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domingo, 22 de septiembre de 2013

EDWARD S. CURTIS: FOTOGRAFÍA Y ETNOGRAFÍA EN NORTEAMÉRICA

Me gustaría que en este espacio tuvieran cabida no sólo las grandes figuras en el campo de la Antropología, como Malinowski o Leo Frobenius, de los que ya nos hemos ocupado aquí, sino también otras que, desde otros campos del conocimiento, han realizado contribuciones significativas para su desarrollo. Así sucede con Edward S. Curtis, al que he descubierto a través de un libro estupendo, Imágenes de los nativos americanos.

Lo que parecía ser simplemente un libro vintage sobre los indios de las praderas, resultó ser una espléndida colección de imágenes de principios de la pasada centuria, que reflejan rostros, vestidos y costumbres de numerosas etnias del oeste americano. Estos seres, aún lejanos en el tiempo y en el espacio, están tan vivos hoy como entonces e interpelan directamente al espectador.

 Y detrás de esas fotografías está la asombrosa historia de su autor, Edward S. Curtis, relatada con buen pulso por Don Gulbrandsen. Los datos que el libro proporciona y otros que he conseguido recopilar son la base para la presente entrada. Espero que sirva para conocer mejor una figura poco difundida en nuestro país pero en cuya trayectoria vital se cruzaron otras que son cruciales para los antropólogos, como Franz Boas y los Kwakiutl.
1-Pasión por la fotografía
Edward Sheriff Curtis nació el 16 de febrero de 1868 en el estado de Wisconsin. Su padre, el reverendo Johnson Curtis, volvió enfermo y empobrecido de la Guerra de Secesión. Su falta de visión comercial hizo que todos sus negocios fracasaran. Para poder alimentar a su familia, acabó aceptando un trabajo como predicador ambulante en una zona semisalvaje de Minnesota, habitada por míseros colonos. El pequeño Edward acompañó a su padre en algunos de sus viajes, a pie o en canoa. Aquellas  aventuras por ríos, bosques y montañas cimentaron su amor por la naturaleza y su curiosidad por otros pueblos.

En la década de 1870 la fotografía constituía una atractiva novedad. Con solo 12 años, el habilidoso Edward se las arregló para fabricar su primera cámara, siguiendo para ello las instrucciones contenidas en un manual. Acostumbrados como estamos a nuestros sofisticados aparatos, lo que hizo seguro que nos parecerá algo increíble: el chico instaló en una caja de madera una lente estereoscópica que su padre había traído de la guerra. Con aquel rudimentario aparato, Edward sólo conseguía hacer unas fotos muy mediocres. Sin embargo, la experiencia le sirvió para aprender los principios básicos de la fotografía, y decidió convertirla en su medio de vida. 
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Con 18 años se lanza a abrir su propio estudio en St. Paul, entonces una pequeña ciudad de Minnesota, a orillas del Mississippi. Podemos imaginar fácilmente que, en aquel lugar de frontera con los territorios sioux, que los colonos utilizaban como punto de partida en su expansión hacia el oeste, los retratos no constituía ninguna prioridad en la vida cotidiana de los lugareños. No es extraño por ello que el negocio fracasara, así que Edward tuvo que emplearse en trabajos variopintos para sostener a su madre viuda y a sus hermanos. Trabajando en un aserradero, sufre una lesión en la espalda que le obliga a descansar durante una temporada. 

En esa época compra una pequeña cámara a un minero que se encontraba de paso por Seattle en dirección a Alaska, durante la fiebre del oro del Yukon. Con el aparato en su poder renació con gran fuerza su pasión por la fotografía. En el año 1891 hipoteca todos sus bienes para montar un nuevo estudio en Seattle, que ya era una floreciente ciudad del estado de Washington, y esta vez sí logra un gran éxito comercial. El negocio funciona tan bien que tiene que emplear en él a toda su familia.
2-La princesa Angeline
A pesar de su talento para el retrato, Curtis no estaba dispuesto a limitarse a la fotografía de interior sino que quería explorar las posibilidades del agreste paisaje y de sus gentes. En 1895 realiza su primera fotografía a un nativo. Su modelo es la anciana princesa Angeline, hija del jefe Siahl, un indio Duwamish de cuyo nombre derivó el de “Seattle”. La pobre mujer subsistía recogiendo almejas y mendigando. Su cara arrugada y su expresión desesperanzada resumen perfectamente el trágico destino de su pueblo. Gracias a exposiciones y premios, las fotos etnográficas de Curtis alcanzaron una gran notoriedad. El golpe de suerte que necesitaba le llegó en 1898. Durante una escalada en las montañas tuvo que rescatar a una expedición de científicos en apuros, entre los que se encontraban uno de los fundadores de la National Geographic Society y George B. Grinnell, una verdadera autoridad en materias indias, con el que Curtis traba una gran amistad. Al año siguiente, Grinnell lo invita a participar como fotógrafo en una expedición a Alaska, y lo que aprendió durante la misma fue la semilla fundamental para su trabajo posterior.
3-Un mundo evanescente

En 1900 Curtis acompaña nuevamente a Grinnell, esta vez a Montana, para registrar la Danza del Sol de los Pies Negros. La experiencia le impacta hasta el punto de transformar su visión de la vida. “La contemplación de un campamento tan grande de indios de las praderas fue inolvidable”, escribe en su diario. Se da cuenta de que estas culturas únicas están en vías extinción y que urge registrarlas antes de que desaparezcan definitivamente. Después se dirige a Arizona, en el sudoeste, para fotografiar la Danza Hopi de la Serpiente, que tenía lugar cada dos años, y surge en él el deseo de desentrañar su significado. Los nativos eran poco proclives a compartir los secretos de sus ceremonias sagradas, de manera que Curtis comprendió que debía ganarse su confianza. En los años posteriores, acudiría al festival en múltiples ocasiones para interrogar a los sacerdotes sobre el sentido del ritual. Tan bien se integró con los Hopi que, como le sucedió a Frank Hamilton Cushing con un pueblo vecino, los Zuñi (al respecto puede consultarse http://anthropotopia.blogspot.com.es/2013/06/inventando-la-antropologia-frank.html), al final lo adoptaron y, en 1906, tras un periodo de iniciación en los misterios de la tribu, pudo participar él mismo en la Danza de la Serpiente. Curtis se encontraba muy cómodo entre los indios, pero no se sentía capaz de renunciar a las ventajas de la civilización. Era consciente de que el destino de los nativos estaba sellado: debían asimilarse o perecer. Por ello concibió su papel en la historia como la realización de un grandioso trabajo de salvamento: llevaría a cabo un exhaustivo estudio etnográfico de las tribus del salvaje Oeste y Canadá. 

Para ello, la fotografía sería un elemento importante pero no el único. Al mismo nivel estarían la documentación de las creencias religiosas y las costumbres tribales, y la grabación de su lengua y canciones. Aunque Curtis carecía de estudios, pues había tenido que abandonar la escuela muy pronto, no lo amilanaron la magnitud y complejidad de la tarea que había imaginado como su misión.
4- El gran proyecto de Curtis

En 1903 tuvo la oportunidad de fotografiar en su estudio al anciano jefe Joseph de la tribu de los Nez Perce, que había puesto en jaque al gobierno en 1872 con su heroica resistencia. Le conmovió la dignidad de este gran líder vencido. También retrataría dos años más tarde al jefe apache Gerónimo. 
Geronimo

A años luz de los prejuicios de sus contemporáneos, la mirada de Curtis hacia los indígenas siempre estuvo teñida de empatía. Depauperados y sin futuro, sus vidas en las reservas eran como una isla a la deriva en el océano de la prosperidad reinante entre los blancos. Curtis aportó una visión solidaria con aquellos pueblos, cuya identidad y derechos cuestionaba la mayoría. No en balde las “guerras indias”, finalizadas en 1890 con la gran masacre de los Lakota en Wounded Knee a manos del Séptimo de Caballería, estaban todavía muy frescas en la memoria. Pero más que el desinterés o los prejuicios de sus conciudadanos, el principal obstáculo para la realización de la magna empresa de Curtis siempre fue su coste económico. Las placas de cristal de los negativos eran extremadamente caras, como también los viajes y estancias en territorio indio, que además apartaban a Curtis de su famoso y lucrativo estudio. De él llegó a ser cliente el presidente Theodore Roosevelt, que estimaba tanto al fotógrafo que se convirtió en su amigo y protector.
Theodore Roosevelt

El mismo año de 1903 Curtis se desplaza a Washington para presentar su plan, titulado The North American Indian, ante el Instituto Smithsonian. Lamentablemente, su falta de títulos académicos hace que le denieguen la imprescindible subvención. No obstante, la visita le sirve para conocer a Frederick W. Hodge, un destacado etnógrafo del Smithsonian, que le anima a continuar con el proyecto. Sin fondos pero ilusionado, Curtis se compra una cámara cinematográfica y se dirige a territorio navajo a grabar la Danza Yeibechei, que las autoridades gubernamentales insistían en prohibir. Gracias a las imágenes y los artículos que publicó, logró un consenso social para respetar esa valiosa manifestación cultural. Curtis profundizaría en tal apostolado impartiendo conferencias en las que explicaba sus fotografías y que obtuvieron un gran éxito de público. Ese triunfo le animó a presentarse ante las élites sociales en Washington y Nueva York.
Morgan y su hija Mrs.Herbert Satterlee
En el hotel Waldorf-Astoria de Manhattan consigue llamar la atención de la hija de John Pierpont Morgan, el magnate más poderoso de la época. Aunque Morgan le niega tajantemente el apoyo financiero que le solicita, Curtis aún se atreve a mostrarle algunas de sus fotos. Es una jugada maestra, porque el banquero queda tan encantado con ellas que afloja la bolsa. Pero no demasiado: con la donación anual de $15.000 durante las cinco anualidades en que se suponía que la tarea tendría que estar terminada, Curtis debía cubrir todos los gastos (viajes, material fotográfico, recopilación de datos, elaboración de textos, edición…) Para completar los ingresos, Edward tenía que gestionar también personalmente las suscripciones a la edición de los 20 volúmenes de lujo. Para complicar aún más las cosas, hubo de reemplazar todos sus equipos y cámaras, que resultaron destruidos en el terremoto de San Francisco en 1906. Había llegado el momento, igualmente, de reunir el personal preciso para aquel titánico empeño. Para ello, contrató como editor a su contacto en el  Instituto Smithsonian, F. W. Hodge y, como encargado de logística, al reportero William Myers, un hombre que resultó clave para el éxito de la investigación. Myers, que era lingüista, tenía una asombrosa facilidad para las lenguas nativas y fue el etnógrafo jefe y redactor de los textos que explicaban las fotografías en una forma apetecible para el gran público. El tercer miembro fundamental del grupo fue el fotógrafo Adolf Muhr, también experto en retratar indios y un auténtico mago del “cuarto oscuro”, en el que se encerraba con Curtis para sacar el máximo partido a las fotografías.
5-La denuncia de Boas

Franz Boas (1858- 1942) es considerado de manera unánime como el padre de la Antropología cultural americana, y tiene en la disciplina una importancia equiparable a la de Malinowski. Como este, se caracterizó por introducir en los estudios antropológicos una fuerte exigencia científica. Él mismo procedía del campo de las Ciencias Naturales. Hizo su doctorado en Física y el postgrado en Geografía. En 1886 había realizado su investigación entre los indígenas del Pacífico noroeste. Boas acentuó de manera insistente las exigencias metodológicas de objetividad, abstracción y aplicación de métodos cuantitativos. Siempre fue un adalid de la profesionalización de los estudios etnográficos y de folklore, y pretendió excluir de su ámbito a los aficionados que, desde su punto de vista, los desacreditaban por su escasa formación. Con ello se entenderá perfectamente el sentido de su polémica con el fotógrafo. En 1899 Boas había sido nombrado profesor de Antropología en la Universidad de Columbia y, desde su atalaya privilegiada, tenía la suficiente autoridad para cuestionar el trabajo que pretendían realizar Curtis y su equipo. Desde su severidad germánica, sin duda los veía como una pandilla de indocumentados. En 1906 Boas presentó una queja formal ante el Presidente Roosevelt, que había concedido públicamente su beneplácito al proyecto de Curtis, fundamentada en su falta de credenciales para llevarlo a cabo. Roosevelt designó entonces una Comisión integrada por tres eminentes expertos, ante los cuales Curtis expuso sus métodos de trabajo y la completísima colección de notas y grabaciones que ya entonces se había reunido, las cuales pertenecían al etnógrafo Myers en su gran mayoría. La Comisión quedó tan impresionada que no tuvo ninguna duda a la hora de desestimar la reclamación de Boas. Éste debió de quedar como un envidioso despechado aunque, como luego veremos, no le faltaba razón en su protesta.
6-Una ópera en imágenes con música étnica

El equipo realizaba el trabajo de campo entre primavera y el otoño, para después elaborar, a marchas forzadas, los comentarios que complementarían las fotografías. Trabajaron 17 horas al día todos los días de la semana para poder publicar los dos primeros volúmenes en 1907. Los libros recibieron grandes elogios por su interés antropológico y por sus méritos artísticos. El antropólogo F.W. Putnam reconoció que “Ciertamente es una suerte que este trabajo lo esté haciendo alguien con habilidad de un fotógrafo experto y la mente y la visión de un artista con una compasiva comprensión por este pueblo tantas veces incomprendido”. Sin embargo, los costes de la edición superaban con mucho los ingresos obtenidos con su venta. Curtis tuvo serios problemas financieros de manera permanente y ninguno de los imaginativos métodos que inventó para superarlos dio resultado. El espectáculo The Vanishing Race (Una raza en desaparición), que él concebía como una “ópera de imágenes”, consistió en una gira de lecturas de un lado al otro del continente, que tenían lugar en los teatros de las grandes ciudades. Curtis leía su guion mientras se proyectaba una sucesión de fotografías coloreadas y acompañadas por música interpretada en directo por una orquesta. La partitura, inspirada en cánticos nativos, la compuso Henry Gilbert, un especialista en música folk americana. Como vemos, cuidaba los detalles al máximo. El show se estrenó en el Carnegie Hall de Nueva York en el otoño de 1911. Esta originalísima modalidad de conferencias con audiovisual en vivo tuvo un éxito clamoroso. Los recintos se llenaban y el público salía entusiasmado. Curtis era un auténtico visionario, y quién sabe qué partido habría sacado a nuestras actuales tecnologías de haber estado a su alcance. Pero lo malo de pensar siempre a lo grande son los costes económicos de esas ideas. La infraestructura que precisaba el tour era muy complicada y cara: transporte de costa a costa y alojamiento para el director, su equipo y 22 músicos. Cuando llegó la hora de echar las cuentas, Curtis advirtió que, en lugar de embolsarse beneficios, se estaban generando aún más pérdidas. Decepcionado, a finales de 1912 canceló las actuaciones pendientes y retornó a sus libros. Pero enseguida su inquieta imaginación pensó en otra novedad. El cine era una industria en auge que atraía a las masas. Con él podría llegar a muchísimas más personas que con las conferencias, así que decidió hacer una película sobre los Kwakiutl.
7-Los Kwakiutl
Ceremonia de boda
El nombre de esta tribu de la Columbia británica, en Canadá, que vive entre las islas Vancouver y Queen Charlotte, significa “Playa al lado norte del río”. El paisaje característico son sus farallones rocosos y los bosques lluviosos cubiertos de niebla. 

Los diversos pueblos que componen la tribu, pescadores y leñadores, se vieron diezmados por su contacto con los europeos. El alcohol, la prostitución, las epidemias, la pérdida de sus tierras ancestrales sin compensación… redujeron el número de indígenas a solo unos mil en torno al año 1900. 

A esos problemas se sumó la agresión legal por parte del gobierno canadiense. La Indian Act de 1885 prohibió su ceremonia más característica, el potlatch, con arrestos masivos de los participantes. En 1951 se les reconoció por fin el derecho a disfrutar de sus tradiciones ancestrales, pero siguieron siendo un grupo humano “fantasma” en el país, sin derecho de sufragio hasta la década de los 60´.
Chamán Kwakiutl

Boas había estudiado sus costumbres y folklore en 1886. Sus trabajos sobre el potlatch sirvieron a Marcel Mauss, en el Ensayo sobre el don (1925), como ejemplo de “hecho social total”,- aunque de una clase distinta al intercambio ceremonial del Kula de los Trobriand estudiado por Malinowski-, agonístico o basado en la lucha. El potlatch es un festín ceremonial que se celebraba con ocasión de nacimientos, matrimonios o como pena por la violación de tabúes. Durante una semana, los nativos consumían grandes cantidades de carne de foca o salmón, bailaban danzas rituales con elaboradas máscaras e intercambiaban regalos valiosos, como mantas y piezas de cobre. 

El grupo que recibía la invitación quedaba obligado a devolverla. Se trataba de un mecanismo de redistribución de los recursos, siempre fluctuantes al depender de las condiciones climáticas de cada año. Los pueblos vecinos compartían sus excedentes bajo el presupuesto implícito de reciprocidad en el futuro. Además, el potlatch servía como sistema de ordenación social, al reforzar el estatus al jefe del grupo que invitaba. 

El problema es que este sistema en equilibrio acabó alterándose por la sensible merma demográfica de los Kwakiutl y por el importante incremento de su riqueza, gracias al comercio con los blancos durante el siglo XIX. Entonces ya no solo cambiaban regalos sino que la ostentación de poder, para aniquilar moralmente a los jefes rivales, se materializaba en la destrucción de bienes y hasta en la quema de casas. Ese fue el motivo de la prohibición por parte del gobierno canadiense. Los estudiosos de la antropología conocen bien esa institución del potlatch, que es objeto de glosa continua por la riqueza de planteamientos teóricos que suscita, pero la información que se obtiene de este pueblo durante la carrera es un tanto incompleta.

 A la descripción de las costumbres y la explicación de sus causas, yo diría que les falta un soporte físico: saber cómo eran, vestían y actuaban esos Kwakiutl del potlatch. Y esa es precisamente la visión que nos proporciona el trabajo de Edward S. Curtis, quien prestó a esta tribu la máxima atención. Es la única a la que dedicó un volumen monográfico, fruto de su trabajo de campo más prolongado, pues estuvo con ellos entre 1910 y 1914.Su gran suerte fue contar con la ayuda del mestizo George Hunter, un nativo medio escocés, angloparlante y antropólogo aficionado, que incluso había escrito un libro sobre las creencias religiosas de su pueblo. A su lado Curtis llegó a introducirse en las costumbres de los Kwakiutl y hasta parece que lo admitieron en una ceremonia secreta de canibalismo ritual.
8-En la tierra de los cazadores de cabezas

En 1911 Edward crea su propia compañía cinematográfica, para producir una serie de documentales en los que se reflejaría la vida de las distintas tribus. El único que llegó a producir se centró en los Kwakiutl. Pensando en montar una grandiosa recreación de su cultura, les encarga que esculpan y pinten máscaras, vistosos postes de tótems, grandes piraguas, artefactos y los vestidos solían llevar antes del contacto con el hombre blanco. Una vez organizados todos los preparativos para esa “fiesta de disfraces”, en 1914 se dispone a filmar junto con su talentosa hija Beth. En esta película apunta claramente uno de los aspectos más discutibles de su trabajo: en lugar de reflejar la realidad existente, lo que Curtis pretendía era rodar un falso documental, imaginando cómo habría sido la vida de los nativos antes del nefasto contagio de la civilización. Para ello, no encuentra reparo alguno en pagar a los hombres para que se afeiten el velo facial y se pongan pelucas y anillos en la nariz. Entre las muchas licencias que se tomó, hay una que mueve especialmente a la risa: “alquiló” una ballena muerta para una espectacular escena de caza, aunque lo cierto es que los Kwakiutl no comían carne de estos grandes cetáceos. Parece que ellos no les importó la mistificación: estaban encantados con los dólares de plata que les daba Curtis, y con la posibilidad de recrear sus ceremonias tradicionales, que estaban prohibidas.

El argumento de la película estaba a medio camino entre Romeo y Julieta y La canción de Hiawatha, el conocido poema de Longfellow. Curtis bautizó la película con el sugerente nombre de In the Land of the Head Hunters (En la tierra de los cazadores de cabezas), para acentuar los peligros vividos entre aquellas tribus. Eran años en los que el público se entusiasmaba con las exóticas aventuras de Tarzán, novela publicada en 1912. Curiosamente, Curtis participaría en el rodaje de la primera película sobre este personaje mítico en 1918.

 El film mudo sobre los Kwakiutl se exhibía acompañado también de una partitura especialmente compuesta por otro célebre compositor norteamericano. El estreno tuvo lugar en diciembre de 1914 en el Casino Teatro de Nueva York. La acogida de los espectadores no pudo ser mejor. Los críticos dijeron de ella que era un “logro supremo del arte” y un “milagro de la cámara”. Pero al pobre Curtis siempre le persiguió la maldición del desastre económico. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial otras cuestiones más urgentes saltaron al primer plano, y las historias indias de Curtis pronto dejaron de atraer público. El rodaje de la película le había costado la friolera de 75.000 dólares y, desesperado por carecer de liquidez, malvendió sus derechos en 1924 por la ridícula suma de 1500 dólares.
 Aquí tenéis un enlace en el que pueden verse imágenes de In the Land o f the Head Hunters http://xroads.virginia.edu/~MA02/daniels/curtis/movie.html
Por si tenéis dificultades para acceder, aquí os pongo un trailer de aperitivo:https://www.youtube.com/watch?v=TAjR6jI3WQ0
9-El “cazador de sombras”

Ese es el nombre que los nativos dieron a Curtis, y es una metáfora maravillosa acerca de la fotografía. Pero esa poliédrica imagen encierra muchos más significados que los aparentes. Curtis pudo comprobar con amargura cómo se desvanecían ante sus ojos aquellas culturas indígenas que tanto amaba. En 1919 vuelve a la reserva Hopi y comprueba que se han instalado allí baptistas, mormones y menonitas, y que las ceremonias tradicionales han sido prohibidas, con lo que apenas encuentra nada que fotografiar. En 1922 queda aún más descorazonado por la situación que las tribus del norte de California. 

Ansioso por encontrar un mundo aún intacto, se embarca con su hija Beth en una peligrosa travesía hacia las remotas islas del mar helado de Bering, en Alaska. Por fin encuentra allí esos pueblos ajenos a la barbarie occidental. Los Nunivak, una tribu de esquimales, a pesar de luchar contra una naturaleza ingrata, son amables y acogedores como niños. Curtis escribe con ironía malévola: “Si algún misionero despistado se encamina hacia estas islas, confío en el que el mar cumpla su deber”. Con estos pueblos del ártico acaba el vigésimo volumen, que ve la luz en 1930. Un año antes había tenido lugar el Crack de la Bolsa de Nueva York, que partió en dos la economía estadounidense, y Curtis ya no consigue vender ninguna nueva suscripción.
La esposa e hijos de Curtis
La vida del artista siempre estuvo también llena de zonas oscuras. Se distanció de su hermano por culpa de los derechos de autor de unas fotografías, apenas llegó a conocer a su hija menor tras su separación… Curtis, un adicto al trabajo, mantuvo su frenética actividad durante casi 30 años, aun a costa del fracaso de su matrimonio. Su esposa, Clara Phillips, se cansó de los inconvenientes de la vida en las reservas nativas y pronto dejó de acompañarlo. Lo esperó en Seattle hasta que nos pudo soportar más que estuviera ausente durante la mayor parte del año. La separación acabaría en conflictos importantes para el devenir de esta historia. La batalla legal duró tres años y, como pasa ahora con los famosos, sus pormenores fueron muy comentados en los periódicos porque Curtis era una celebridad. Clara se quedó con el estudio pero Curtis y su hija y fiel aliada, Beth, se confabularon para impedir que se apropiara de los negativos de las fotos indias y pudiera hacer negocio con ellos. Beth los copió en papel y después los destruyeron. Una pérdida a todas luces irreparable. La ex esposa debió de jurar venganza porque, en 1927, acusó a Curtis de impago de la pensión compensatoria y alimenticia durante siete años. En el más puro estilo americano, Edward fue arrestado mientras viajaba en tren de vuelta a California y, aunque el caso se archivó por falta de pruebas, la experiencia le resultó tan traumática que abandonó la fotografía. Se ve obligado a vender los derechos de su obra a la compañía Morgan y sufre un colapso mental y físico que lo mantiene ingresado una larga temporada. 

Después buscó nuevamente trabajo en Hollywood, y se empleó como asistente de rodaje de Cecil B. DeMille, trabajando en Los Diez Mandamientos o Rey de Reyes. En sus últimos años se obsesionó con encontrar oro en las Rocosas. A instancias de sus hijas escribió sus memorias, que no han sido publicadas. A quién le interesaba ya la historia de aquel viejo pionero, que murió en 1952 con 84 años. En el obituario publicado por el New York Times se lo recordaba como un experto en historia india, y de pasada se mencionaba que también fue conocido como fotógrafo. Es evidente que el mundo había olvidado su magna obra casi por completo.
10-Un almacén repleto de sombras

Seguimos con la metáfora de las sombras, omnipresente en la vida de Curtis, para valorar críticamente su aportación a la antropología. La lista de sus “pecados etnográficos” es interminable. Por encima de todo, era un artista y otorgó a los aspectos estéticos un valor superior a la exactitud en la información cultural. Preparaba las poses, escogía la mejor iluminación, seleccionaba los ornamentos y las vestimentas… En su afán de capturar una autenticidad tribal imaginaria que ya no existía, retocaba las fotos para hacer desaparecer los rastros de la cultura blanca que se habían infiltrado en la vida de los indios, como en la famosa fotografía de los Piegan, en la que se  “volatilizó” un reloj.

 Vestía a sus modelos con ropas que no correspondían a la tribu en cuestión. Una misma camisa de ante la lucen diferentes jefes, señal inequívoca de los preparativos del fotógrafo. Rodaba danzas fuera de temporada, e incluso se inventó alguna. Los orgullosos guerreros que fotografía son indios que malvivían en las reservas.Estos simulacros etnográficos han dado mala prensa al autor, pues una vez que la manipulación escena, por bienintencionadas que sean sus razones, es difícil discernir la verdad.
11-La recuperación del legado de Curtis
Con esas críticas y los fracasos económicos de Curtis, lo esperable habría sido que la historia olvidara su nombre, pero afortunadamente no fue así. En 1935 la Compañía Morgan vendió por poco dinero el material gráfico y documental que integraba The North American Indian. Lo adquirió Charles Lauriat, una librería de libros raros y de ocasión. Alguien siguió la pista de Curtis y dio con esa tienda a principios de los 70, y lo que se encontró fueron 40.000 fotos y 10.000 cilindros de cera con grabaciones relativas a unas 80 tribus. Con ese sensacional hallazgo comienzan las exposiciones y el éxito que obtienen es tremendo: en la Biblioteca Morgan en 1971, en el Museo de Arte de Philadelfia en 1972 y en la Universidad de California en 1976. En esos años había un gran interés por la visibilidad de los problemas indios en la sociedad norteamericana. Seguramente recordaréis que, en 1973, Marlon Brando envió a una actriz disfrazada de india a recoger su Óscar por El Padrino, y aprovechó la ocasión para polemizar sobre su situación. 
En 1972 se rescató también la única copia de la película sobre los Kwakiutl. Se le añadió una partitura y se cambió el nombre por el de “In the Land of the War Canoes. A Drama of Kwakiutl Life”. En 1999 la película original fue designada como culturalmente significativa por la Biblioteca del Congreso. Actualmente las imágenes de Curtis tienen un enorme predicamento entre los indios, como momento real de sus memorias históricas y culturales. Pero lo que debemos  preguntarnos aquí es qué valor tiene esa obra para la Antropología. El material procedente de su trabajo que realmente muy extenso y cubre todos los aspectos de la vida en las distintas tribus: comida, alojamiento, adornos, artesanía, ceremonias, costumbres funerarias… Por más que alterara algunos aspectos, no pudo hacerlo con todos. Es posible, por lo tanto, hacer una labor crítica de depuración en el marco de una investigación etnohistórica. La forma en que Curtis transformaba la realidad indígena sigue siempre una pauta predecible: eliminar los aspectos de la cultura occidental y acentuar el tipismo en los aspectos más tradicionales.
Pedro Losada y yo hemos escogido un buen montón de fotos que ejemplifican la maestría de Curtis con la cámara, y los hemos montado en una presentación cortita que recomiendo que no os perdáis.http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=mRl4VU6-l5M

 Para ampliar información, en este enlace tenéis una tesis ( en inglés) que aborda el trabajo de Curtis desde el punto de vista de la Antropología: https://circle.ubc.ca/bitstream/handle/2429/8289/ubc_1998-0642.pdf?sequence=1

6 comentarios:

  1. Felicidades por la entrada, me ha parecido sumamente interesante. la figura de Curtis, con su halo de perdedor, es muy conmovedora. En cuanto a la falta de veracidad de su película cinematográfica, me gustaría apuntar aquí que en 1911 la idea de documental no consistía puramente en un registro de la realidad, sino más bien, por las limitaciones que suponían los rodajes, una reconstrucción más o menos apañadas a las necesidades técnicas. Por esta razón, por ejemplo, "The Sinking of the Lusitania", que nos cuenta un hecho histórico, era una película animada por Winsor McCay en 1917.
    En cualquier caso, felicidades nuevamente por el artículo, y por su acompañamiento audiovisual a la altura de las circunstancias.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. Tengo muchas ganas de saber más sobre esta etapa "prehistórica" de la historia del cine, que resulta apasionante, así que son muy bien venidas las explicaciones a cargo de una experta como tú.

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  2. ¡¡Qué entrada más interesante!!No conocía nada acerca de este autor tan especial, al que no dudaría de calificar de etnógrafo, ya que el material que presenta es una gran oportunidad para hacer estudios teóricos de Antropología, a pesar de esos "pecados" cometidos por el autor a la hora de preparar la fotografías. Este asunto me lleva a traer a la palestra el problema de la objetividad en las ciencias, y sobre todo en ciencias como la Antropología, donde las categorías propias del estudioso contaminan toda la forma de ver e interpretar la realidad; de acuerdo que hay que buscar los datos asépticos, pero la interpretación desde nuestros propios marcos conceptuales es inevitable. Yo le perdonaría una buena parte de esos "pecados", ya que son cometidos en el nombre de la coherencia lógica y del maravilloso legado que nos ha hecho llegar.
    Muchas felicidades por mostrarnos personajes tan interesantes como este - hasta ahora para mí - desconocido Curtis.

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    1. Muchas gracias por tus reflexiones, que me recuerdan que tenemos pendiente de tratar el sesgo en las categorías.

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  3. Este Curtis fue sin duda un espíritu superior y un romántico empedernido, enamorado del "buen salvaje". Seguramente se empeñaba en retratar a los indígenas como debieran ser. ¡Pero es que la realidad es tan engañosa! No veo en su falta de objetividad un defecto sino más bien una virtud. Ciencia -gracias a Dios- todavía no se había divorciado de Arte para abarraganarse con esa bruja de Técnica. Ante sus maravillosas fotos experimento la misma felicidad que ante las muestras del museo de ciencias naturales de Praga, en el que la mentalidad analítica todavía no hizo sus estragos. Enhorabuena estos regalos que nos hace, Encarnación.

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  4. Gracias, José. Esa es la clave. Curtis quería documentar el mundo nativo como lo había conocido y estaba a punto de desaparecer. Para la contemplación del espectador es maravillosos y evocador. Es más, es una fuente visual de primer orden para nuestro conocimiento de ese mundo. Lo vemos e imaginamos con sus ojos. Un ejemplo muy significativo: en la película El llanero solitario, el indio Toro, que interpreta el histriónico Johnny Deep, está calcado de esa foto que ilustra el artículo con su pájaro en la cabeza y todo, que es un elemento que da muchísimo juego durante el film. Pero el problema es cuando se intenta valorar esa evocación con los fines científicos de la antropología, que es lo que me ha llevado a hablar aquí de Curtis. También vale pero con las sospechas y prevenciones necesarias. Muchas gracias por las reflexiones acerca de arte y ciencia.

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