San Martín, Mario Méndez Bejarano y José Luis Abellán, en su Historia crítica del pensamiento español (1979-1991), tratan con amplitud este fenómeno sociocultural y esotérico.

Aunque Nietzsche se hubiese empeñado en anunciar en Alemania "la muerte de Dios", Nietzsche mismo había muerto cuando el pensamiento liberal y heterodoxo español prefería el krausismo, con su teísmo civilizado y moralista, muy distante de los violentos sentimientos paganos y blasfemos del filósofo demente y su martillo. Aunque fuese un movimiento anticlerical, el espiritismo admitía a Cristo como uno de los "grandes iniciados", recogiendo su mensaje como afín al Espiritismo, e intentándolo conciliar con el espíritu positivista y científico de la época. De manera que el espiritismo se convirtió en la panacea mística de varias generaciones de intelectuales españoles. Desde luego -como relata Pío Baroja en sus Memorias-, tenía un lado "sicalíptico" (erótico), bohemio y desvergonzado, pues algunas de esas "desopilantes" sesiones espiritistas podían tener como resultado que alguna criada quedara misteriosamente encinta, a resultas de sus "etéreos" encontronazos con los espíritus.

Valle Inclán contó su experiencia en una de las exhibiciones que el criminólogo italiano Lombroso hizo de la famosa médium Eusapia Palladino, cuyos poderes asombraron al matrimonio Curie. Galdós llegó a pintar el espiritismo como una religiosidad factible y deseable para el hombre moderno, libre de los excesos dogmáticos del catolicismo oficial. Y don Juan Valera se convirtió en un divulgador de la Teosofía, ocupándose de redactar para la Enciclopedia Hispanoamericana el artículo dedicado a la disciplina de Madame Blavatsky. Valera acabaría publicando una novela fantástica, orientalista y cabalística: Morsamor (1899).

El desarrollo del espiritismo en España, como en otras partes, estuvo aliado al modernismo simbolista, al decadentismo esteticista, pero también al sufragismo y al feminismo políticos, y es que, como escribe en uno de sus relatos Carrere, "el espíritu no tiene sexo". Carmen de Burgos (Colombine), protectora y amante de Ramón Gómez de la Serna, publicará en 1922 El Retorno: novela espiritista. Ángeles Vicente -recordada sobre todo hoy por su pionera novela lésbica Zezé- escribió un buen puñado de relatos espiritistas. Pero la más destacada de las escritoras espiritas españolas fue Amalia Domingo Soler (1835-1909), quien fue también aguerrida defensora de los derechos de la mujer.

Amalia Domingo Soler

Entre los poetas del 27, el más esotérico fue el andaluz Fernando Villalón (1881-1930). Villalón proyectó un "silfidoscopio", una máquina que permitiría ver a las sílfides y otros espíritus elementales (hadas, nereidas, salamandras, elfos, duendes...). Sus mejores poemas ("La Toriada", "Lubricán") están preñados de referencias esotéricas, cabalísticas y teosóficas.

El espiritismo dio pie a la burla despiadada de Fernández Flores, pero también a las agudas reflexiones filosóficas y aún psicoanalíticas de Emilio Carrere:

"No hay nada sobrenatural; éste es un concepto huero y supersticioso; sólo hay infinitos desconocidos que rigen leyes inmutables e innotas, pero perfectamente naturales. Y el primer infinito misterioso que se nos presenta es el laberinto físico y psíquico de nuestro propio yo. El huesped desconocido, como le llama Maeterlinck al laberinto del mundo inconsciente". ("Unas extrañas anécdotas de Pi y Margall").

sábado, 29 de abril de 2017

TORNARRATOS


JOSÉ LOSADA


En una conferencia pronunciada en la Universidad Belgrano de Buenos Aires, Jorge Luis Borges reflexionaba sobre las obras del ingenio humano. A diferencia de otros inventos, que son extensiones del cuerpo (el microscopio, el teléfono, el arado), el libro lo es de la memoria y de la imaginación. De ahí su gran importancia y, ¿por qué no?, la razón de su permanencia a lo largo de los siglos y de su resistencia a ser desplazado  por otras obras humanas.
Esta entrada comenzará como homenaje a un libro que me acompaña desde hace más de treinta años. Seguidamente pasará a llamar la atención sobre uno de los elementos más reconocidos de la arquitectura tradicional del noroeste de España. Servirá para mostrar la riqueza  de la lengua gallega, con la variedad léxica que atesora para nombrar a los hórreos y a sus distintas partes. Y  terminará con una recopilación de imágenes  que nos mostrarán su uso actual, muy alejado del que tuvieron durante siglos.


A finales de 1985 el Banco Pastor distribuyó entre sus clientes una agenda para el año siguiente, cuya principal particularidad radicaba en que contenía una completa serie de fotografías de estos peculiares graneros, estando acompañada de una breve introducción a cargo de Begoña Bas. La elección del motivo no debe extrañarnos porque en la imagen corporativa de la entidad se utilizaba una construcción de ese tipo realizada con monedas y billetes.


 La introducción propone al lector que los observe con una nueva mirada, como si los viese por primera vez, con la seguridad de que se admirará con su racionalidad, plasticidad y la enorme variedad de sus tipos. Termina la autora destacando su relación estrecha con el entorno y, especialmente, con otras muestras de la arquitectura popular: molinos, hornos, “cruceiros”, “petos de ánimas”, pajares y palomares.
Puede ser que el motivo de mi interés derivase de que en el Valle de Lemos no existen construcciones de ese tipo. Estaba acostumbrado a ver las mazorcas de maíz atadas en ristras similares a racimos y colgadas en los corredores de las casas. Lamentablemente, no he podido encontrar ninguna fotografía que sirva para ilustrar  lo que digo. Sin embargo, en otras zonas de Galicia, como las Rías Bajas, eran muy abundantes. También recuerdo los numerosos viajes en autobús de Monforte a Santiago, siempre atento para descubrir nuevos ejemplares de hórreos, en algunos casos, de gran antigüedad.
Cuando ahora repaso las páginas de mi libro, compruebo que en 1986 mi cumpleaños cayó en lunes, y cómo las fotografías que acompañaban a las páginas  dedicadas a las semanas y los días de aquel año nos muestran un patrimonio etnológico de primer nivel. Es probable que en la actualidad muchas de ellas ya no puedan ser tomadas.

No pretende esta entrada servir como estudio definitivo de los hórreos. El lector interesado podrá encontrar en la Red blogs y páginas web que satisfagan su curiosidad de forma muy cumplida. No obstante, no me resisto a mostrar imágenes de los diferentes tipos de esas construcciones, siguiendo la clasificación que la misma autora citada con anterioridad  realiza en otro trabajo que se encuentra disponible en internet: “Os nomes galegos dos hórreos e dos seus elementos”:

A. Planta rectangular con un lado alargado.


B. Planta rectangular o circular, cuerpo hecho de ramas entretejidas y cubierta de paja.



C. Planta cuadrada: hórreo asturiano (abunda también en la zona oriental de la provincia de Lugo.


D. De planta casi cuadrada y grandes dimensiones.


E. De planta rectangular que se distinguen de los del grupo primero en que están concebidos como despensa y no como granero.
Lo primero que llama la atención en el artículo de Begoña Bas es que la palabra “hórreo” se considera propia del idioma castellano y no del gallego. En sus trabajos de campo recogió hasta veintiséis palabras distintas para nombrar a la construcción de la que tratamos, algunas muy similares, como “orro” u “horrio”, pero otras propiamente autóctonas y de hermosa sonoridad: “bergueiro”, “cabazo”, “cabaceiro”, “canastro”, “canizo”, “caroceiro”, “celeiro” y “sequeiro”; las dos últimas coinciden con topónimos que conozco.
La riqueza léxica no se detiene ahí, sino que extiende a la denominación de sus diferentes elementos constructivos. La palabra que da título a esta entrada, "tornarratos", nombra  a la parte que, a mi entender, es la más característica de los hórreos y que les confiere su razón de ser. Como su propio nombre indica, sirve para impedir que los roedores accedan al cereal almacenado que servirá para alimentar a personas y ganado durante todo el año. También son dignos de mención los soportes o pies que sirven para separar el alimento de la humedad del suelo. Según estén formados por una columna o un muro estrecho reciben varios nombres: “potro”, “cepa”, “perpiaño”. También los “tornarratos” pueden ser individuales para cada pie o corrido. Cuando están construidos con una losa de piedra se llaman “lousada”.


Otro de los elementos característicos es la existencia de unas aberturas en las paredes cuya finalidad es permitir la ventilación del contenido almacenado y evitar  al mismo tiempo que además del aire entren la lluvia o animales de tamaño regular. El cerramiento exterior puede realizarse en diversos materiales, desde madera o cantería hasta los más modernos, como ladrillos o cemento, y recibe nombres distintos según las comarcas de Galicia en las que se construye: “asento”, “balagusto” o “balaustre”, “barrotes”, “custillas”, “cangos”, “doela”…


Llama la atención la presencia en los extremos de la cubierta de unos remates de los cuales uno suele ser una cruz, mientras que el otro admite una mayor variedad de formas. En la agenda de 1986 figura uno en el que un pájaro de cantería aparece posado en la parte más alta y otro que parece imitar a un campanario. Dependiendo de su forma reciben nombres específicos: “crus”, “cruz”, “remate” “aguión”, “bico”, “fraile” o “lampeón”. Intuyo que junto al valor ornamental que parece evidente, tienen otro simbólico no menos importante que conecta estas construcciones con la cultura popular.


Hasta ahora se ha tratado de los elementos más comunes del hórreo del tipo A (por seguir la clasificación de Begoña Bas en el artículo, que contiene una inmensa riqueza léxica de la que aquí se muestra una pequeña representación). Corresponde a este momento hacer una referencia a otros tipos. El hórreo asturiano, presente como se ha dicho en el este de Galicia, dispone de denominaciones propias acordes con sus particularidades. Su tejado, a cuatro aguas, puede estar hecho de material vegetal o de losas de pizarra: “colmado”, “teitura”, “lousado”. Su planta cuadrada se asienta en vigas de madera, también denominadas “cuadras”. Como no se trata de reproducir exhaustivamente el amplio trabajo que está sirviendo de guía para parte de esta entrada, dejaré constancia de lagunas palabras que para mí tienen una sonoridad especial: “ripia”, “aiguelote”, “bouca”, “pedreito”, “ponticela”, “taolla”, “tuña”, “perillo”…
Recibe el nombre de “cabazo”  o “canastro” el hórreo que sin duda muestra un mayor primitivismo, hasta el punto de que en alguna ocasión  he pensado que se trataba de una especie de fósil etnológico. El autor latino Marco Terencio Varrón, en su obra “De re rustica”, se refiere a la presencia en la Península ibérica (por entonces provincia romana) de unas construcciones peculiares para conservar las cosechas:
“Supra terram granaria in agro quidam sublimia faciunt, ut in Hispania citeriore et in Apulia quidam, quae non solum a lateribus per fenestras, sed etiam subtus a solo ventus refrigerare possit.” (Algunos hacen graneros elevados sobre la tierra en el campo, como en Hispania Citerior y en Apulia, que el viento puede refrescar no sólo por medio de ventanas en las paredes sino también por debajo a través del piso).
 No es aventurado suponer que se pareciesen a los actuales “cabazos”, porque los materiales que los forman estaban ya entonces a disposición de los habitantes de la España prerromana, y lo mismo puede decirse su técnica constructiva.
En los años ochenta del siglo pasado aún pude ver algunos “cabazos” en uso en la pontevedresa comarca del Deza. La cubrición recibe el nombre de “colmo” y su remate superior, “carapucho”. Las ramas entretejidas que forman su cuerpo se llaman “pólas”, “varas” o “corres”. Como muestra de que son antecedente de otras construcciones posteriores, los soportes se llaman  también “pés” y las piezas que van encima de ellos, “tornarratos”.


Antes de seguir con otros aspectos de los hórreos, quisiera dejar testimonio de mi admiración y respeto por la autora del artículo que me ha servido para conocer la enorme riqueza léxica relacionada con esas construcciones y que también intervino en el libro del que he aprendido tanto sobre ellas. No tengo el gusto de conocer a Begoña Bas, pero me consta  que ha realizado  un enorme trabajo de campo que nos permite en la actualidad conocer mejor las construcciones  que se han convertido en uno de los iconos más reconocibles de Galicia.


Hoy en día parece que todas las circunstancias se alían en contra de la pervivencia de los hórreos como parte del proceso de producción agrícola. El abandono de muchas explotaciones  es un hecho,  y también lo es la existencia de otros sistemas de conservación de las cosechas. Sin embargo, no han desaparecido de nuestro paisaje, si bien su anterior funcionalidad ha dejado paso  a otra patrimonial y simbólica que posibilita su conservación, en ocasiones con mero uso ornamental. Así, encontramos hórreos en rotondas, como reclamo  a la entrada de restaurantes o dando un toque  “enxebre” a los jardines de viviendas de alta categoría. No me corresponde juzgar a mí el buen gusto de estos usos aunque, al menos, debe reconocerse que gracias a ellas los hórreos siguen formando parte de nuestro paisaje, lo que Rosalía llamó “a vista dos meus ollos”.

Terminaremos con una miscelánea de imágenes, algunas graciosas, otras patéticas, que nos ayudarán a comprender algunos de los usos  que en la actualidad se dan a los protagonistas de esta entrada.

www.gciencia.com
La Voz de Galicia. 28 de enero de 2017
Monforte de Lemos
La Región, 25 de agosto de 2016




La Voz de Galicia. "Chapuzas gallegas"

La Voz de Galicia. "Chapuzas gallegas"
La Voz de Galicia. "Chapuzas gallegas"

La Voz de Galicia. 12 de abril de 2017


Torrevieja (Alicante)

domingo, 16 de abril de 2017

LA RISA DE LOS DIOSES Y EL DESPERTAR DE LA PRIMAVERA. "Risus paschalis" y cultos mistéricos antiguos

Ritos de Eleusis
Hace unos años, mientras realizaba una serie de entrevistas para un trabajo sobre el rito cuaresmal de la ceniza, una informante, refiriéndose a la Galicia rural de los años 40 del pasado siglo, me habló de los severos ayunos que, en su memoria, contrastaban vivamente con las grandes risas durante la misa del Domingo de Gloria. En ese momento no fui capaz de detectar ningún elemento antropológico en esas risas pascuales. Sólo me desconcertó totalmente el detalle del sacerdote contando chistes sin parar en esta fiesta tan solemne. Sin embargo, tiempo después encontré información que mencionaba una antigua costumbre, el risus paschalis, que se desarrolló ampliamente en la Alemania barroca. Hace poco, en un curso sobre cultos mistéricos antiguos dirigido por la Dra. López Hoys, descubrí el papel central de la risa en los rituales eleusinos en Grecia. La búsqueda de nueva información me llevó hasta la Hilaria, una fiesta en Roma en la que el júbilo primaveral se expresaba con la risa. Y es que hay problemas intelectuales que se instalan en tu vida, obligándote a buscarles una solución. La posibilidad de trazar líneas de conexión entre fenómenos tan alejados en el tiempo y en el espacio me llegó a resultar de un atractivo tan irresistible que aquí está el resultado de mis investigaciones.
1. La risa pascual
La antropóloga y teóloga italiana María Caterina Jacobelli publicó, en 1990, una investigación bien documentada sobre el risus paschalis, una bizarra costumbre muy extendida por toda la cristiandad que causó el escándalo y las airadas protestas de humanistas de tanto peso como Erasmo de Rotterdam. Los antiguos eran bastante eufemísticos en su forma de expresarse pero, aún así, hay fundados motivos para sospechar que la causa de tales críticas, y de las condenas proclamadas en diversos sínodos y concilios, era que los sacerdotes, durante la liturgia pascual, acompañando chistes verdes y diversas bufonadas, llegaban a levantarse la sotana para exhibir los genitales, realizaban gestos onanísticos y remedos de relaciones heterosexuales o incluso homosexuales, y todo ello con el fin de hacer reír al auditorio. Para intentar aclarar las circunstancias que rodearon esta costumbre tan inverosímil, merece la pena detenerse brevemente en la carta que, desde Basilea, dirigió en 1518 Fabricio Capito a otro famoso predicador de la época, Ecolampadio, quien había denunciado lo inoportuno de que se entremezclasen chistes groseros en la solemnidad de la Pascua de Resurrección. La suya no era una opinión aislada: su amigo Erasmo, en 1535, vendría a decir que las narraciones irreverentes que acompañaban el sermón de Pascua no venían justificadas en modo alguno por la alegría que proclama el Salmo 117: "Este es el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo". 

Pero, ¿de qué obscenidades concretamente hablaba Erasmo? Pues de las historietas que era costumbre intercalar en el sermón de ese gran día, como la del monje al que un marido sorprende con su mujer pero logra escapar. El marido se presenta entonces en el convento con los calzones que el monje dejó abandonados en la huida, como prueba del adulterio, para exigir su castigo, pero el abad le convence de que, en realidad, son una reliquia de San Francisco que el monje había llevado a su mujer para protegerla del mal. En desagravio, la prenda es devuelta hasta el convento, en solemne procesión, escoltada por la cruz y los pendones, y todos, inclusive el marido cornudo, han de besar la supuesta reliquia del santo de Asís (en Jacobelli, pág. 38). Desde la seriedad que atribuimos a los ritos pascuales, estas narraciones pueden parecernos absolutamente fuera de lugar en el recinto sagrado del templo. Esa contradicción, no obstante, debería ponernos sobre aviso de que en la risa de pascua concurrieron costumbres de muy distintos orígenes y fundamentos, fusionadas entre sí. Pero, ¿cómo justificaban teológicamente, a principios del siglo XVI, desde la base de un humanismo crítico, semejantes bufonadas el día más importante de todo el año litúrgico? Capito, en su contestación a las objeciones de Ecolampadio, ponía de relieve que la eutrapelia, es decir, la capacidad de alcanzar el equilibrio entre la relajación moral y la seriedad adusta, es una virtud muy valiosa en un sacerdote y que, precisamente en la fiesta de la Pascua de Resurrección, convenía no ser tan serio porque, sin esa alegría, los templos estarían vacíos y los fieles se dormirían durante la prédica. En ese momento histórico, además, había hecho su aparición un elemento que dio fuelle al risus paschalis: la reforma protestante. El sermón de Pascua empezó a servir así, también, para desprestigiar a los predicadores del culto contrario mediante burlas e insultos. Sin embargo, los reformistas pronto abandonaron la costumbre de la risa pascual e incluso la aprovecharon, como arma arrojadiza, para acusar a los papistas de obscenos. Es muy interesante al respecto el contenido del sermón del luterano Johann Mathesius en 1566: "Estimados amigos en el Señor, los más ancianos entre vosotros recordaréis sin duda la tradición de explicar el día de pascua un ostermärlein [uno de esos cuentos burlescos]… con eso se intentaba alegrar a la gente. Nosotros, empero, hemos de dar gracias al Señor que nos ha salvado de tantas mentiras y de tanta fábula". No es extraño así que la contrarreforma abordada por el Concilio de Trento (1545- 1563) quisiera reconducir al orden aquel desmadre pascual, prescribiendo que no se realizaran más gestos desvergonzados en las iglesias. A pesar de ello, como hemos visto, la risa siguió resonando en las iglesias católicas hasta la primera mitad del siglo XX durante la liturgia del Domingo de Resurrección.
2.Historia y geografía de la risa pascual
Conviene poner de relieve que la risa en la historia del cristianismo ha sido un fenómeno constante pero también de contornos muy variables a lo largo de los siglos, y que al principio no se limitaba sólo al Domingo de Pascua. El primer testimonio documental con que contamos procede de Hincmar, Obispo de Reims, en el año 852, cuando prohibió las risas inapropiadas, los cuentos burdos, los juegos obscenos o la presencia de máscaras del demonio en el interior del templo. Esa descripción nos habla de un panorama de mezcolanza abigarrada entre lo sagrado y lo profano durante las festividades religiosas. El Concilio de Aviñón en el año 1209 ordenó que en las vigilias de los santos no se hiciesen en la iglesia danzas de saltimbanquis, gestos irreverentes y cantos amorosos, pero esa alegría sexual del pueblo resultó inmune a toda prohibición. El Concilio de Toledo de 1473 volvió a prohibir las mascaradas y espectáculos teatrales jocosos, con monstruos y formas grotescas, el recitado de poesías obscenas y los sermones burlescos que tenían lugar en la Navidad y en las festividades de San Esteban, San Juan y los Santos Inocentes. En el sínodo de Patti, Sicilia, en 1537, se pretendió también atajar la costumbre de que en la misa de Navidad un niño vestido de obispo leyera el evangelio provocando las risotadas de los fieles. En definitiva, pues, podemos comprobar con todo lo anterior la existencia de unas costumbres ampliamente difundidas por toda la cristiandad en las que la risa y la alegría acompañaban las celebraciones litúrgicas más importantes, ya fuese dentro de los propios templos o en sus proximidades pero siempre con ocasión de las festividades sagradas más importantes, y se manifestaba con danzas, cantos, sabrosas pitanzas y representaciones en los que el elemento sexual era la clave de bóveda, resultando todo ello muy grato a la vivencia popular de la religiosidad. 

En el Domingo de Resurrección, antes de la reforma trentina, era el propio sacerdote, solo o acompañado por un laico, quien llevaba a cabo las pantomimas burlescas imitando voces de animales, profiriendo frases sin sentido, con repeticiones rítmicas de sonidos, exhibición de genitales, gestos onanísticos o imitando el acto sexual. Después del Concilio de Trento, ese componente teatral tan escandaloso se redujo y quedó solapado, sin llegar a desaparecer del todo, en narraciones en las que, con una aparente finalidad moralizante, seguía muy presente el elemento sexual, y siempre con el fin aparente de divertir a los fieles. Que la Iglesia romana era consciente de ello, y lo autorizaba, resulta de la publicación en Salzburgo, en 1698, con el imprimatur oficial, de un libro conteniendo una colección de historias cómicas para narrar en la liturgia de Pascua, el Ovum Paschale Novum, del Reverendo Andreas Strobl. De ello se sigue, como apunta Jacobelli, que esta costumbre tan discutible formaba parte obligatoria de la liturgia oficial católica, sobre todo en Baviera y Renania, principados católicos de Alemania. Allí se conocía con el nombre de Ostergalächter, pero el fenómeno desbordaba ampliamente las fronteras del Sacro Imperio Romano Germánico, estando presente desde fechas mucho más tempranas en Francia, Italia y España. Como vemos, se trataba de una enorme extensión territorial y durante un larguísimo recorrido de más de doce siglos, si es que no admitimos la eventualidad, más que probable, de que la costumbre viniera existiendo mucho antes del siglo IX, cuando la prohibió el Obispo de Reims, y que hasta entonces no se hubiese considerado conveniente o eficaz proscribirla por escrito.

2. Las explicaciones del risus paschalis
Los teólogos y humanistas que defendieron la risa pascual lo hacían desde la óptica de marcar un contraste entre los rigores cuaresmales y la alegría inmensa de la resurrección de Cristo. El propio cardenal Ratzinger evocaba su papel en la liturgia barroca, cuando los sacerdotes contaban historias capaces de hacer reír a los fieles y las iglesias resonaban con sus alegres risas. Para él era una forma superficial y primitiva de júbilo cristiano, pero también podría verse como un símbolo litúrgico de la resurrección. H. Fluck, uno de los primeros estudiosos de la costumbre, en 1934, consideraba que al principio se trataría de sermones con una finalidad moralizante, como el relato del viaje de Jesús al infierno y su victoria sobre el demonio y la muerte pero, con el tiempo, esta fórmula se agotaría y los predicadores debieron de echar mano a chascarrillos cada vez más indecentes para entretener a los fieles. El avance del progreso y de la civilización en el siglo XIX, para este autor, habrían sido la causa del declive de la costumbre. También opinaba que se trataba de un fenómeno de raíz exclusivamente cristiana y no un residuo de antiguos cultos paganos, como los de la diosa germánica Ostara, que encarnaba a la primavera. De ser así, según Fluck, la costumbre se habría limitado a los países de lengua alemana mientras que estuvo presente a lo largo y ancho de todo el mundo católico.
La sexualidad presente en los capiteles románicos
Por el contrario, María Caterina Jacobelli considera que la risa era una metáfora del placer sexual admitida en la liturgia. Ese placer sexual aparece ampliamente recogido en la iconografía de las iglesias medievales pero, siguiendo su argumentación, habría sido arrinconado por la Iglesia como la “sombra” reprimida por la doctrina oficial, persistiendo apenas oculto en la risa pascual. Esta investigadora señala algunos ejemplos en los que, llamativamente, se repite el mismo mitologema (la estructura narrativa de un concreto mito) que tiene la risa como elemento central y que desempeña una función salvífica, como veremos a continuación.
3. Dioses que ríen
Hathor, esposa de Horus, con los cuernos de vaca de la luna
La primera es la historia de Hathor, reflejada en un papiro del año 1160 antes de Cristo. Ra, dios del sol, ofendido por el dios Baba, se retira de su diario recorrido por el cielo negándose a salir al amanecer. Solo y afligido, su ausencia del firmamento amenaza con una catástrofe de proporciones cósmicas. Pero entonces aparece su hija, la dulce y bella Hathor, diosa del amor y la alegría y, para sacar a su padre de su estado depresivo, se le ocurre levantarse la ropa exhibiendo los genitales, lo que hace reír al dios. Este acto, llamado anasýrma, que significa “quitarse el vestido”, posee un significado ritual múltiple. Es un gesto apotropaico, para espantar a la muerte, para alejar el mal de ojo, para mostrar agresividad contra el enemigo o a modo de burla. Todavía hoy lo encontramos presente en los famosos “calvos” tan frecuentes entre los jóvenes. Isidro L. me comenta que, para ellos, es hacer algo socialmente vergonzoso delante de otros, amparados en el anonimato y para conseguir que los miembros del grupo al que pertenecen se ría.

La segunda historia aparece en el himno homérico a la diosa de la agricultura, y cuenta cómo Deméter, entristecida porque su hija Perséfone ha sido secuestrada por Hades, el dios del inframundo, se niega a comer y beber, permaneciendo en silencio como señal de duelo. Mientras tanto, los cultivos mueren con gran preocupación por parte de los hombres, que ven amenazada su supervivencia. La sirvienta Iamba, para sacar a la diosa de su mutismo, le gasta múltiples bromas. En la versión órfico-alejandrina del mito que recoge el escritor cristiano Clemente de Alejandría, la criada se llama Baubo y le ofrece el ciceo, una bebida que la diosa se niega a tomar. Entonces Baubo comienza a decir obscenidades y, al final, enseña los genitales a la diosa que, sorprendida, ríe y con ello despierta la primavera.
Amaterasu emerge de su cueva
La tercera narración se desarrolla en Japón: la diosa Ama-terasu, a causa de un enfado, cierra la puerta de la Estancia Celestial y, con ello, la tierra se cubre con las tinieblas de una noche eterna. Como los restantes dioses no saben cómo solucionar el problema, la diosa Ame-no-Uzeme les enseña los genitales para hacerlos reír. Curiosa, la diosa colérica asoma la cabeza y entonces aquellos consiguen agarrarla, devolviéndola al mundo para que retorne la luz.
En estas historias vemos una estructura que se repite constantemente: una situación de crisis que anuncia un cataclismo cósmico, una risa salvífica y el retorno a la normalidad. Para Jacobelli, esto mismo lo podemos encontrar en la pasión y resurrección de Cristo puesta en relación con la risa pascual: Jesús muere, las tinieblas se apoderan del mundo, los fieles ríen y Jesús resucita. Para esta autora, pues, la risa se presenta como un atributo del poder creador de los dioses y que comparten los humanos. En un papiro del siglo III después de Cristo se conserva un texto hermético que relata la creación del mundo a través del poder generador de la risa del dios. A la primera carcajada nace la luz; con la segunda, las aguas; la tercera trae a Hermes, la cuarta, al Destino: y la quinta, a Psique. En el oráculo de Trofoni, en Beocia, los iniciados experimentaban anticipadamente su bajada al Hades deslizándose por la entrada de la cueva, como si fuesen engullidos por la boca de la deidad. Al cabo volvían a la superficie riéndose como signo de retorno a la vida. También en las Lupercales romanas los jóvenes eran sometidos a la experiencia de la muerte y resurrección simbólica. Les tocaban en la frente con un cuchillo manchado de sangre sacrificial, después se retiraban la sangre con un trozo de lana y, para significar que volvían a vivir, era preceptivo que riesen. En cambio, durante el proceso de iniciación, debía reinar una seriedad mortal. En el informe de Franz Boas, en 1895, sobre los kwakiutl, el rito de iniciación simbolizaba la muerte, estando prohibido para los candidatos reír. En la isla de Cerdeña, los antiguos sardos, que mataban a los ancianos cuando se convertían en una carga para la comunidad, acompañaban este inhumano acto ritual con risas con las que creían que facilitaban la entrada de los sacrificados a una nueva vida. De ahí viene la expresión “risa sardónica”, expresión cargada del aspecto maléfico de esta costumbre. También los cazadores-recolectores, que dependían de la abundancia de animales para sobrevivir, reían tras capturar una presa con la esperanza de que este gesto hiciese que el animal volviese a la vida y pudieran cazarlo otra vez. Del mismo modo, en las economías agrícolas tradicionales era costumbre plantar entre alegres de risas para propiciar, como un acto de magia simpática, la abundancia de las cosechas.
La diosa Flora
4. Ritos de Eleusis y la Hilaria
Hemos hablado del mito de Deméter pero, para poder establecer una posible conexión entre el risus paschalis y los rituales mistéricos griegos y romanos, tenemos que describir esquemáticamente parte de su contenido, teniendo en cuenta, en todo caso, que la revelación de estos cultos estaba penada con la muerte, lo que hace que nuestro conocimiento de los mismos sea muy incompleto y, además, los autores apologéticos cristianos que nos han trasmitido alguna información al respecto, como Clemente de Alejandría, escribían con la intención de desprestigiar las religiones rivales del cristianismo.

En Grecia, los misterios eleusinos, en honor de Deméter, se celebraban dos veces al año y tenían un carácter agrícola. Los misterios menores coincidían con la primavera, mientras que los misterios mayores tenían lugar a mediados de septiembre. De manera muy resumida, comprendían una larga vigilia, sacrificios y rituales de purificación. El 19 de septiembre los fieles emprendían la procesión desde Atenas portando los objetos sagrados para llegar el día siguiente al cercano santuario de Eleusis. En las jornadas posteriores se llevaban a cabo juegos gimnásticos y representaciones teatrales, así como los ritos de iniciación, en los que los candidatos soportaban pruebas que suponían una intensa conmoción emocional. Mediante la ingestión de una bebida alucinógena que se piensa que podría contener cornezuelo de centeno, el kykeon, inducían un trance de muerte en el que tenían visiones de la diosa. De hecho, se piensa que la planta que porta Perséfone en la mano en sus representaciones iconográficas era, en realidad, el fruto de la adormidera y no una granada. También se celebraban en estos días actos dedicados a la memoria de los difuntos. Pero en la jornada clave se repetía el mito de Baubo o Iambe. En medio de cantos obscenos, las oficiantes se levantaban la ropa para provocar la risa mágica de la diosa, capaz de apartar la tristeza y la muerte y atraer la fertilidad.
Proserpina, por Dante Gabriel Rosetti
Los antiguos romanos festejaban con risas sus fiestas familiares, matrimonios y natalicios, aunque además había otros días señalados por el calendario festivo oficial en que era obligatorio mostrar regocijo. Nadie podía estar triste durante esos días. Así ocurría en los días ordenados por el emperador, como igualmente en el festival sagrado de la Hilaria (“las que ríen”, de ahí la palabra “hilaridad”), coincidiendo con el equinoccio de primavera. Se trataba de una fiesta en honor de Cibeles, la Magna Mater, la cual tomaron prestada de los griegos. 

En esta fiesta se celebraba la castración, muerte y resurrección de Atis, a la vez hijo y esposo de Cibeles. El festival, que también se asociaba con los ritos agrícolas, comenzaba el 15 de marzo. Ese día se inauguraban nueve días de ayuno de pan, cerdo, pescado y vino, y en los que sólo estaba permitido beber leche. El 22 de marzo cortaban en el bosque sagrado un pino que representaba al cuerpo de Atis, el cual se traía hasta Roma en procesión funeraria cubierto de guirnaldas y violetas, la flor que representaba la sangre derramada por el dios, depositándolo en el templo de Cibeles en el monte Palatino. El 23 de marzo era una jornada de luto, mientras que el día 24 tenía lugar un terrible sacrificio. Era el día de la Sangre (Sanguis), en el que los iniciados de la diosa, al son atronador de cimbales, tambores, trompetas y flautas, y tras una danza frenética, llevaban a cabo su autocastración completa. Entonces se ponían vestidos y abalorios de mujer y entraban al servicio de la diosa. Algo parecido sucede en la India con los hijra pero tal vez merece la pena reservar esta información, que se refiere a una disciplina apasionante, la Antropología sexual, para desarrollarla más ampliamente en otra entrada. El mismo día de la Sangre se llevaba a cabo el enterramiento del árbol que simbolizaba el cuerpo de Atis. 

El día 25 de marzo, en el que el número de horas de luz superaba, por fin, las de oscuridad, y ya se consideraban vencidos los rigores del invierno, se festejaba con gran jolgorio la resurrección del dios y, con ello, la esperanza de sus fieles en alcanzar la inmortalidad. Con rasgos que podemos asimilar fácilmente a nuestro carnaval, mostraban su alegría portando máscaras y estaban permitidas todo tipo de transgresiones. En la India, también se celebra el festival de Holi en primavera con gran profusión de colorido y locura. 

Hay otros cultos antiguos a dioses que mueren y resucitan cual hace la vegetación en primavera, como ocurre con los de Venus y Adonis, Isis y Osiris o Dionisos pero, a diferencia de los misterios de Eleusis o la Hilaria, en ellos no aparece la presencia ritual de la risa. Por otro lado, los cultos mayores eleusinos, en septiembre, no coinciden con la Pascua florida, como sí sucede, en cambio, con las celebraciones en honor de Cibeles y Atis, aunque sólo sea de manera aproximada, pues nuestra Pascua no se determina a fecha fija sino en relación al calendario lunar móvil. Sin embargo, durante los primeros siglos del cristianismo el 25 de marzo era, precisamente, la fecha en que se consideraba que se había producido la muerte real de Jesús. No fue hasta el año 240 después de Cristo en que se fijó esa fecha, también, como la de la Encarnación, basada en cálculos imaginarios en relación al inicio de la primavera. En el año 527 el fraile Dionisio el Exiguo propuso que el 25 de marzo fuese el inicio del año, lo que asumió el Papa Bonifacio IV desde el año 607. También en el calendario romano el año comenzaba con la primavera hasta el año 153 antes de Cristo, en que dejó de hacerlo en los idus de marzo para pasar al mes de Jano, nuestro enero (January en inglés), por las necesidades militares de responder al ataque de los celtíberos. Sin embargo sus grandes festividades siguieron celebrándose en la primavera, siendo marzo el mes de máxima concentración de días fastos. Con el calendario gregoriano, introducido en 1582, la cristiandad dejó de celebrar el nuevo año el día 25 de marzo y trasladó aquella fiesta al 1 de enero, que había sido cristianizado mucho tiempo atrás como la fecha de la circuncisión  de Jesús. En medio de esos cambios, propios de sociedades avanzadas en las que la agricultura estaba dejando de ser el motor de las economías nacionales a favor del poder del capital, quizá resulte fácil perder de vista la centralidad que para nuestros antepasados tenía el comienzo de la primavera y la enorme alegría con la que festejaban su llegada.
Danza de las bacante, Charles Gleyre
5.Conclusiones
En la década de 1940, en una pequeña parroquia rural de A Barrela, de la provincia de Lugo, todavía resonaban las alegres risas de los fieles dirigidas por el humilde párroco local, que repetía un gesto litúrgico siguiendo una tradición antiquísima. He indagado acerca de si sucedía lo mismo en otras poblaciones de los alrededores pero, seguramente, aquél era ya uno de los pocos reductos en los que, a través del risus paschalis, se seguía celebrando el fin de los rigurosos ayunos, las mortificaciones con la que los fieles se solidarizaban con la pasión de Cristo. Según Fluck, esta costumbre estaba prácticamente extinta en Alemania antes de la Primera Guerra Mundial. La airada protesta de un lector en la Gaceta de Frankfurt, en 1911, es el último documento en el que se registra su existencia. Por eso me parece más valiosa, si cabe, la información que me proporcionó mi informante hace años. En su juventud era ya una costumbre fósil, una rareza superviviente al cambio. Y, pese a las enormes diferencias existentes, es imposible no encontrar elementos comunes con las antiguas costumbres paganas que saludaban la renovación a la esperada primavera con un gesto creador de vida. Junto al grandioso triunfo de Jesús, hijo de Dios, frente a las tinieblas del mal y de la muerte, la memoria colectiva popular, muy resistente al cambio, seguía recordando con la risa salvífica, también, la bienvenida al retorno cíclico de las estaciones y, con ellas, la renovación de la naturaleza. Lamentablemente no resulta posible documentar el recorrido de las costumbres entre la Grecia y la Roma antiguas hasta la Galicia rural del siglo pasado, especialmente porque en el periodo que transcurrió entre el desmantelamiento del Imperio romano y el final de los llamados “siglos oscuros”, el analfabetismo fue la tónica dominante. Sólo podemos sospechar que algunas prácticas paganas fueron asimiladas por la Iglesia en la forma que recomendaba san Gregorio Magno, mediante una explicación cristiana de las antiguas creencias, para evitar la resistencia de los convertidos a perder costumbres que consideraban propiciatorias de la buena suerte, dando lugar con ello a un fuerte sincretismo. O bien tendríamos que admitir que hay elementos, como la risa, que se repiten con variaciones en todo tiempo y lugar, de Egipto a Japón, de Grecia e Italia a Alemania, Francia y España, y que quizá podemos considerar universales culturales, profundamente arraigados en la estructura psíquica humana.

ADDENDA

Jose Ignacio González Lorenzo, con sus profundos conocimientos históricos, me ha enviado un comentario tan espléndido y que complementa tan bien el contenido de esta entrada que considero un honor incluirlo como parte de ella:

"Un artículo muy sugerente este sobre risus paschalis y cultos mistéricos antiguos, como siempre escrito con esa capacidad de síntesis y facilidad de expresión de Encarna Lorenzo. Esta costumbre perdida de la Iglesia católica tiene amplísimas resonancias en las religiones antiguas de todo tiempo y lugar y nos trae a la memoria otras costumbres y otros rituales festivos del catolicismo también olvidados.
La Fiesta del asno, era una fiesta cristiana medieval que se celebraba el 14 de enero y conmemoraba la huida a Egipto, de ahí el protagonismo del asno que aparece en distintos relatos bíblicos y, en particular, en la marcha a Egipto de la Sagrada Familia según el relato de Mateo. Durante la fiesta, una doncella conducía un burro montado por un niño hasta el altar mayor donde un falso sacerdote oficiaba una peculiar misa en que las palabras del oficiante eran rebuznadas por la congregación. Esta costumbre, atestiguada a lo largo de la Edad Media aunque con antecedentes más antiguos, fue progresivamente desapareciendo a partir del siglo XV.
La Misa de los locos era otra de estas liturgias impías y sacrílegas donde se permitían todo tipo de licencias – disfraces ridículos y blasfemos, canciones obscenas, comida y bebida inmoderada, incensarios de inmundicias, prácticas sexuales , etc. -  también junto al altar en un remedo sacrílego de una misa donde se consagraba a un falso obispo o a un falso papa, de ahí el nombre de El obispo de los locos. Lo peculiar y llamativo de esta misa de los locos radicaba en que sus protagonistas eran los propios clérigos. Se celebraba en el tiempo de Navidad y se llevaba a cabo en diversos días según sus organizadores fueran los sacerdotes, los diáconos, los subdiáconos o los clérigos menores. También fue proscrita a lo largo del siglo XV.
Todas estas celebraciones tienen un profundo sentido religioso y teológico puesto de manifiesto por la antropología. Constituyen un estado de fiesta que se celebra en un espacio sagrado, esto es, delimitado en el tiempo y en el espacio. Su sentido es la derogación y conculcación temporal de todos los dogmas, las normas de conducta y las relaciones de jerarquía social para dar escape y alivio a las tensiones acumuladas durante el año. Su finalización implica la vuelta a la normalidad y, por tanto, a la  vigencia de la jerarquía, el dogma, la liturgia y las buenas prácticas sociales. Por ello, durante la fiesta se permite todo lo que habitualmente está prohibido, o dicho de otro modo, la finalización del disparate festivo implica la necesidad de una pauta de comportamiento social y justifica la obligatoriedad de las creencias y las jerarquías sociales.
Estas celebraciones tienen un auténtico significado religioso en el sentido etimológico del término, como lazo de unión que refuerza el cuerpo social (re-ligare) y que constituye el fundamento universal de todas las religiones. Es significativo que todas estas prácticas fueran proscritas avanzado el siglo XV que marca la gran crisis religiosa de Occidente, el nacimiento de la devotio moderna y, enseguida, la expansión de la Reforma protestante. Merced a una pietas introspectiva, la religión se convirtió en asunto subjetivo y personal que permitía la comunión directa del creyente con la divinidad sin la intermediación de un clero oficial. Todavía se conservaron algunas liturgias comunitarias por la imperiosa necesidad humana de apretarse en una comunidad social,  pero la antigua religión estaba herida de muerte. Modernamente, el ser humano es una criatura radicalmente libre y nada debe interponerse ni condicionar su conciencia religiosa, convertida en asunto perteneciente al ámbito de su intimidad y su libertad fundamental. Por ello también, fueron desapareciendo progresivamente otros usos de los templos cristianos.
Como lugar donde se constituye y se ordena el cuerpo social, los templos pueden ser usados para otras relaciones sociales que impliquen un sentido normativo como la celebración de contratos, los tratos comerciales o la impartición de justicia. Esta solía tener lugar en la puerta meridional de las iglesias, la que da a la plaza pública donde se desarrolla el mercado. Su desempeño está regido por el cénit solar, cuando el astro supremo se sitúa en el centro de la bóveda celeste y cuya sombre no se inclina ni a uno ni a otro lado, símbolo perfecto del equilibrio de la balanza de la justicia. 
Estas consideraciones y otras muchas más nos sugiere el artículo de Encarna Lorenzo. También  me ha llamado la atención la interpretación de los relieves eróticos de Cantabria (la figura de la mujer que enseña sus genitales en la ventana absidal de la iglesia de Cervatos) como una más de las prácticas obscenas que movían a la risa en estas celebraciones festivas irreverentes. Puede ser significativo que todos estos relieves eróticos se encuentren situados en colegiatas (Cervatos, Santillana, Elines… ) donde hacía vida en común bajo la regla de San Agustín el clero diocesano, esto es, los párrocos que usaban estas licencias retóricas humorísticas en sus sermones para conseguir el beneplácito y la asiduidad de sus feligreses. Y esta consideración nos lleva de nuevo más lejos, mucho más lejos".

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Esta entrada quiere ser también un homenaje a esa valiente y rigurosa autora, Maria Caterina Jacobelli quien, desde su formación multidisciplinar, la Antropología y la Teología, afronta con tanto acierto temas polémicos como la sexualidad en el espacio sagrado cristiano o el papel de la mujer en el sacerdocio.

Fuentes consultadas:
-Jacobelli, María Caterina: Risus paschalis. El fonament teològic del plaer sexual. Editorial Planeta, 1991.
-Izquierdo Gutiérrez, Paulino: Ritos, costumes e expresións da Coresma y da Semana Santa. Deputación Provincial de Ourense.2011.
-Hilaria. Wikipedia. Web. 28-3-2017.
- La festivita degli Hilaria. Storia romana e bizantina. Web. 28-3-2017.
-Fiestas romanas. www.tarraconenses.com. Web. 28-3-2017.

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